Podríamos buscar el significado de interpretar con diversas definiciones. A nadie se escapa que la más reconocida sería el considerar al intérprete como un traductor de idiomas, el que aclara palabras desconocidas para que otros las entiendan, ese intermediario que se ubica entre dos o más personas para ir traduciendo frases de modo que puedan entenderse, o utilizando instrumentos electrónicos va reproduciendo en otras lenguas mensajes que escucha y así facilitar el conocimientos de los que no entenderían nada. También nos lleva a los sustantivos: experto, exégeta, comentarista, guía o expositor. Pero en nuestro modo de hablar, además, la palabra interpretar está ligada al teatro o al cine, pues es lo que hace un actor. Y, por supuesto, sencillo es recordar el modo en que un presentador anuncia la intervención de un cantante, pues le llama intérprete con absoluta solvencia y acierto.

Este preámbulo nos orienta hacia lo que podemos calificar como interpretación de papeles o canciones donde el protagonista puede mostrar mayor o menor sinceridad o coherencia en sus gestos, sonidos o palabras.

En los anales de la cultura española hay ejemplos paradigmáticos de quienes han dado a sus interpretaciones un nivel de calidad capaz de conmover al que los escucha, pues logran suplantar al personaje del que hablan o tocan pareciendo ser ellos mismos, perfección muy valorada y reconocida por los espectadores. En otro sentido, podríamos considerar al intérprete, con todas las salvedades imaginables, como un simulador o mentiroso, pues se hace pasar por quién no es en realidad o cuentan historias que no son propias, sin opinar o expresar las suyas. Hay quien es creativo pero no sabe interpretar, necesita intermediarios. Hay hermosas mujeres o carismáticos hombres que tienen éxito y beneficios sin hacer bien lo que se supone que debieran, pero su imagen o evoluciones se consideran suficientes para ser aceptados o, incluso, idolatrados. En el mundo de la música hemos conocido excelentes autores de letras o músicas que han defendido con soltura, a pesar de no tener aptitudes físicas para lograr el máximo provecho de sus obras, sin embargo han sido reconocidos por su talento como creadores.

Por el contrario, algunos privilegiados de la naturaleza no han cumplido las expectativas del público por falta de talento para interpretar o deficiente material que aprovechara sus posibilidades físicas. Por eso no es extraño reconocer que tienen voz, pero no éxito, o en el otro sentido, poseen carisma o talento, aunque les falte la capacidad. Y entre unos y otros, están los que extraen eso que interesa para conseguir el respaldo social con mensajes ajenos, sintonías agradables y una imagen atractiva.

En el mundo de la interpretación social, en sus numerosas variables, el gran estafador o mentiroso utiliza sus armas de seducción para obnubilar al público, que desprecia, pero les oferta mensajes preciosos, melodías pegadizas y aspecto embriagador. Los mejor informados, dotado con formación y capacidad, que saben entender letras, distinguir música o juzgar al intérprete, sabrán tomar decisiones con libertad y conocimiento. Pero el estafador social embauca con sutil o despiadada contundencia en el contenido del mensaje y sonidos subliminales que esquivarán realidades con escenas falaces para conseguir sus objetivos, por miserables que sean. Y esos que saben lo que escuchan podrán discernir si les gusta la música, la letra o el intérprete, o cualquiera de ellos, sin embargo, hay expertos en la materia, que saben con meridiana certeza que el producto es malo, falso y perverso, pero buscarán su beneficio, y a pesar de ello, lo respaldarán sin complejos ni vergüenza. Se trata de seres perversos que facilitan el éxito de los malos intérpretes, pero producen pingües ventajas en sus campos respectivos. Y ese público estafado dudará sobre la calidad de sus interpretaciones porque aceptan el comentario de expertos, críticos o creadores de opinión, que se venden a la espera de recompensas o temor a represalias inconfesables.

Es complicado, con esas debilidades, opinar sinceramente sobre la calidad del intérprete o su mensaje, del que no es ni el autor. Los vemos compungidos, apasionados, excitados o temerosos, pero están interpretando un papel o canción para ganarse un futuro que de otra forma no podrían. Ese modo de llegar al gran público tiene, desgraciadamente, ventajas, porque nuestra sociedad se muestra incapaz de formar musical o literariamente a quienes deben escuchar. De ese modo, podrían valorar si no les gusta la letra, la música o el cantante. Y seguro que habrá quien diga abiertamente, cuando sienta el respaldo de su formación y libertad, que no le gusta lo que escucha: ni la letra, ni la música ni el intérprete, ese perfecto sinvergüenza que tratará de aprovecharse injustamente de la ignorancia, prudencia o temor de los demás. La vida es como una canción. Melódica, metálica, apasionada, sencilla o complicada, para la que debemos estar preparados, pero, al menos, debe ser nuestra. No es bueno, a veces, que se apropien de ella otros intérpretes.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provincia de