, tras la convalecencia, manifestó su decisión de volver a ser caballero andante, circunstancia que alarmó grandemente a familia y amigos. A nuestro no asustaba la aventura, por peligrosa que fuera, y estaba en su ánimo morir en el empeño. Con la intención de influir en su voluntad, el Barbero, tras recibir autorización de los presentes, contará una historia corta, primera interrupción que Cervantes incorpora a su gran relato, en el primer capítulo, pero no en boca de Don Quijote:

Un hombre de culto e inteligente, ingresado en la casa de los locos por su familia, creyó estar curado y pidió ayuda al Arzobispo de , pues en realidad lo mantenían en aquella condena para disfrutar de sus bienes y dejarlo morir. Mandó un capellán para investigar. El director del centro advirtió de la tremenda deficiencia mental del licenciado, pero su visitante creyó conveniente entrevistarse con él. Las razones eran plenas, los argumentos tan creíbles que lo puso en duda respecto a la honradez del director. Por esas sospechas, decidió llevarlo a presencia del Arzobispo para que tomara la decisión final. El director avisaba, pero el capellán ya no se fiaba de él. Vestido con la galanura de su rango social, el enfermo, que decía estar curado, pidió permiso para despedirse de sus compañeros. Habló con uno, al que deseó contrición y entereza para recuperarse, como había hecho él. Otro ingresado, oyéndolo, terció para enviarle maldiciones a una ciudad que lo esperaba. Decía ser Júpiter y anunciaba fuego y sequía por mucho tiempo, desgracias que habrían de soportar sus habitantes. Amenaza y tono que impresionó al capellán, pero su protegido lo tranquilizó diciendo que él era Neptuno y con sus aguas devolvería la prosperidad y calma a la ciudad. No hizo falta más explicación, constatada la sinceridad del director, el capellán se despidió de ambos.

El efecto pretendido no hizo mella en un hombre empeñado en volver, es más, molestó a quién, como aquel enfermo de Sevilla, se consideraba cuerdo. Entró en una disquisición, calmada pero contundente, con El Cura y en Barbero, que buscaban persuadirlo del error. Mientras, como dos posesas, Ama y Sobrina gritaban oponiéndose con firmeza a que entrara a visitar a Don Quijote, pues temían que se lo llevara. Curiosa paradoja: Sancho Panza era considerado responsable de las andanzas de su amo.

En el capítulo segundo aprovecha Cervantes para denunciar el plagio, que pone en boca de Sancho, cuando citaba un libro, por referencia del Bachiller , recién venido de , donde los nombraba, llamado El Ingenioso don Quijote de la Mancha. Sancho se ofreció a llevar al Bachiller, que no tardó en presentarse. Hablaron largo y tendido. Contaron historias de la primera parte, como un modo de actualizar datos para poner al corriente a quien fuere lector nuevo.

La partida se hizo cierta. Sancho explicó sus razones a la mujer, que no entendía demasiado de novelas, privilegios y prebendas prometidas. Don Quijote hizo lo propio con su familia. Ama y Sobrina no hacían más que insistir sobre fábulas y mentiras, que su amo no aceptaba, pero comprendía aquellas dudas y temores, no en vano suponía un modo, como otro, de mostrarle amor. Emprendió Don Quijote su nueva andadura, a su lado Sancho Panza, delante la sorpresa, detrás la amargura. La primera etapa, no podía ser otra: El Toboso. Como cabal caballero andante debía ofrecer sus servicios renovados a Dulcinea. La noche se hizo pronto y, como en otras ocasiones, Sancho y amo hablaron mucho tiempo, que aprovechó Don Quijote para contar historias intercaladas:

Un poeta satirizó composturas de algunas damas cortesanas, pero no reparó en otra, que se apercibió olvidada, lo que reprochó con rigor. La puso, y agradó a la quejada, pues quería igual fama, sin importar el sentido. De igual modo se comportó un pastor, que incendió un templo para ser conocido, aunque no fue nombrado, lo que significó un desastre para nada, ni siquiera para su fama infernal. Hace referencia a una anécdota del Emperador , que visitando un monumento romano debió aceptar el comentario de un acompañante al confesar que pensó tirarlo, abrazado con él, por una claraboya para quedar marcado su nombre en la eternidad.

Hace Don Quijote reflexiones impresionantes, poco amigas de un demente; todo lo contrario, son argumentos de sabio, repletos de cordura y en todo tiempo. Hablen de mí aunque mal se hiciere. Fama solamente por la fama. Muchos repiten actitudes que buscan esa resonancia pública, sin importar las consecuencias, nada más que perpetuar obra y

nombre en los anales. Malditos y perversos intereses de quienes no son nada por sí, pero buscan protagonizar cualquier barbaridad para troquelar con horror su nombre. Es curioso que semejantes comentarios se hayan visto cumplidos, tantas veces después. Iluminados causando desgracia para quedar retratados siempre. Y, encima, como torpes esquiroles, nos hemos regodeado en cumplir sus deseos. Además de los que hacen la tropelía, que consigue el objetivo, otros muchos inconscientes reproducen los eventos, sobre todo si algo tienen que ganar. Don Quijote advertía sobre los pecados capitales y su guerra para hacerlos escapar. Quedar marcados para la posteridad debe ser recompensa de las muy buenas obras, nunca de las malévolas.