No se puede esconder que supone un reto escribir sobre una epístola biográfica de un personaje no demasiado singular. Si nos remontamos a la época donde se desarrolla la historia, no hay la menor duda que seríamos capaces de encontrar por esas calles sucias y malolientes miles de chavales similares al Lazarillo de Tormes. Debemos introducirnos en la máquina del tiempo para tratar de comprender, y presumo que será imposible, la situación de tanto miserable buscando el modo de echarse algo a la boca y permitiera seguir viviendo en las condiciones más penosas de carencias y abandono. Y hay que hacer lo posible por imaginar esa supervivencia en núcleos urbanos, pues el campo daba hierbas y frutos que algo podían paliar. Lo peor de todo, y en cierto modo es una rémora que no ha permitido alcanzar el merecido reconocimiento y aceptación, es que, al no conocerse autor, al menos con la certificación mínima de eruditos con solvencia, la obra, huérfana, se quedó ahí, donde se quedan las piezas literarias que no sobrepasan el imaginario margen de lo superior.

Los que tenemos limitaciones en cultura, aunque nos fijemos mucho, debemos acudir a las fuentes abiertas que proporciona la red de redes, herramienta imprescindible para indagar y descubrir con inusitada velocidad y garantía, porque los sabios, o sus intermediarios, han puesto a disposición de todo el mundo una monumental carga del conocimiento humano, que permite a cualquiera disimular su ignorancia disfrazándose de experto de lo que no es. Y es por eso, como neófito en tantas cosas que envidio, que he buceado en varios mares para sacar conclusiones sobre un comportamiento repetido durante toda la historia de España, de antes, durante y después del tiempo que se debió desarrollar el relato. Una historia exacta redactada con destreza y con el talento propio de los expertos de una época donde no había mucho donde encontrar. La mayoría no sabía leer o escribir, pero trataban de trabajar, servir, luchar y comer lo que bien se pudiera, y lo más importante, cuando alguien era sorprendido protagonizando maldades, la retribución legal era cruel y despiadada.

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades se publicó, al menos es la primera noticia contrastada, en 1554. Narra las vivencias de un chaval en el siglo XVI, pero contadas por un supuesto espectador privilegiado, que lo conoció o supo de él desde siempre. El autor, desconocido, procuró esconderse para esquivar a la Inquisición, la terrible censura moral que quitaba la vida con generosa virulencia. A muchos se atribuye la paternidad, pero por el tiempo y el modo, los primeros estudiosos adjudicaron el libro a fray Juan de Ortega, General de los Jerónimos, circunstancia que debió determinar la discreción más absoluta. Mercedes Agulló, en 2010, aportó otro autor, y no era descabellada su hipótesis, pues no era otro que . En todo caso, lo que debe quedar perfectamente claro es que el dichoso libro fue censurado como prohibido por la Inquisición. De no haber sido por esta circunstancia, su autor habría alardeado profusamente de su excelente creación, porque sería la génesis de lo que conocemos como novela picaresca, temática tan repetida y compostura reinventada, que en nuestros días aparece como absolutamente actual.

Del contenido emana un modo de escribir que servirá de guía, incluso, al mismo , que seguirá el modelo en de la Mancha y sus novelas ejemplares, donde la trampa y sus mentiras sirven de hilo conductor a tantos momentos delirantes. Muchos personajes no tienen más interés que divertirse burlándose o aprovechándose de la buena fe de quienes se cruzaban en el camino.

Probablemente El Lazarillo de Tormes ofrezca el perfil más ajustado al comportamiento hispano, porque Don Quijote, repleto de generosidad y talento, supone el paradigma de lo correcto. El Lazarillo asume la costumbre, generalmente aceptada, de que el listo tiene éxito, aunque sea malvado, y el honrado no deja de ser un poco idiota al seguir los dictados dudosos de la legalidad, que nace de la imaginación de otros tramposos buscando ventaja.

No es extraño, entonces, reconocerse en los tratan de engañar al Estado, en cualquiera de sus representaciones, o al banco, porque son peores, o a la compañía de seguros, porque te hacen trampas, o a la empresa de luz, gas o electricidad, porque se aprovechan de su poder. El que consigue mucho dinero, aunque sea ilegalmente, recibe la comprensión, incluso, el aplauso de tantos mortales como envidiosos de su suerte. Y no le preguntarán el origen de su fortuna, porque la tiene y gasta con generosidad en el entorno que se pueda en él cobijar. Lo importante es tener, o que te dejen estar donde hay qué coger, porque del modo ya se encargará, a su tiempo, el Lazarillo que llevamos dentro. Don Quijote, de bueno, era loco y tonto, y de eso se valieron tantos lazarillos de su tiempo recorriendo las páginas de una historia inigualable, donde caminaban de un lado a otro esos modelos de conducta, que seguirá durante toda nuestra historia, y de eso se han enterado, algo tarde, los alemanes, pero ya nos han descubierto. En la literatura germana seguro que hay muchos quijotes y pocos lazarillos, y de estos, muchos en prisión, como deberían estar, o haber estado los nuestros.