En el reino animal, sin los racionales, la herencia genética y el instinto orientan el comportamiento de cada grupo, por eso, desde bien pequeños las reglas están perfectamente diseñadas para que cada uno cumpla el rol que tiene establecido, y si quiere cambiarlo deberá seguir el guión previsto por la naturaleza. Cuando alguno de esos animales se relaciona con los racionales pueden llegar a demostrar habilidades y capacidades que se entenderían como un cierto grado de inteligencia. En todo caso, para conseguir que los animales puedan convivir con los humanos sin peligro se modulan comportamientos a través de la doma o técnicas de adiestramiento. Aún así, muchos de ellos no pueden reprimir el instinto, lo que les hace potencialmente peligrosos para quienes tratan de domesticarlos, y peor aún, para los que viven en su entorno. Mientras un cachorro crece para domesticarse o, siendo mayor, se adapta a las condiciones mínimas que le permiten vivir con los racionales, las reglas de convivencia están aceptadas, en otro caso, ese animal debe estar con su grupo, aislado de quienes pueden ser su objetivo letal o, en lo más grave, sacrificado.

Todo este preámbulo no tiene más sentido que determinar, modestamente y con argumentos de neófito, las reglas que nuestra sociedad establece para tener como compañeros a los animales no racionales, que comportan con repeticiones y habilidades que les ordena la selección natural. Pero hasta para los animales no racionales, como vemos, hay reglas de convivencia para premiar o castigar actitudes. También afectan a los propietarios, que serán afectados por las reglas si el estado de derecho cumple con su deber.

Entramos de lleno, a través de los propietarios de animales no racionales, con el sistema de leyes y reglamentos que los animales racionales nos otorgamos por cauces democráticos. Existen otros procedimientos más eficaces para organizar la convivencia, impuestos a sangre y fuego, que se pueden acometer, casi siempre con la mínima intervención de los pueblos afectados. En este punto, quiero detenerme para recordarlo, porque, a veces, quienes cuestionan el sistema democrático y desean implantar otros modelos de convivencia, tan eficaces como desean los que mandan para que otros obedezcan, lo primero que hacen es desacreditar ese modelo democrático aprovechándose de él. En otro caso, como el régimen que desean imponer, no tendrían oportunidad de opinar al respecto, a no ser que detenten el poder.

Los humanos, desde que se conoce su existencia, han debido dotarse de normas para articular la agrupación, y con su inteligencia han ido avanzando para dar sentido a la representación cuando el colectivo se multiplicaba. El perfeccionamientos en elementos de la comunicación nos ha otorgado la posibilidad de compartir ideas, sentimientos y anhelos que se han ido ordenando para mejorar nuestro modo de relación, sin más imperativos que las leyes, en continua revisión y adaptación a las necesidades de cada tiempo o circunstancias, probablemente alejados de lo mejor, o de esa utopía que muchos tienen en su pensamiento y que denuncian frustraciones más o menos confesables.

Como a los animales, las reglas imponen premios o castigos. A nadie se le oculta que un comportamiento peligroso pueda ser ignorado para resultar impune. Ese argumento debe valer para los humanos, racionales o no, que atentan contra las leyes ocasionando peligro o daño. Cualquier persona, porque ahora hablo de personas, no entiende que un riesgo para la convivencia pueda notar impunidad. De eso conocemos ejemplos históricos, pretéritos y presentes, de todo tipo y condición. Si ya es complicado de entender, más grave será cuando quienes deben estudiar y responder a esos maléficos comportamientos, no lo hacen. Si fuere así, por incompetencia, desidia o conscientemente, estarían favoreciendo la impunidad.

Un animal, racional o no, puede cometer errores como consecuencia de su mal adiestramiento o educación, y las normas serán benevolentes aportando nuevos intentos para orientar sus conductas hacia el bien común. Si, a pesar de esa generosidad, persevera en el peligro o daño, debe recibir la retribución legal que está prevista, más aún si esas normas están respaldadas por la legitimidad del estado de derecho, como lo entendemos en las democracias modernas, imperfectas, pero lo mejor que hemos sido capaces de articular. No se me ocurrirá nunca, al menos ahora, admitir que, como a los animales peligrosos e irrecuperable, hay que ultimar, pero hay alternativas proporcionadas al daño producido a las que se puede optar, sin esa timidez cicatera de quienes no están seguros de lo que se debe hacer, mendigando comprensiones injustas, movidas por intereses ocultos.

Cualquier estrategia puede ser utilizada desde los corsés ideológicos de egoístas que buscan privilegios para distinguirse de los demás y abusar de la mayoría. Tergiversar situaciones para engañar a quienes, con mayor o menor inteligencia, no saben discernir entre falacias o argumentos bien intencionados. De un modo u otro, ahora más que nunca, debemos responder sin remilgos o complejos como lo haría una democracia moderna, que no los tiene. No podemos permitir que se ataquen legítimos derechos, ni justificar o distraer la atención sobre los agresores. Hay que utilizar las herramientas legales para no dejar campar libremente a esa perniciosa impunidad. Y sobre eso deberían hablar los que callan porque luego no les dejarán pronunciarse.

Artículo de opinión de , Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete