Queridísimos amigos, antes de empezar a escribir el tercer episodio de mi homenaje dedicado al mago del mundo de la animación quiero rectificar el año de su nacimiento que por las prisas del momento puse 1905 cuando en realidad, algo que conozco desde mi más tierna infancia, Disney nació el domingo 5 (ahí está el error) de diciembre de 1901 (repetí el cinco en vez de poner el uno).

Así que aclarado esto avanzo en la odisea del genio de genios y señalo títulos emblemáticos en la carrera de Walt, tales como el imborrable Bambi del cuentecillo de Felix Salten, el cervatillo amigo de Falina, el conejito Tambor y Flor el zorrinito, todos correteando por el bosque inexpugnable y maravilloso.

No me olvido de Saludos, amigos ni de Los tres caballeros, rodados en plena Guerra Mundial… ni de nuestro primer largometraje de dibujos animados Garbancito de la Mancha estrenado en noviembre del 45 y un éxito de taquilla (Garbancito, la bella narración de , convenció a los espectadores que disfrutaron con el protagonista y la cabrita Peregrina y el gigante Caramanca, la tía Pelocha, bruja con escoba y mal genio ,los malvados Pajarón Pelanas y Manazas y los hermanitos desvalidos Chiriqui y Kiriki).

Canción del Sur, la ternura de Disney con personajes reales del corte del niño prodigio Bobby Driscol y de la niña Luana Patten… y me adentro en 1949 cuando Walt rodaba en los Estados Unidos su lujosa Cenicienta y en España se creaba la productora para elaborar otra Cenicienta ambientada en la época del Renacentismo… ¡Maldita coincidencia! Alejandro Cirici Pellicer, director artístico y productor de la cinta, contaba con , el papá adoptivo de “Zipi y Zape”, los héroes del semanario Pulgarcito para ejercer de director de animación y con Juan Ferrándiz, el rey de las tarjetas navideñas, amén de diversos artistas que hicieron un trabajo decoroso y premiado en el Festival de Venecia.

Todo parecía funcionar a la perfección (Escobar ponía en órbita a la madrastra doña Facunda y a sus hijas Rebeca y Clorinda, hermanastras de la infeliz Cenicienta y a los pajes Raúl, Lisardo, Gualterio y Bertoldo, al perrito Chao, al gatito Ulises, al superintendiente y fanfarrón Scariot y, naturalmente, al mago Murgo, un calco de “Carpanta”).

Pero he aquí que a los oídos de Disney llegó el rodaje hispano y sin pensárselo dos veces registró el título del cuento de Perrault enviando acto seguido a Cirici una carta y un telegrama aconsejándole que se abstuviera de estrenar su peli con el legendario nombre de La Cenicienta.

Mensajes, llamadas telefónicas y nada de nada, el largometraje paisano tuvo que aparecer en las pantallas simplemente como Érase una vez y la taquilla no funcionó… mientras que la versión de Walter Elías llenó las salas cinematográficas de la tierra incluido el Cine Capitol albaceteño con colas impresionantes, sesiones numeradas y algún pícaro de turno, por ejemplo, un servidor.

Os cuento: Pude verla dos veces porque cuando terminó el primer pase me escondí sigilosamente en uno de los servicios y al comprobar que los espectadores asistentes a la premier habían salido, abandoné mi refugio y volví a acomodarme en el asiento de madera para seguir disfrutando con la heroína, los ratoncitos Jacq y Gus, el perro Bruno, el gato Lucifer y con la regordeta, simpática y dicharachera hada madrina que cantaba el popular “Bíbidi, bábidi, bu”, bueno lo cantaba ella y los que abarrotábamos el ruidoso “gallinero”, sin dejar de odiar a las malvadas madrastra y hermanastras Anastasia y Drizella.

Con unas cosas y con otras se me hizo tardísimo e intenté volver a casa por el camino más corto atravesando el tenebroso e inquietante Parque de Abelardo Sánchez, Parque de los Mártires en los lejanos cincuenta… con un miedo espantoso observando a las parejas de novios que se lo estaban pasando “de miedo”. Al entrar a mi hogar mi padre me echó una bronca de campanillas, pandereta, guitarra, castañuelas y zambombas, diciéndome que me fuera a la cama sin rechistar… y sin cenar… con el hambre que llevaba y oteando el plato de natillas exquisito enriqueciendo la mesa de la cocina.

Tenía que hacer algo pensando que La Cenicienta me había jugado una mala pasada… y ensayé unos versitos que decían: “Padre de mi corazón, no castigues a tu nene… suéltale algún pescozón, pero déjalo que cené” …Mi progenitor rompió a reír a carcajada limpia… y cené, claro que cené, eso sí …prometiendo no volver a las andadas.

Valeriano Belmonte