Sabe a infanta su nombre de castiza realeza
y a ensueños agarenos… En su gualda estructura
borda el sol filigranas de piedra y taracea
sobre el ojo apuntado de la hermosa arquería.

Hierve entera la tarde del tendido cinco
en este coliseo de oro y república.
Se desploman los cielos sobre el rito totémico de moñas y caireles
y una raza imponente de sol y de aceituna
desparrama los soles sobre el gris del tendido.

Sobrevuela la grada un opaco misterio
de leyendas, de mitos, de viejos coliseos, de toros de Guisando,
de obscenos minotauros en pétreos laberintos,
de arrebatos jovianos…

Nada turba el sigilo en su siesta de piedra,
la feria es un embuste de ruïdos lejanos
y el ruedo es luna llena de albero y camposanto
sin una cruz siquiera, sin un ciprés alzado
como el dedo de Dios admonitorio
en este apocalipsis de sol y de clarines.

Las cinco de la tarde nos convoca
a súbita asamblea de timbales.

Es ya multicolor la piedra del tendido,
pero abajo una hostia, redonda como un ruedo
de luna de centeno en su cuarto menguante
amorena uniforme la extrema palidez
de un miedo irresistible de anemia y taleguilla.

Se hace trizas la tarde bajo un sol vengativo
de plomo desplomado en las gradas de sol, de solar democracia
campesina y obrera, de la fragua y la gubia, la hoz y la navaja.

La luz da azul y oro a este templo pagano
de ritos ancestrales, de sangre sobre el ara,
mientras levita el aire como un santo barroco
una doble oración de miedo y ay Dios mío:
el rezo estremecido del maestro en la capilla,
y la pasión del toro, silente en el chiquero.

Allá en lo alto, enhiesta en grana y oro la bandera
torea al natural la rosa de los vientos
con quiebros y recortes de poética grandeza.

Tiesas cuadrillas. Un diestro se santigua.
Unl recio pasodoble corta el aire.

Avanza la envarada comitiva y el regio desfilar de los caballos
de sol a sombra, en la trazada vía que sigue en su carrera el universo.

Saludo al presidente. Abre el clarín la puerta de chiqueros
y el miedo se entalega frente al toro,
negro toro primero de negra noche negra,
de luto presentido y fría piedra.

Se desnuda la fiesta más moral y más púdica
de la muerte y la vida,
frente a frente embestidas en su estrofa perfecta,
mística y absoluta como un acto de fe, rotunda identidad:
Entre toro y torero
se torea.

Daniel Sánchez Ortega