Citados en el campo del honor, tanto el visorrey como , y todos los posibles, se presentaron como testigos del encarnizado encuentro que se preveía, pues dos legendarios caballeros, aunque no sabía de las hazañas de su oponente, se empeñaban en morir por el honor y hermosura de sus amadas. El visorrey sospechó se pudiera tratar de otra burla pergeñada por , como hasta ese momento tantas había organizado, pero le reconoció que no.

La embestida fue tremenda, pero incruenta, porque el Caballero de la levantó su lanza para impedir la fatal herida. Don Quijote cayó al suelo con estruendo, reivindicó la sin par belleza de y pidió la muerte por haber sido vencido. No quería matar, sino exigió promesa para que el Caballero de los Leones regresara a su casa, al menos, por un año. Su amigo, y otras veces fracasado en el intento, el bachiller , se mostró a Don Antonio, que fuera de la vista ajena requirió su identidad. Por fin, de no surgir lo irreparable, haría volver a su amigo a casa. Don Antonio relató al virrey, que supo de la artimaña para reconocer la desgracia que suponía perder el alboroto y regocijo que podía propiciar un personaje como Don Quijote, sin embargo, y era justo aceptar, se merecía el descanso para un cuerpo dolorido, en peligro de fenecer. Casi una semana mantuvieron en cama a un hombre maltratado, además del cuerpo, y sobre todo, la honra y dignidad, mancillada en combate justo y, en su caso, definitivo. Aún así, Don Quijote hablaba de cumplir promesa y volver a sus pendencias contra el mal. Un año no era plazo para olvidarse de una misión que la historia le tenía encomendada. Para darle algún mensaje de ánimo, Don Antonio le habló del rescate exitoso de , ya en casa del visorrey.

Don Gregorio entró en casa e Don Antonio. y Ricote, alborozados a la par de llorosos, henchidos de dicha, recibieron a un hombre libre, que salió de como mujer. Todos admiraron el refulgir de dos bellezas sumadas, como así lo reseña Cervantes. Ricote pagó la valentía del castellano que pasó por renegado, que protagonizó un rescate osado y peligroso.

Don Quijote se despidió de oteando la fisonomía urbana con la última de sus miradas. Era su Troya, la escena de su derrota, la batalla final de su bélica aventura. La conversación del caballero andante y su escudero, como en otras tantas oportunidades, supone una auténtico tratado de cordura y solvencia moral, de la que muchos no han reparado jamás, por mucho que hayan tenido la oportunidad de leer este libro de los libros. Cervantes, que muestra en casa página la sabiduría que atesoraba, nos marca un camino en boca de Sancho, dechado de virtudes, que no es tan burro como lo podíamos imaginar. Pero Don Quijote, en su obnubilada ensoñación, se expresa como sabio en compostura regalando muestras de honradez y dignidad sin parangón, para escarnio de tanto chorizo del ayer y ahora, pendiente de erradicar de nuestros púlpitos, repletos de malabaristas sociales. Aprovechando una apuesta de labradores, Sancho imparte la justicia de lo normal, el sentido común, a veces postergado por argumentos repletos de boato regateando lo simple, que deben dar paso a la verborrea asquerosa de los que aparentar saber cuando no hay nada más que cáscara.

El regreso sobre sus pasos no era más que rebobinar biografía, pues volvieron hacia las tierras de los duques. Esta vez, con el apoyo impagable de sus interlocutores, Don Quijote va desentrañando lo que pareciéronle encantamientos y no fueron más que mentiras orquestadas por acomodados en busca de diversión. Recorrían paisajes conocidos, donde vivieron hazañas y tropelías, de lo que reparaba Sancho, pues su amo, compungido, no pensaba más que en guardar ganado; a lo más que podía aspirar en su derrota. Cervantes se entretiene con el vocabulario y nos recuerda que todas las palabras empezadas en al son de etimología morisca, como otras que terminan en i.

La ruta de vuelta los llevó hasta una plaza donde había montado un teatro. tuvieron la oportunidad de verse representados en los engaños a que fueron sometidos en casa de los duques, con especial énfasis en el episodio de Clavileño, el vuelo, los calores o las llamas. Sancho aún respondió con su enfado, porque Don Quijote, apagado, no resollaba mientras veía como se mofaban de sus figuras en semejante representación. Fueron hospedados por los duques, compartieron aposento. Los duques, sabedores del regreso por el bachiller Sansón Carrasco, prepararon su nueva visita y continuaron las burlas, en este caso para incentivar la vuelta del hidalgo a su casa. De nuevo, en boca de la resucitada Antisidora, menciona al plagiador aragonés, nacido en Tordesillas, cuyo libro falso un demonio ordenó enterrarlo en los abismos del infierno. No pierde tiempo en mencionar, también, a Garcilaso de la . Los duques compartieron velada con para mostrarles respeto y cariño, que tanto merecían, pues los habían maltratado con infinidad de tretas y burlas.

Don Quijote, con su escudero, vuelve a su casa, de donde partió dos veces para vivir aventuras. Al menos, por ésta, Sancho quiere ser rico, aunque tenga que soportar mil azotes para que su amo le entregue monedas, pues a más golpes mejor dinero, además de eliminar el encantamiento de Dulcinea, que, cumplido el castigo, Sancho podrá lograr, aunque fuere con tretas en la oscuridad.

Enfilaron la aldea surcando el capítulo LXXII. En la última posada se acomodaron. Allí coincidieron con Tarfe, por más señas, cuyo nombre recordaba Don Quijote impreso en la segunda parte de la Historia de don Quijote de la Mancha. Buscó charla en el portal de aquel mesón para interrogarlo con la ventaja de su anonimato. Así pudo escuchar a Don Álvaro decirle que había conocido a Don Quijote y a su escudero, , en . Después de largo rato aguantando trolas, Sancho terció para aclarar dudas y quejas por semejante bellaquería. Don Quijote le indicó que jamás estuvo en Zaragoza. En esas charlas Cervantes hace aparecer al tal Avellaneda, natural de Tordesillas. Además, pone en manos de Don Quijote la demanda para , que debió jurar ante el alcalde del pueblo, y escribano que lo acompañaba, su declaración de que el auténtico Don Quijote era él, como su Sancho Panza, y no el inventado por Avellaneda. El verdadero arrancó de Don Álvaro, además del juramento, un gran abrazo de despedida.

La entrada en su aldea fue apoteósica mostrando digna ropa y adornos que produjeran admiración en quienes salieran a su paso. Sancho, pletórico, manifestaba una alegría desmesurada. Por el contrario, Don Quijote, asumiendo la derrota, volvía con el rabo entre las piernas, sumido en grave desdicha y depresión. Todos habían de ser pastores para cumplir la promesa dada al Caballero de la Blanca Luna.

Ha vuelto Quijano el Bueno, murió Don Quijote de la Mancha. Cervantes nos regala un capítulo LXXIV relleno de ternura y pone nombre al libro que protagoniza su ilustre personaje: Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha. En su cordura, Alonso Quijano dispone su despedida para dejarlo de ser, también.

“Yace aquí el Hidalgo fuerte
Que a tanto extremo llegó
De valiente, que se advierte
Que la muerte no triunfó
De su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
Fue el espantajo y el coco
Del mundo, en tal coyuntura,
Que acreditó su ventura,
Morir cuerdo y vivir loco.”

—-FIN—-

Con todo respeto demandando benevolencia: