No tuvo mejor suerte con su cuarto amo, quizás por seguir con el clero, y esta vez pensó que podría comer en paz entre cuatro paredes, pero se equivocó. Un fraile original, distinto de lo que en esos tiempos se conocía, que las monjas llamaban de un modo muy particular comerciando como un charlatán cualquiera. No llegó a las diez jornadas lo que duró a su lado. Siguió azaroso deambular y topó con otro clérigo en busca de mejor fortuna, al que sirvió mientras presentaba bulas y recaudaba para las Cruzadas.

Su amo era un pillo con la chispa propia del estafador, como tantos pululan en esta segunda década del siglo XXI, enredados en mil tramas para salir airoso de la mayoría de ellas, porque tienen el encanto de quién pretende enamorar mediante el negocio más traidor. Y muchos caen en sus fauces llevados por la excelente fachada de una ventaja, pero descubren el error demasiado tarde. Probablemente, al no cometer infracción alguna, denunciarán la estafa para pedirle cuentas indirectas, con la duda razonable del que no las tiene todas consigo, pues los dineros, el objeto del entuerto, tienden a desaparecer, sin mostrar temor a la retribución penal, si es que llega. El estafador moderno no tiene más miedo que perder el botín provechoso de una bien diseñada mentira. Porque las víctimas no tienen dudas en envían o entregar capital para conseguir el chollo prometido.

El charlatán del medievo se presentaba ante frailes y clérigos, entre los que no era conocido, naturalmente, para indagar primero y montar la trama después, según el nivel de formación en letras muertas o vivas, pues no era extraño enfrentarse con buenas personas, poco leídas, prometedoras víctimas de sus encantos falaces. Hablaba de bulas y cruzadas con el desparpajo de un lego en la materia, aunque mejor informado que sus escuchantes, hombres aislados de las fuentes del poder y saber, que atendían en silencio todas sus explicaciones, fueran o no en latín. Si en las primeras charlas notaba que de esa lengua sabían bien, procuraba entonces seguir en la romance, la que por allí se utilizaba. Jugaba con la ignorancia ajena, una estrategia que se ha mantenido en el acervo de la picaresca hispana. Y como era lógico imaginar, el objetivo era sacar comida o monedas con las que seguir alimentando su vida y bolsillo. Pero en ocasiones, como bien dicen esos pillos, es mejor trabajar en soledad, pues un compinche flojo delata al primer tropiezo. Y eso fue lo que le pasó al buldero, amo de Lázaro, que después de un tira y afloja con un alguacil, mientras ofrecía el sermón, lo descubrió ante los feligreses, que ya dudaban desde su público enfrentamiento en la posada. Pero un timador avezado tiene recursos, sobre todo en lo que se refiere a la fe de los hombres y sus relaciones con Dios, y de eso hay ejemplos actuales sobre nuestra peculiar piel de toro. Lejos de mostrar rubor, el amo de Lázaro, experto en falacias, pidió silencio y elevó al cielo una apuesta arrodillándose en el púlpito que ocupaba. Salió bien de la trampa, hasta el punto que quien dijo verdad se vio represaliado por un grupo de ciudadanos, que no dejaban de golpearlo en el suelo. El mentiroso, liderando una población rendida a sus embustes, además, recibió la demanda para que intercediera por el agredido, requerimiento que aceptó después del regresar de un trance espiritual perfectamente representado.

Merece la pena detenernos en este sabio relato medieval para compararlo con tiempos presentes, donde esos intrépidos vendedores de verdad suelen ser vilipendiados por decirla, más aún, en público. Lejos de reconocerle su valentía ante el comportamiento falaz de poderosos o quienes detentan el protagonismo social, padecerán el desprestigio emanado hábilmente por sus instrumentos de influencia. El amo del lazarillo utilizó ese posicionamiento privilegiado para ser, además, benévolo, montar una parafernalia litúrgica con el apoyo general y conseguir la decidida rendición del alguacil que, recuperado de la paliza mientras el sortilegio finalizaba, reforzó el prestigio de un charlatán del demonio que tanto aprecio de Dios sabía mostrar. Esa jornada sirvió como mecha rápida en un prestigio alargado en fechas posteriores, donde no le hacía falta pronunciar pregón para recaudar dinero y comida, de la que tan buena cuenta daba Lázaro, siervo que no las tenías todas consigo, pues a pesar de tener el estómago lleno parecía no aguantarle al alma, absolutamente oscurecida de tanto silencio cómplice. Y aguantó varios meses más, hasta que no tuvo fuerzas para seguir a un timador de la fe. Herramienta bien engrasada que en nuestros días mantiene su vigor y eficacia, lamentable herencia consuetudinaria que soporta un muy liviano reproche colectivo. No hay porqué negarlo, los pillos siguen arrastrando esa especie de aureola parecida el prestigio social que tanto daño nos sigue haciendo.

Los días llevaron a Lázaro hasta otra iglesia. Había pasado tiempo suficiente como para trasformar a un chaval en mozo. Y de ese modo, con la rémora de sapiencia acumulada, el madurado siervo iba sumando inteligencia de lo mundano. Pero no tendría mejor suerte que la soportada hasta esas fechas. El capellán puso a su cargo un asno con cántaros para repartir agua. Trabajaba a comisión; dinero contante y sonante que le proporcionaba posibles hasta esos momentos desconocidos. Aquel hombre de Dios le garantizaba comida y monedas, algo que debiera serle suficiente teniendo en cuenta su trayectoria anterior, pero no se conformaba.

Artículo de la serie “El lazarillo delincuente” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,