Dos años que pasan fugazmente en una memoria tan larga, y Ascensión tenía edad para el Servicio social. Un dos de enero de 1945, acompañada por su tía , se marchó hacia , donde estaba el centro en el que debía ingresar. Llegaron en tren hasta Aledo, donde había vehículos para recoger a los familiares que visitaban enfermos de tuberculosis, sanatorio que se encontraba en la mitad del camino.

Sentada en el coche, se despidió de su tía y emprendió el viaje que tenía como destino un Albergue. Un tiempo más tarde, el vehículo paró en la carretera para que se bajara. Dos de los internos, tendrían catorce años, la estaban esperando para acompañarla el resto del camino, que hicieron andando sobre la nieve, con mucha dificultad. La recibió su directora, que le presentó al resto del personal. Era un paraje precioso, un antiguo refugio de montaña. Su habitación era una especie de celda, con cama, lavabo y poco más. Por la mañana la nieve no le dejó ver por la ventana.

Los grifos estaban congelados. Bajó al primer desayuno y comenzó a desarrollar las tareas que tenía encomendadas. En esas fechas estaban terminando la construcción de un Hogar para trasladarlos, pues en aquel lugar, además de bonito, hacía muchísimo frío y no reunía condiciones para vivir. Antes de finalizar enero llegaron varios autocares para llevar a todos los residentes hasta el nuevo edificio, en la calle Alberca, en otro sitio maravilloso, llamado El Valle. El edificio era impresionante, sobre todo la biblioteca, que no tocaron hasta la inauguración oficial.

Ascensión, como otras guardadoras, se encargó de los chiquillos más pequeños, unos treinta. Su habitación estaba junto a la de los niños. Cada noche, al menos tres veces, debía levantarse para llevarlos al servicio. Además de cuidar de los niños debían reparar y planchar la ropa. También le tocó sustituir a las maestras. El albergue tenía un fraile franciscano de capellán, que componía música y tenía un armonio, que tocaba en el patio central. Ella, con un cesto de ropa para coser, solía sentarse para escucharlo. Permaneció nueve meses, tres más de lo estaba reglamentado, debiendo abandonarlo el 30 de septiembre de 1945. En esos días, una monja, , le concertó una entrevista con la Superiora del Colegio Santa Luisa, en .

Poco tiempo después le ofrecieron vivir allí trabajando como portera, aunque hacía de todo, atendía el comedor, cuidaba la ropa de las monjas, ayudaba en la cocina y colaboraba en las clases de los más pequeños. En vacaciones venían unas chicas de Javalí Nuevo para hacer una limpieza a fondo del colegio. , colchones, paredes y todo lo preciso para dejarlo aseado y dispuesto.

En el colegio Santa Luisa estaba hospedada la Jefa de Telefónica, con la que entabló una buena amistad. Le sugirió que se preparara para hacer los exámenes de ingreso en la empresa. Con el apoyo de la Madre Superiora, que la dejaba estudiar sin abandonar sus obligaciones, preparó la oposición.

Meses más tarde se convocaron cuatro plazas. Se presentaron muchas chicas. Las cuatro plazas se otorgaron a las opositoras mejor colocadas en la promoción anterior. Ascensión siguió con la preparación, incluso acudía a una academia que tenían dos vigilantas en activo de Telefónica. La Madre Superiora le pagó esos gastos. En la siguiente oposición consiguió el número uno, lo que le garantizaba una plaza.

Empezó a trabajar el 11 de agosto de 1947. Sus primeros días fueron muy duros, pues no todas las vigilantas eran educadas, especialmente una de . Le reprochaba todo, no acertaba nunca. Afortunadamente, cambió pronto para ser muy cariñosa y comprensiva.

Mientras su hija iba abriendo expectativas, cambiaba de funeraria y se pasaba con todos sus clientes a la compañía El Ocaso. Y como de todo tenía que haber, también buscó nuevo domicilio, porque conoció a una mujer con la que se fue a vivir. También es cierto que en , donde podía ir de vez en cuando, en al año 1949 existía una especie de censo de la prostitución.

La vida era muy dura para todos, especialmente para las mujeres, que tuvieron que explorar derroteros a los que no hubiera acudido en otras condiciones. Se contabilizaba un total de 30 prostíbulos. En cada lupanar se identificaba a la propietaria con su apodo, muchas veces alusivo al pueblo de procedencia, y el número de pupilas a su cargo. Total estaban censadas 118 prostitutas conocidas y 12 más, itinerantes.

Por esas fechas, en marzo de 1949, fundado ya el Cuerpo General de Policía, se daban instrucciones confidenciales a las Comisarías sobre la actividad de los enemigos del Régimen, que estaban planificando acciones de sabotaje, explosiones y consignas a los trabajadores dispuestos a escuchar sus mensajes procedentes de y , con la dirección estratégica de la Kominform de y , manifestándose con especial protagonismo el General Lister, en estrecha relación con La Pasionaria.

El intermediario era Álvaro Cunhal, Secretario General del , que mantenía comunicación constante con el Secretario General del Partido en el interior de España, en esos momentos desconocido. Las órdenes llegarían a desde Oporto para cumplimentar las instrucciones de .

Pero Ascensión se iba a topar con su futuro, aún desconocido. Un día estaba trabajando en La Telefónica atendiendo el locutorio, donde acudía el público para poner conferencias o recibirlas; tenía de compañera a la mujer de un agente de la . El marido se acercó a verla. Con él iba otro policía de paisano. Mientras no había clientes, Ascensión estuvo charlando con él. Al finalizar su turno, en la calle esperaba José Roldán, que la acompañó hasta la puerta del colegio. Después de conocerse mejor empezaron una relación que duró cuatro años. El 15 de mayo de 1953, en el mismo colegio de Santa Luisa, Murcia, se casaron.

Mientras, en Cartagena, todos esos años, su madre, , vivía con su nuevo marido forjando un futuro con otra familia. Se supo, sin precisar tiempo y lugar, que José Pastor se entrevistó con ella, pero le dijo que no podía regresar porque Ascensión, Ángel, , Carmen y Fernando ya iban siendo mayores. Ignacia tenía otros cinco hijos más, muy pequeños y la necesitaban más. Allí se cerró definitivamente una vida que pudo ser perfecta, como era antes del suicidio nacional, que se truncó un mes de julio de 1936. Después, repleto de tristeza, soledad, desdicha y enfermo, José Pastor, trataba de organizar su mala vida cerca de la única hermana, Carmen, la fortaleza protectora, y unos hijos repartidos, que no pudo nunca reagrupar, que fueron creciendo y orientando sus futuros.

La salud fue degradándose. Cumplidos los 53 años, en marzo de 1957, José Pastor descansaba en casa de su hija Ascensión, que vivía en . Su yerno, que prestaba servicio en el Cuartel de la Policía Armada en Murcia, en sus horas libres, también lo acompañó tiempo atrás, cuando aun tenía fuerzas, contratando pólizas de El Ocaso recorriendo toda la huerta murciana.

Su primer nieto, que tenía tres años, recorría la pequeña casa con un triciclo que le compró su tita Carmen, la única abuela que conocía. Su verdadera abuela, Ignacia, para ellos, hasta muchos años después, estaba muerta. Tampoco vivía la madre de José Roldán, que murió en su segundo parto, allá en Fuente Carrasca, Molinicos, pero también tuvo una tía, llamada Modesta, que lo cuidó mientras pudo.

En la pared unas estampas con futbolistas, en la cama el abuelo Pepe, cuya imagen difusa es imposible de recordar. En la terraza una jaula de conejos, alguna gallina, y en el cielo, todas las mañanas, innumerables paracaídas descendiendo lentamente. Una especie de pequeñas figurillas saliendo de aquellos viejos aviones alemanes que tanto daban de sí. El recorrido hasta el colegio, un envoltorio de papel de estraza con algo de azúcar para la leche en polvo, que cogía con un vaso plegable para mezclar con agua.

Aquel queso en lata, amarillo, algo blanco, pero que tan bueno estaba. El tren, que pasaba por detrás, hacía vibrar los vasos de la cocina. Enfrente, bajando hasta el fondo de la pequeña calle sin salida, un jardín perfecto con techo de jazmines. En la parte baja, donde vivía la tata Consuelo y su madre, contrabandista de aceite. Un lebrillo dejaba remover la calabaza hasta convertirla en aquello tan ligero y dulce, que cogía con aquellas minúsculas manos para comer hasta que lo quitaban. Los conejos blancos de las jaulas del patio, enormes, de ojos rojos, silenciosos, hermosos, entreteniendo una mirada que se pierde en el tiempo.

En marzo, casi abril, el abuelo Pepe se pone peor, lo llevan al Hospital, de donde nunca regresó. El haber sido agente de El Ocaso sirvió para que el entierro fuera gratis. Allí se quedó, en Espinardo, ocupando lo poco que será siempre de su propiedad. Ascensión, después de morir la tita Carmen, valuarte de una trinchera familiar protegiéndose de lo que consideró una traición imperdonable, cuando ya tiene nietos quiere conocer a sus otros hermanos y desea ver a su madre, que ya no sabe nada de lo que tiene alrededor. Una vida plagada de esfuerzo. No reconoce a nadie. Está perdida.

Pero a pesar de haber pasado más de sesenta años, mira a su hija mayor, no la puede escuchar, los oídos no funcionan, pero una mágica ráfaga de lucidez le hace reconocerla. Es su hija Ascensión y ha tenido la posibilidad de verla otra vez. No puede decir si está o no arrepentida de algo. El tiempo distancia tanto los sentimientos que se endurecen; ya no es lo mismo. Como en tantas variables de la vida, es bueno tener memoria, la privada y colectiva, para no olvidar, aunque sí para perdonar.

Último artículo de la serie Memoria para Perdonar de - Comisario Jefe de la en la provincia de