La segunda parte de biografía tan particular nos deja a Guzmanillo sirviendo al embajador de , que delegó confianza en ese joven despierto y astuto, que le servía para todo tipo de cosas, entre ellas tratar adecuadamente a los huéspedes que eran bien o mal recibidos, según se diera el caso. Porque el embajador era hombre poderoso con recursos e influencias, que no regateaba un plato a quién en casa estaba. Pero el sirviente osaba ponerlos a prueba sin importarle las consecuencias de sus enredos; mentiras que molestaban y producían un áspero desdén en los que terminaban afectados. Y se burlaba de los reproches que ofertaban los que en sus trampas caían. Arriesgaba perder el empleo, pero la coartada de divertir a su amo y huéspedes le dejaba un margen adecuado de maniobra.

Sin embargo, no contaba con las deudas de honor que iba dejando entre sus víctimas evitando altercados, sobre todo delante del anfitrión. Su imaginación para pergeñar tretas no tenía límite, para regocijo del embajador, que lo pasaba muy bien con ellas. No debemos ignorar los limitados recursos para el entretenimiento que podían disfrutar en esos tiempos. Los bufones de palacio, comediantes al servicio de personajes principales, hacían más llevaderas las sobremesas.

Guzmán tenía el arrojo imparable e impaciente de la juventud. Buscaba el modo de medrar entre la gente importante de aprovechando su conocimiento de la diplomacia europea, cuyas reuniones le iban dando información y ventajas para lograr sus objetivos. Y en amores, cauto. Sus escarceos románticos en y , aunque lejanos, seguían muy presentes para advertirle de los riesgos que pudiera correr. Mateo Alemán debió conocer La Celestina, publicada con más fuerza y éxito durante el mismo siglo XVI, retrato escrito de la intermediación en amores, que en aquellos tiempos se llevaba. Guzmán, como, seguro, su autor, imitó a la protagonista de un relato que, por cierto, en el siglo XVIII fue censurada por inmoral. El embajador bebía los vientos por una mujer, casada con un caballero romano. Lo envió de emisario para llegar a ella por medio de su criada, que bebía los vientos por Guzmanillo. La señora, sin haberlo sido, era murmuración general de su probable disipación, que le afectaba en demasía. Como en otros casos anteriores, sin la intervención de la criada, engañada como él, sufrió la venganza de una mujer que lo consideró responsable de su indignidad.

Mateo Alemán hace que su personaje se vea perjudicado en cuerpo y alma por peripecias diversas, que lo dejarán corrido y escondido. Además, y era lo que peor llevaba, dilataba dar cuenta al embajador, que había entregado dádiva a la criada y podía sospechar que sus desgracias fueran un embuste para quedarse el dinero. Salió de la casa donde se había refugiado. No le dieron ni agua con qué lavarse. La calle quedó libre de gente, que había visto su desgracia. Allí estaba, en la puerta de su casa, sucio y sin llaves, que había perdido, pensando en quienes lo envidiaban u odiaban, porque se había ganado con creces enemistades eternas. También le preocupaba cómo explicar sus penurias al embajador. La noche pasó rápido. Fue crucial la ayuda de un amigo, le que dejó aposento. El amo conoció, y comprendió, los detalles de tanta desgracia junta. La señora, que montó la trampa, con su marido bien había quedado, pero la honra del embajador cayó en manos de dos criados, la joven que recibió dádiva por hacer de Celestina y Guzmanillo, dueño de tantos silencios ajenos.

Este incidente público, que tanto afectó a Guzmán, le impelía a marcharse de Roma, porque era mal conocido, envidiado y odiado. A su señor inquietaban con recomendaciones pérfidas. El pobre, cuando los poderosos se conciertan, tiene todas las de perder. Era mejor apartarse y seguir otro camino, que le apenaba, cierto es, pero favorecía sus intenciones y la honra de su amo, que aceptaba y callaba, pero se podía ver perjudicado. En plena calle se veía afrentado y agredido. En una ocasión, cuando peor lo veía, un chaval pordiosero, como lo había sido él, en su ayuda acudió para protegerlo de una desgracia segura. No supo más que también era español y citados quedaron para ocasión postrera. Y ese mozuelo lo visitaba en casa, de donde salía Guzmán, y le contaba bondades de otras ciudades, como Venecia, , Génova o Bolonia, un horizonte inexplorado que abría su mente y anhelos.

En casa del embajador ya no había risas, el rictus modelaba burlas en su contra o seriedad culpable en las visitas. No estaba cómodo, tampoco el amo, que tanto lo estimaba. Cuando Guzmán le explicó sus inquietudes, no dudó en ofrecerle ventajas en Francia, donde muy bien hablaría por él. El criado agradeció la oferta y quedó pendiente para después. Primero deseaba fervientemente conocer Florencia y , donde vivía un gran amigo. Preparó el viaje con la bendición de su señor, que tanto quería ayudarle.

Es curioso el relato, largo y concienzudo, que desarrolla Mateo Alemán sobre la imagen; el daño que hace a la dignidad una publicidad mendaz, herramienta poderosa que tan bien utilizan los ingenieros sociales, que destrozarán a cualquiera que ose interponerse en sus planes. Libraros los honrados de oponerse a los sicarios sociales, porque sabrán cómo afectar sin compasión un honor que no conocen.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,