A primera vista las migraciones se presentan como movimientos netamente voluntarios, sujetos a decisiones individuales. Sin embargo, falla la lógica. Y es que se trata de un movimiento social; y en el fondo carente de libertad, ya que ésta se adelgaza con el desarraigo y la falta de un nivel de vida satisfactorio e incluso ausente de dignidad. Los trabajadores se ven obligados a desplazarse hacia los lugares donde se concentra la oferta laboral, con independencia de su nacionalidad, edad o género. En consecuencia, la voluntariedad de los movimientos migratorios hay que ponerla en tela de juicio porque la mayoría de las decisiones que se toman en este sentido están mediatizadas, cuando no urgidas por la necesidad, y orquestadas por las condiciones del mercado de trabajo.

En esta dirección apunta la teoría del mercado dual que afirma que los mercados presentan dos planos distintos: el superior, ocupado por los trabajadores nativos, y el inferior, por los de fuera, cuyos desplazamientos están determinados por las necesidades laborales de las economías desarrolladas. La mano de obra cualificada, estable y mejor remunerada acapara el estrato superior quedando el inferior para la menos cualificada, temporal y con sueldos bajos.

De lo anterior se deduce que el desarrollo económico de las sociedades más avanzadas genera los movimientos migratorios, y que éstos no contribuyen a suavizar los desequilibrios de la economía mundial, sino más bien a perpetuarlos. Nuestro sistema económico es el primer interesado en mantener la dualidad en el mercado de trabajo por los beneficios que le reporta.

Se ha criticado con frecuencia que la inmigración impide a los nacionales desempeñar esos puestos de trabajo, pero ¿qué tipo de ocupación laboral se observa entre los inmigrantes? El sector profesional empleador de inmigrantes ha sido bastante heterogéneo. Los procedentes del norte de África principalmente ocupan el sector primario, en concreto la mano de obra en el campo (agricultura) y la construcción, coincidiendo en ser varones de corta edad. En segundo lugar, los procedentes de Iberoamérica, principalmente mujeres, obtienen sus empleos en el servicio doméstico y el cuidado de mayores. En tercer lugar, los inmigrantes asiáticos, en paridad entre hombres y mujeres, son quienes emigran a España con pequeños proyectos de emprendimiento que, además de ejecutar una inversión extranjera, incluso generan puestos de trabajo. En cambio, y paradójicamente, a nadie molesta la inmigración europea que se asocia al mercado financiero o comercial donde los puestos de trabajo presentan las mejores condiciones.

De otro lado, entre las consecuencias de la inmigración podemos destacar tres: demográficas, económicas y socioculturales. La primera se refiere a un aumento de población y rejuvenecimiento de la misma en un país donde el grado de fecundación se aproxima a 1,17 –cifra alejada en casi la mitad de la necesaria para mantener la demografía (y de forma concatenada la relación y calidad de nuestros servicios)– y donde la sostenibilidad del pacto entre generaciones, que se concreta en un sistema público de pensiones, está en constante juego de malabares y funambulismo. En suma, la llegada de población inmigrante en edad de trabajar –generalmente entre 25 y 35 años– repercute favorablemente en el total de afiliaciones a la Seguridad Social y, en consecuencia, supone un efecto positivo en la economía, mayor aún si tenemos en cuenta que el bajo porcentaje de su población dependiente (menores de 16 y por encima de los 65 años) hace que aporten de manera neta a la caja del Estado más que la población nacional. Igualmente, dado que el empleo extranjero se ha concentrado en sectores donde la oferta de la mano de obra nacional resulta escasa (construcción, hogar, hostelería, agricultura, etc.), la inmigración ha contribuido a suavizar la rigidez de esta oferta, limitando la aparición de tensiones inflacionistas y haciendo que las PYMES continúen con su actividad. PYMES, por cierto, que representan la enorme mayoría del tejido empresarial español.

El hecho de que la población inmigrante ocupe puestos laborales poco deseables para la población española y el que sea una población joven ha permitido que los españoles ocupen puestos más altos en la pirámide laboral, que los jóvenes puedan acceder a mayor formación y, en general, que el Estado del Bienestar español haya perdurado establece desde hace más de 40 años. Hay quien opina, como buenos “opinólogos”, que la inmigración ha comportado distorsiones en el mercado laboral español, por ejemplo congelando los salarios. Sin embargo, la pérdida de poder adquisitivo no solo se relaciona con la variable salarial, sino que también entra en juego el aumento progresivo de los precios de los productos.

Por último, como consecuencia sociocultural, la tradicional llegada de inmigración a España, que desde finales del siglo XX se ha convertido en un país receptor de migración, ha generado una mayor diversidad cultural, religiosa y lingüística. Por desgracia, esta oportunidad por construir una sociedad más rica e intercultural ha desembocado en todo lo contrario. En los últimos años ha aumentado la tendencia general al rechazo de la población extranjera, es decir, ha aumento la xenofobia.

Y es precisamente aquí donde entra en escena el mensaje facilón, pícaro y burlesco que toma enseñanzas pasadas de las malas artes de gatopardianos maestros sobre la táctica del chivo expiatorio. Un mensaje vago en contenido pero que disipa la carga intelectual y el trabajo analítico; nos aparta del riguroso método científico y compromete la convivencia al señalar por fin al culpable de todos los males nacionales. La gravedad del asunto se enzarza en crítica si tomamos en consideración el gran calado del mensaje, de escaso contenido pero fuerza bruta. Un dardo envenenado que apela a la destrucción del Estado para la construcción del Estado. Algo parecido al Despotismo Ilustrado de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

Es precisamente, no por su gravedad sino por su historia, que recurrimos a respuestas del pasado para soluciones del presente. Surge en el capítulo XVII de una de las obras maestras de la filosofía política, “El príncipe”, que Maquiavelo se cuestiona la controversia de si es mejor ser amado que temido, o viceversa. Se contesta que lo deseable es ser ambas, pero como resulta difícil combinarlas al mismo tiempo, es más seguro ser temido que amado, pues el temor que imponga un dirigente depende de su habilidad propia mientras que el amor será algo subjetivo del pueblo. En sus propias palabras “como los hombres aman según su voluntad y temen según la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en lo que es suyo y no en lo que es de otro.” Años más tarde, el emperador realizó comentarios a esta obra que cautivó su atención. Se detuvo en la misma pregunta y respondió: “me basta con uno de los dos beneficios”. Sin abordar cuestiones teóricas sobre la profundidad del debate conviene detenernos aquí y ahora.

La falacia de VOX es que se nutre, como lo hicieran otras formaciones políticas antes que ellos, del descontento. Incluso osan aplicar una atribución indebida de los puestos de trabajo, desarrollan contradicciones legales para explicar ayudas ficticias y, lo más grave a mis ojos, se alejan de la realidad emocional que atraviesa una madre cuando deja a sus hijos encima de un plástico para, simplemente, darles una segunda oportunidad.

Preocupa, y no poco, que el discurso del chivo expiatorio sea tan “jondo”. En un mundo globalizado, el éxito no se obtiene al señalar la dirección que sigue el de al lado, sino marcando un ritmo propio que permita llegar antes y aprovechar esa oportunidad. Argumentar con rigor científico es la tarea que nos queda. Si hay suerte y la campana da con alguien que quiera razonar iremos sumando en esa tarea pedagógica de explicar con datos y no vociferar mentiras.

Peor todavía se halla la respuesta de una izquierda que busca “hacer la pinza” a través de una polarización del debate. Un llamamiento antisistema continuo, que apela a la desobediencia de las urnas por un resultado electoral de descalabro, o anteriormente a la manifestación contra el poder judicial que pone en entredicho la seguridad y credibilidad de nuestro Estado de Derecho.

La gran diferencia es que no somos iguales. Nosotros recibimos con bloc de notas que invitan a la autorreflexión la decisión del pueblo soberano. Abstención, desafección, adiós a un voto cautivo por su utilidad en un sistema electoral que se demuestra no ser tan injusto en la relación representativa y que está empezando a exigir del acuerdo de tres fuerzas para alcanzar el Gobierno. Pero ante esa mala relación entre gobernantes y gobernados, esa quiebra y lejanía de la forma de vida de unos y otros, autocrítica sí, pero pedagogía más.

No vamos a caer en el juego, no vamos a hacer el marketing a mensajes engañosos, ni vamos a optar como ya han hecho muchos por la solución simplona de Maquiavelo, Napoleón, Casado o Abascal. Cuando nos pregunten sobre la conveniencia de ser temido o amado la izquierda tendrá clara la respuesta. Ser amados. Eso es lo que perseguimos. Se nos puede acusar de excesiva relajación, del “buenismo” o de múltiples errores durante toda una vida democrática construyendo país. Eso sí, nosotros elegimos el pedregoso camino de la pedagogía y el amor, y no el discurso del odio y ser temidos.

Esa es mi izquierda. La izquierda que no voxteza.