Los novicios ofrecían habilidades y futuro a un maestro de chorizos. Con la verborrea propia de a quien Cervantes regala, los rateros explicaban el modo hábil de ganar ventaja y dineros haciendo trampas en el juego o sesgando bolsillos. Pero Monipodio, el mecenas, ninguneaba lo que pensaban era sublime, bajando el listón de lo que no eran más que minucias en un mundo de ladrones profesionales. De ese modo les hacía ver que serían de mucha utilidad sus lecciones para el adiestramiento mental y manual.

El empeño y atención estaban asegurados en unos chavales ávidos de fortuna, que se ponían a disposición de una cofradía de miserables, algunos malvados asesinos, intentando imponer su mandato en una ciudad poderosa, donde compartían espacio con tanto pardillo cargado de monedas y, además, una élite social ajena a la desgracia colectiva, por eso, como si de una coartada sirviera, igual que ahora, en estos tiempos de la comunicación, regresamos a esos argumentos para justificar conductas curiosas, donde leguleyos de dudosa competencia construyen cuentos falaces para tratar de timar al sentido común, a veces adormecido por la pereza. De tal modo se manifestaban los nuevos afiliados, que Monipodio optó por saltarles el periodo de noviciado y ascenderlos a la categoría de cofrades mayores de una banda de chorizos.

En nuestro tiempo, con esa estrategia que parece perdurar, los peores, esos impresentables que mejor y más engañan al prójimo, suelen disfrazarse como agrupaciones de rimbombante denominación, inventando jergas propias para distinguirse y evitar ser comprendidos por el resto de los humanos. Aprovechando una especialidad bien definida logran enmascarar sus tropelías para obtener beneficios, artimañazas que los pobres mortales no pueden detectar hasta que sus efectos son irreparables.

El ser cofrades mayores les eximía de otras servidumbres. En ese momento, desde la calle, apareció un vigilante avisando de la inminente llevada del alguacil, pero iba solo. Monipodio no dudó en calmar a los allí agrupados; nada habría de temerse. En la puerta conversaron sobre algo que Cortadillo debería más tarde explicar. Precisamente, y nunca imaginó que ocurriría, el sacristán al que despojó de la bolsa con monedas había pedido amparo a la autoridad. El maestro preguntó sobre el suceso.

El chaval que los captó informó que era él quien estaba en el lugar. Monipodio inquirió sobre la anomalía que significaba el que un miembro de la cofradía no le hubiera llevado esa bolsa, nadie más que los suyos estaban autorizados para hurtar. Al alguacil se debían muchos favores y la bolsa tenía que aparecer. El interrogatorio violento sobre quien no sabía nada determinó que Cortadillo entregara la bolsa. Acción muy bien recibida y salvó la vida al ladronzuelo que los llevó a esa casa. El sacristán era familia del alguacil, que agradeció el gesto, deuda acumulada a tantas pendientes en una relación perversa y lucrativa.

En nuestro mundo actual este tipo de relaciones se mantienen con la discreción adecuada para obtener prebendas y favores inconfesables. Los delincuentes tratan de obtener ventaja otorgando privilegios que han de mantenerse en secreto, una extorsión perfecta para disponer de voluntades cautivas. Hay quien no tiene la precaución de protegerse de amistades peligrosas. Luego, cuando hace falta, reclaman una ayuda que no se les puede negar porque las consecuencias serán definitivas.

Y en ese intercambio de naipes no importa nada más que lo que interesa olvidando las consecuencias sobre buena gente que es atrapada en ese descarrilamiento moral. Es muy importante desenmascarar a los que disimulan con su omisión determinados comportamientos, que se disfrazan para evitar descubrir delitos. No frenar a quienes buscan la verdad, amparar las iniciativas que persiguen a esos traidores de lo que representa el bien común.

Después del enfado, que se desinfló con la buena obra de Cortadillo, todos tomaron asiento en una estera para comer lo que allí hubiera; en muchos casos no era otra cosa que el resultado de sisas o hurtos de los cofrades. Iban llegando personas originales, que los nuevos no dejaban de mirar, abstraídos por escenas nuevas y sorprendentes. Cervantes relata costumbres de ese tiempo, conductas de un submundo que de ese modo ven la luz, y resulta tremendamente actual, como la brutal agresión sufrida por Cariharta, cofrade de la hermandad, víctima de su compañero, chorizo violento al que nadie reprochará, ni siquiera la afectada, que aceptará el castigo como un modo muy particular de amar, argumentos no caducados, que debemos ir erradicando con firmeza y tiento. Como es lógico suponer, la respuesta legal en esos tiempos dejaría mucho que desear.

Ahora, cuando se ha contrastado la eficacia de los protocolos, recursos, normas, retribución social y adoctrinamiento general, ante las deficiencias conocidas habría que intentar maniobrar de otro modo para obtener más rentabilidad. No siempre se trata de recursos económicos, tampoco de presión descontrolada, probablemente haya que solicitar autocensura en aquellos que muestran un protagonismo incontenible. Cuidado con la exhibición irreflexiva, el efecto imitación es una realidad descarnada. Cervantes se detiene, sin pretenderlo, en un problema de hoy, que nos debe hacer pensar con superior cordura.

Artículo de la serie “Rinconete y Cortadillo” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,