La rapidez en percibir las verdaderas fuerzas que dan forma a la realidad no es mi fuerte. No obstante, al final termino por tenerlas claras. Bien porque con el tiempo acaban manifestándose de manera diáfana, bien porque mi propia experiencia vital acaba dándose de bruces con ellas. Confieso que esta última manera de aprehender el entorno que nos rodea es mucho más revulsiva y enriquecedora que cualquier otra: “golpe a golpe, verso a verso”.

Para poner mi granito de arena en la tarea común de entender y transformar el mundo he leído, pensado, viajado, conversado y observado. He participado en colectivos sociales, culturales, ecologistas, así como en organizaciones políticas e instituciones públicas. No me arrepiento de haber transitado todas estas sendas. Al contrario, lo he aprendido todo de mi caminar por ellas, conociendo a quienes hoy son mis mejores amigos/as.

De un tiempo a esta parte veo algo de luz. No la cegadora que todo lo ilumina, sino fueguitos galeánicos que apenas me permiten vislumbrar el rostro de quien tengo enfrente, suficiente en todo caso para no temer a la oscuridad, para sentir calor en medio de este páramo desabrigado.

Me he percatado de las serias limitaciones de la vía institucional para superar este sistema capitalista que se muere a rajas, y que en su agonía arrastra al colapso a la mayor parte de las personas y criaturas del mundo. No dudo que en algunos casos el activismo social y político permite suavizar aquellos rasgos más agresivos del propio sistema pero, sin restar importancia a ello, hasta ahora se ha manifestado absolutamente incapaz de desactivar e invertir las estructuras que alimentan la patológica desigualdad social, la violencia estructural y el brutal deterioro ambiental de nuestro mundo. La globalización capitalista es el triunfo del todo-mercado, y exigirle compasión es lo mismo que pedir peras al olmo.

Creo que hay que

  • seguir denunciando públicamente las injusticias y desatinos de este sistema que muere matando, sin gastar demasiadas energías, incluso con sentido del humor e ironía, aunque sólo sea para evitar que las piedras espontáneamente hablen por nosotros/as,
  • seguir intentando tener presencia en ámbitos de representación y decisión política institucional, principalmente en el marco de los municipios, para hacer más amable este final de etapa y la consiguiente transición ecosocial que se nos viene encima, en ningún caso para gestionar lo que hay ni para insuflar oxígeno al sistema, sino para adelantar su desmontaje ordenado.

No obstante estas inercias del activismo social y político occidental propio de los dos últimos siglos, sobre las que insisto que no deposito apenas esperanzas transformadoras sino en todo caso paliativas, pienso que dos son las vías de acción preferentes e inaplazables, que van a tener mucho más recorrido en un futuro inmediato, a pesar de que su tránsito pueda encontrarse plagado de vacíos, dudas y obstáculos.

La primera es la resistencia y la movilización en defensa del territorio donde vivimos. De sus aguas, suelos y aires, que en última instancia nos permiten la vida digna. Es cierto que desequilibrios globales como el cambio climático están trastocando todo, pero si localmente luchamos por evitar procesos de contaminación y agotamiento de recursos en nuestro ámbito, el postcolapso puede que sea más esperanzador. Sin olvidar nunca que la contaminación más peligrosa y contagiosa es el individualismo y la competencia.

La segunda es la construcción de espacios autogestionarios, libertarios, pacifistas y antipatriarcales, pegados a los territorios, para afrontar y resolver comunitariamente las necesidades básicas de personas y colectivos. Y ello aunque todavía el capitalismo, a su modo, pueda ofrecer de manera mercantilizada y parcial la satisfacción de algunas de estas necesidades.

Se trata de dos opciones propias de sociedades en transición a un estilo de vida cooperativo, menos complejo y depredador de recursos naturales, que identifican que el colapso ya está aquí, en forma de desigualdades sociales aberrantes, de guerras y violencias por doquier y de destrucción masiva de múltiples formas de diversidad biológica, cultural y comunitaria.

La “vía” que diría Morin es salir de esta megamáquina mumfordiana desbocada que es el capitalismo, que avanza haciendo jirones a cuerpos y almas. No sabemos dónde tendrá su final, ni lo que arrastrará el tsunami de su caída, pero sí podemos decidir cuándo comenzar a desacoplarnos individual o colectivamente para construir nuevas formas de relacionarnos con la vida.