Además de la envidia, auténtico deporte nacional hispano, que tantas injusticias ha traído en nuestra historia, otras deficiencias sociales suelen aparecer cuando nos fijamos, y sin demasiada atención, en modos de comportarse cotidianos. No hay que irse lejos para encontrar conductas lamentables, pero embadurnadas de boato y falacia pareciendo normal por ser quién son sus protagonistas, perfectos mentirosos que miran desde la barrera del poder o la ventaja para denigrar sin el menor recato, pero pueden llegar a ser referentes sociales para tanto lerdo, que no se entera de nada, y los sigue, hipnotizado.

Es curioso observar en el refranero como, amasando sabiduría, recoge determinadas composturas con frases geniales. Un inconsecuente, el que contradice sus ideas y principios con la soltura del desvergonzado, debe saber disimular, esconder adecuadamente sus actos para seguir engañando al personal, que no puede, o peor, no quiere, ver lo evidente. Y los que deberían destaparlos no quieren, no se atreven o les viene muy bien mantener la imagen del que tiene capacidad para recompensar o maltratarlos profesionalmente.

Por eso, muchos inconsecuentes, con la complicidad de gelatinosas comparsas, procurarán que se haga lo que dicen, pero no lo que hacen. No supone dificultad alguna para encontrarnos alrededor de nuestra existencia infinidad de inconsecuentes dando lecciones de moralidad o criticando comportamientos ajenos sin mirarse en el espejo, verdadero examen que muy pocos están dispuestos a superar, porque siempre han hecho trampas o los han señalado con la varita mágica del regalo, de ese modo han podido acceder a profesiones y puestos de relevancia o excelente remuneración sin competir con otros, que lo tendrán muy complicado sin padrino para que los bautice.

Hay dedos maravillosos que señalan a los elegidos para la gloria, que protagonizarán el relato de una vida colectiva, arrastrada por sus decisiones, que pueden no ser las más acertadas, pero insistiendo en qué, cómo y para qué hacer lo que ellos no están dispuestos a hacer. Pero nos dicen que es bueno para nosotros, los demás, el grupo humano con el que se hacen experimentos de riesgo, porque cuando no salen bien las consecuencias son irreparables. Y lo peor es que no responderán ante nadie, si siquiera serán retribuidos justamente por semejantes tropelías, que debieron practicar antes, sin peligros, para calcular los inconvenientes, pero como son inconsecuentes no pueden contrastar la realidad, porque la suya es otra, y no dudarán en arriesgar con las vidas de otros.

Los incongruentes exigen a los demás comportamientos que ellos jamás tratarán de ejecutar, pero se cargarán de razones, alentarán descerebrados, si hace falta, para lograr sus objetivos, sin importar lo que deberían ser importante: el bien común, la felicidad posible o el bienestar alcanzable. No tendrán el menor rubor en prometer quimeras con la verborrea justa para mantener relatos falsos e interesados. Resulta muy complicado apartar a los inconsecuentes, incluso demostrando sus vergüenzas, porque los forofos no entienden razones, siguen ciegamente estereotipos ideológicos, anclados en la ignorancia, donde germinan con fuerza las enormes falacias históricas.

Las mentiras repetidas, convertidas en verdades oficiales, necesitan una batería de argumentos excepcionales y sostenidos con paradigmas intelectuales o sabiduría mucho más poderosos que esos inconsecuentes, henchidos petulantes, respaldados por legiones de descerebrados sin más consistencia mental que mantras perfectamente construidos. Cada día, con las gotas de agua destiladas por la independencia de unos pocos o la venganza interesada de los contrarios, aparecen conductas inconsecuentes de personas de relieve social.

También, entre nuestros conocidos o familiares, no es extraño comprobar el descaro con el que algunas personas hablan sobre lo divino y humano, sin reparar en que los conocemos, sabemos a qué se dedican, cómo viven o de quién. Pero nos callamos, a veces por un respeto que no merecen, otras por la prudencia del que no quiere más problemas que los que le atropellan. Es sencillo ignorar inconsistencias ajenas, porque nos viene bien.

Lo verdaderamente importante es replicar con la vehemencia que cada caso requiera para decir lo que se piensa. Cierto es que muchos no tenemos la libertad suficiente, porque la capacidad de hacer mucho daño a quién se desnuda psicológicamente difícilmente será contrarrestada por los congruentes, que podrían tener la posibilidad de proteger a los que hacen lo que dice.

La cobardía social es una de las mejores garantías para que puedan perpetuarse los inconsecuentes. Siempre están, dirigiendo en persona o, lo que es peor, controlando eficazmente desde la sombra, sin jugarse el tipo, en segundo plano, la posición del que no arriesga, porque hay secuaces que le deben privilegios y darán la cara fielmente; de ese modo tienen su pedante vida asegurada. Cuando escuchemos reproches concretos o cotilleos en las nubes, sería bueno contestar con ejemplos, replicar denunciando el comportamiento real de los que reprochan.

Supondría asear con sinceridad el enrarecido ambiente social, un modo de limpiar la suciedad que escondemos bajo las alfombras de la hipocresía. Descubriendo a los inconsecuentes estamos oxigenando nuestras calles. Aunque donde hay que inyectar consistencia es en los despachos, sin temor desmedido, aunque con la prudencia del que tiene mucho que perder. Tampoco sería adecuado protagonizar suicidios profesionales o arrastrar inocentes a batallas perdidas.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provincia de