Abandonó haciendo propósito de enmienda; borrón y cuenta nueva. El protagonista elucubraba en relación con engaños, estratagema perfecta cuando sale bien, herramienta que sirve para obtener dineros ajenos entregados de buen grado, al menos hasta que se averigua la trampa. Así le tendió el ardid un español, que dijo ser de , aunque luego pareció ser valenciano, que aprovechando los preparativos para viajar a Siena, donde lo esperaba su grande amigo Pompeyo, supo ganarse la confianza de Guzmán, una vez más confiado, para conseguir llaves con las que apoderarse de su equipaje, pues con la información controlada se adelantó hasta Siena para engañar, también, a un Pompeyo que no imaginó las artimañas de semejante estafador. Con el botín, el traidor marchó a , donde hizo el reparto con el grupo de ladrones que le ayudaron en tal entuerto. Pillos de vetusta tradición criminal, estirpes malévolas que tanto enseñaron a Guzmán, a pesar de haber sufrido sus embestidas. Pero Pompeyo incitó la acción de la justicia para que se buscara a los ladrones y recuperaran los baúles hurtados.

Como en las dinastías de militares o paradigmáticas profesiones, en el mundo de la delincuencia también se dan las estirpes de chorizos, más o menos sofisticados. En esos parámetros, y ellos lo tienen perfectamente claro, hay clases. Los grandes expertos utilizaban el cuento largo, que distinguía un timo vulgar del elaborado. Las grandes estafas de siempre han sido muy bien consideradas por el general conocimiento. En nuestro espacio temporal seguidos idolatrando al pícaro que logra enormes beneficios usando de una astucia singular. Envidia cochina de quienes debieron disponer del talento preciso para alcanzar esos objetivos, sin importar demasiado si eran legal o moralmente reprobables. Dime que tienes y puedo aprovecharme de ello, no me hace falta saber el origen de lo que disfrutamos. Y en esos parámetros de la conducta mantenemos la retahíla de valores sociales, por mucha falsa honradez que suelen disimular, precisamente, los que más deben callar.

Lo decía Mateo Alemán y ahora está en boga. Las formas pueden haber cambiado, como el escenario o atrezo social, pero lo esencial de la maldad, por mucho que nos empeñemos en negar, se conserva intacta. Con una terrible agravante: en aquellos años las penas más graves podrían considerarse atroces, exageradas o inhumanas. Ahora, en comparación, podrían hacer gesticular de rabia al comprobar la poca retribución por los perjuicios causados a las víctimas o el interés colectivo. Aspiramos a un término medio, que tan complicado parece.

El falso amigo, como sus compinches, después del reparto, se desperdigaron por distintas ciudades italianas, como así le informaron después a Guzmán, que se estaba despidiendo de su maestro y benefactor, enfermo ya, y que tanto lo ayudó. Terminaba así, además de la vida, uno de los episodios más felices y provechosos de un chaval, traicionado por una mujer que pretendió dañar a su amo, y, en definitiva, lo arrastró fuera de Roma, pero salía como un personaje de provecho en busca de la recepción de un amigo leal, como también lo era Pompeyo.

Llegó a Siena, que, como ha sido siempre, sobrecogía por su belleza, donde el arte se hace piedra, suelo y paredes, irguiéndose majestuosa mientras sus estandartes vuelan entre caballos engalanados de fuerza y color. Ahí sigue, como el espejo de una tierra única, henchida de arte y tradición, que tantos admiran, mientras algunos, sentados, dejándose acariciar por el sol, esperan nada más que el paso de minutos compartidos. La impresión que le produjo Siena fue solapada inmediatamente por la hermosa acogida de Pompeyo, que lo puso al día de las averiguaciones y pesquisas sobre el delito del que fue víctima. Posada y afecto se pusieron a disposición de un hombre nuevo, otra vez engañado, pero dispuesto a mejorar.

No tardaron en darle buenas noticias, pues habían prendido a uno de los ladrones, que negó, como se ha hecho toda la vida, porque un buen chorizo nunca se chiva, mantiene la boca cerrada para proteger al resto de la banda. Ventaja infinita que, paradójicamente, respalda y bendice nuestro sistema penal, empeñado en proteger al delincuente de las acometidas oficiales, precisamente el recurso que tiene las víctimas para ver reparados sus entuertos. Ese empeño protector, que algunos pueden diagnosticar como garantitis, no suponen nada más que una inflamación, y que nadie cuestiones como una retrograda aspiración de dudosa legalidad. Ni lo uno, ni lo otro. El equilibrio, especialmente cuando hablamos de justicia, no es equidistancia, sino equidad, dar a cada uno lo que le debería corresponder. Y para eso están las leyes, normas que se dan las sociedades, más aún democráticas, para protegerse del mal, ya sea externo, como interno, que es peor. Y existen personas, bien intencionadas, sin duda, que ponen por encima de la verdad sus intereses, algunos repletos de dinero, estafando a los que la buscan. Es curioso cómo se pueden tergiversar preceptos sagrados tratando de confundir sobre lo que significa colaborar con la justicia, cuando en realidad lo que se está propiciando es engañarla.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,