El licenciado González escribió un manuscrito que los años y el mal cuidado fue produciendo lesiones, lo que dejará secuelas, rellenadas más tarde por eruditos con el acierto que su saber les dio a entender. Los quince capítulos que componen El Guitón Onofre no son más que una introducción al proyecto con vocación de continuidad redactando vivencias al modo y sentido del Lazarillo o , pues el propio se despide de su primera parte. Mateo Alemán y no imaginaron tener que escribir otra secuela, pero los plagiadores, buitres de las letras que sobrevuelan el éxito, los impelieron a continuar, incluso aparcando o abandonando otros proyectos literarios. Como estos insignes autores, manteniendo las lógicas distancias, contó con el apoyo de su patrón, mecenas de un administrador fiel, que no fue otro que el propietario de las tierras que administraba el autor, allá en Alcanadre, Don Carlos de Arellano y .

Gregorio González se nombra nacido en Rincón de Soto, jurisdicción de la ciudad de , gobernador del estado de Alcanadre. Y no tarda en presentar a Onofre Caballero, al modo de Guzmán de Alfarache, como un relato autobiográfico. Por eso Onofre dice que nació en un lugar llamado Engañapobres, Palazuelos, junto a Sigüenza, y explica quiénes fueron sus padres: Jorge Caballero y Teresa Redondo, y como era el día de San Onofre, así le dieron en llamar. El apellido se convirtió en una especie de premonición y objetivo sagrado en el que concentró sus días, aunque probablemente era un anhelo discreto para las esperanzas de una madre deseando fuera príncipe. La familia no era pobre para los que había en esos días, pues el campo regala generosamente alimentos, no como en las ciudades, donde un pedazo de pan podía constituir empresa harto complicada. El autor entrega al lector frases lapidarias, eternas, de hombre cabal indicando que la riqueza estará siempre en la sabiduría. El necio, aunque disponga de bienes, jamás será rico. Y ese pensamiento se repite incesantemente en unas sociedades empeñadas en progresar, como ahora, cuando debatimos sobre el modo de avanzar aparcando investigación y desarrollo, mientras mediocres, falsos propietarios de la verdad, no hacen más que adormecer conciencias planas que, como rebaño, seguirán pancartas y eslóganes zafios, aunque perfectos para necios.

Y como a otros tantos niños de aquellos tiempos, los padres dejaban huérfanos precoces en manos de tutores de la familia o entorno vecinal, algunos amados y protegidos como propios, pero otros, probablemente la mayoría, desposeídos y poco a poco abandonados. Onofre quedó a cargo de , amigo de su padre, pero padre de su propio hijo. Faltaba madrastra, y o era mala cosa, pero siempre se prefiere al vástago de sangre. De eso conocen infinidad de ejemplos literarios y, además, realidades en todo tiempo y lugar. Creció en cuerpo y travesura, un cierto modo de rebeldía que se iba haciendo más consciente con la edad. La mujer que los cuidaba, que no reparaba en insultos y malos modos, se hizo odiosa en su afán de domesticar una voluntad que anunciaba algunas maldades como respuesta. Y esperó mejores ocasiones para vengarse de lo que consideraba maltrato y, encima, sobreprotección al hijo de su amo, más pequeño que Onofre, que afrontaba cualquier llanto escandaloso gritando o exigiendo justicia inmediata y aquella vieja, que se llamaba Inés, no dudaba en administrar. Y ese odio infantil, amasado en soledad, proporciona inimaginables maledicencias que en cualquier instante se pueden ofertar.

La ocasión se aproximó cuando varios peones trabajaban en los bancales del tutor. Inés cocinaba en la lumbre viandas para todos. La olla, cargada de cerdo, iba dejando flotar la grasa propia del momento, lo que precisaba retirar de vez en cuando. Onofre quedó encargado de la tarea vigilando el buen desarrollo del cocimiento. Los efluvios de la olla invadieron el espacio reservado al hambre que espera como testigo mudo de una opípara comida. Escondido pero no demasiado secreto, Inés guardaba vino. Onofre probó los dos caldos, el de la olla, sabroso, el otro con algunos grados que iban haciendo más ganas de comer. Aguantó hasta que no pudo. Comió cerdo y bebió del vino. Sabía que estaba arriesgando el lomo, alteró lindes de olla y jarra metiendo agua, pero no podía sustituir cerdo. Inés detectó la falta de carne y arremetió contra el chaval, que negaba llorando una tremenda mentira. Aguantó empellones manteniendo el embuste y culpando al gato, que debió aprovechar su fugaz ausencia cuando salió al corral. Incluso el niño lloraba haciendo coro a los lamentos de Onofre. Inés lo cargó para acercarse donde estaba el tutor, al que informó del estropicio, que negaba el joven aguantando la segunda paliza, esta vez de Rodrigo Serbán, que aceptó la denuncia de su criada. Pero al regresar aún faltaba el otro disgusto, el agua que había sido vino. La mujer levantó la jarra para refrescar un gaznate que no aceptó el engaño. La agresión no se hizo esperar. Onofre escurría el cuerpo para no dejarse coger negando una y otra vez.

La venganza estaba servida, porque Onofre, además de mentir aprendió a responder con la astucia de un perseguido. Le colocó pequeñas espinas donde asentaba el trasero o apoyaba las rodillas junto al fuego. No tardó en caer en las trampas lamentando el dolor con estruendo, cayendo con las manos en brasas acomodadas dentro de la chimenea para alzarse huyendo del dolor y golpearse con la caldera llena de lejía; se abrasaba por el cuerpo, bramaba como fiera escaldada y dolorida, de tal modo que el propio Onofre pareció lamentar, a pesar de su odiosa perfidia.