Aprovechando su tamaño y agilidad, Lázaro se arrastraba entre las piernas del ciego simulando calentarse frente a la lumbre. De ese modo llegaba hasta el punto donde poner la boca para que le cayera el vino. Un descuidero por necesidad, hurto famélico, que era una realidad como lo estaba dejando aquel charlatán agarrado. Pero era listo, notaba que por algún lado lo engañaba, y le golpeó con el jarro en la cara, que dejó deteriorada, como los dientes. Esa agresión ciega granjeó la enemistad definitiva, que se tornaba en atenciones y malas formas soportadas por el siervo aguardando su venganza. Situación que se reedita cada vez que una empleada sufre los malos modos de su jefe, en especial cuando se trata de personas atendidas en casa. Tarde o temprano, cuando hay resquemor, se paga. Con discreto sigilo se puede esquilmar a la dueña poco a poco, apoderándose de objetos o dinero con el que compensar las deficiencias de pago o trato. Porque esa maldad recibida, o así entendida, servirá para justificar traiciones, una compostura enraizada en nuestra tradición hispana. En el siglo XXI, tan lejos de este relato paradigmático, no es extraño conocer hurtos domésticos protagonizados por empleados de toda condición. Si la persona que cuidan es anciana o discapacitada supone un tremendo riesgo dejar al alcance de manos ajenas dinero o joyas. Lázaro se conformaba con poder comer, y alimentaba el odio más que la barriga. Lo peor, y de eso se encargaba el ciego, era que su honra quedaba entredicho, pues no dudaba en poner públicamente en evidencia su fidelidad y buen hacer, lo que producía en el siervo una amalgama de rencor infinito. Por eso lo maltrataba aprovechándose de su limitación, haciéndose tropezar cuando podía.

Buscaron dirección , donde se decía que había más riqueza en general, lo que habría de conseguirse sería dinero o cosas de masticar. Y es que en eso del comer competían habitualmente. El racimo de uvas que le regalaron al ciego, y que dijo compartir con Lázaro, supuso una especia de contienda del embuste, que ganó el chaval tratando de adelantar terreno al amo, que, como era lógico imaginar, no le creyó. En la fonda de Escalona fueron un motivo de diversión general, Lázaro repitió el hurto, esta vez de una longaniza que debía estar en la sartén. En ágil movimiento, sustituyó por un nabo cuando se marchaba en busca de vino. Su ausencia debía significar coartada, pero con los otros sentidos su amo era capaz de descubrirlo cien veces, como así fue, pues le hizo vomitar lo que aún quedaba de longaniza en el estómago. Y en eso que llegó el vino, líquido milagroso para los daños del cuerpo y espíritu. Bendición que perdura en estos días, con más calidad y cantidad, en una tierra generosa con sus gentes. No en vano somos la región de mayor producción vitivinícola del mundo y estamos empeñados en venderlo todo y muy bien.

Esa mala pasada que sufrió le hizo tomar la decisión que venía mascullando desde antes, pues no estaba dispuesto a seguir con el ciego, porque se estaba jugando la vida con él. Como despedida, le tendió una trampa que provocó en su amo una lesión gravísima en la cabeza. Lázaro no se quedó para verlo. Lo dejó tirado en el arroyo atendido por la gente que lo vio caer con tal estrépito. Salió rápidamente en dirección a Torrijos en busca del modo más seguro para poder comer cuando tocara. En su éxodo comarcal llegó a Maqueda pidiendo ayuda y se topó con un clérigo empeñado en captarlo como monacillo, y aceptó por la necesidad. Pronto tuvo la oportunidad de comprobar su tremenda tacañería; otro avaro más en su azaroso camino tratando de sobrevivir con soltura. Todo lo escondía en un baúl perfectamente cerrado. Y era donde estaban las cosas de comer. Nunca perdía el control ni la llave, objetivo ansiado por un Lázaro lampando. Hasta las cebollas guardaba en otro lugar, aunque, según le había dicho el amo, podía comerse una por cuatro jornadas. La eximente estaba ajustada plenamente a derecho. El estado de necesidad ordenaba tomar medidas urgentes para salir de la hambruna.

Es un pasaje que puede tener plena actualidad en nuestro siglo XXI, y en estas calles manchegas. Sin embargo, existen recursos, aunque sean limitados, para evitar la mortandad. En eso estamos muchos comprometidos para que no falte comida. Es curioso observar al clérigo de entonces y contrastarlo con tanta gente buena que atiende a necesitados en iglesias, centros, asociaciones o comedores. Como esos otros hombres y mujeres de Dios que cumplen con sus votos, ayudados por tantos seres humanos recaudando, entregando o desarrollando funciones asistenciales de voluntariado para sostener las mínimas atenciones a esos lazarillos de ahora. Pero ese estado de necesidad no sirve para cometer hurtos que proporcionan dinero, objetos valiosos o efectos que sirvan para canjear por dinero. Se precisa ponderar la situación del lazarillo de turno y la conducta ejecutada, que no siempre tendrá reproche penal. Imaginemos un Lázaro con hijos y la esperanza perdida. Aún así, habrá que agotar las demás posibilidades antes de justificar un delito en nombre de la necesidad. Al menos, esa es la regla general que asumimos con determinación. Por otro lado, no se pueden comparar composturas de ambos siglos, tampoco al clero. En esos años abundaban sabios y santos, aunque también vividores, miserables y mezquinos.

Artículo de la serie “El lazarillo delincuente” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,