Lázaro temía seriamente por su vida, pues no comía más que caldo y algo de pan cuando el clérigo daba cuenta de la carne. Los días especiales le regalaba los huesos de una cabeza de oveja, manjar para un pobre diablo como él. No tenía más remedio que faltar a la ley, con la eximente de su estado de necesidad imperiosa. Imaginó una trampa como la que usó con el ciego, del que no supo resultado, pero no estaba en las mismas condiciones de inferioridad. El nuevo amo disfrutaba de una visión privilegiada, lo que permitía vigilarlo hasta cuando no parecía. Ni el vino podía sisarle, porque lo que sobraba de la consagración, por poco que fuera, lo escondía en el baúl, fuera de su alcance. Lo que peor llevaba Lázaro era ver al clérigo comer como un cerdo cuando acudían a ceremonias en las viviendas de los feligreses, aunque no podía quejarse, ya que era en los mortuorios donde Lázaro podía llenar la barriga. Y aunque pudiera parecer pecado, deseaba la misma suerte, al menos, por día, a uno de los vecinos. Un semestre aguantó junto al clérigo ayudando en la extremaunción, y no podía evitar el deseo irrefrenable de que el enfermo finara, garantía de comer. No murieron más que veinte por su mal pensamiento, pero no era perversa inquina, sino hambre. Y en sus delirios de muerte, porque la temía cerca de tan poco masticar, aprovechó su soledad cuando la pusieron por delante. Y fue un calderero el que le vino a preguntar por si sus mañas eran precisas. Bendita visita inesperada, que Lázaro aprovechó con ciernes, pues le pidió una llave del baúl, que le dijo haber perdido. Era experto y por eso abrió el tesoro de los panes. Cobró con el mejor de ellos, y dejó a Lázaro a cargo de todo, pero prefirió esperar. Echó el cierre con su llave y rezó para que el clérigo no se apercibiera de la falta. Al día siguiente, cuando se quedó solo, con el poder que le proporcionaba su llave, se comió un pan entero, que le dio fuerzas para seguir viviendo. Dos días de ventaja le sacó al clérigo, que notó menguar la carga. Y tomó la peor de las decisiones, al menos para su siervo, que llevaba dos días comiendo. Contó las piezas para saber lo que escondía. Supuso un revés tremendo para un chaval que se estaba acostumbrando al alimento. No tardó en contarlos él, cuando se quedó solo, y la cuenta coincidía, hasta del pan empezado. Arañó un costero para matar el gusanillo que le llamaba desde su estómago. La estrategia se puso del bando adecuado, pues Lázaro llegó a la conclusión que para él, en ese momento, parecía perfecta. Un baúl tan viejo tenía pequeños agujeros, que bien pudieran aprovechar los ratones, y allí estaba para simular una reiterada visita de roedores ladrones. Lázaro desmigaba el borde de los panes para poder seguir comiendo, de tal manera que podía considerarse normal sospechar de los ratones. El avaro de su amo cayó en la trampa, y Lázaro, además, sacó provecho añadido, pues le recortó los panes hasta donde los roedores llegaron, ración que superaba la dieta normal del día. Pero se ofertó el remedio, que no fue otro que clavar maderas en los rotos del baúl, lo que impedía seguir comiendo a los que debieron ser, determinación que lo dejó como hasta su treta estuvo. Con llave no valía, aunque pudo arañar algunas migajas de las piezas recortadas.

Cuando la precisión aprieta, hasta el más riguroso de costumbres busca soluciones, aunque no sean acordes con la ley. No sirve este argumento para el que engaña para sacar provecho injusto, pues en muchos casos el pícaro lo peor que hace es apoderarse del dinero ajeno, incluso de personas humildes, que entregan sin rubor con el fin de obtener beneficio. Es grave comprobar como gente modesta, que ahorra con esfuerzo de muchos años, no tiene el menor reparo en regalar su tesoro porque piensa que ganará en el envite, absurda conclusión a la que le hacen llegar expertos de la trampa y la estrategia. Distinto móvil han mostrado, y mostrarán, los empleados que sufren desprecio y maltrato de seres mezquinos incapaces de ser justos, lo que autoriza, al menos moralmente, cualquier artimaña para sisar dinero o comida, que le está siendo negada arbitrariamente. Y como no pueden plantarse ante lo inmoral, porque pierden, optan por inventar maniobras estratégicas que favorezcan sus planes sin arriesgar el trabajo, como el Lazarillo de Tormes, que aguantaba para poder comer sin arriesgar para no quedarse sin nada. Lázaro debía inventar nuevas tretas para engañar a su amo y seguir llenando algo la barriga. Aprovechó que dormía para levantar los clavos y dejar un hueco desde donde alcanzar un pedazo de pan con el que saciar su hambruna. Al día siguiente, el clérigo ajustó la tabla, pero por la noche el siervo repitió para comer. De ese modo lo pudo hacer varios días, mientras su amo pergeñaba una solución definitiva para impedir la destreza de los ratones. Una ratonera instaló en el baúl, y un gato a la espera. Para hacer caer en la trama a los ratones ponía cortezas de queso, pero Lázaro se las comía con el pan que arañaba por el hueco de la tabla levantada, sin que el gato pudiera más que dormir. La trampa no funcionaba a pesar de que los roedores todas las noches acudían. No era posible tanta destreza e imaginó que podía ser obra de una serpiente. Todo fue a peor, porque el amo no dormía y ponía las orejas atentas a cualquier ruido, lo que impedía moverse al siervo con la ventaja anterior. El problema era la llave, que temía dejar a la vista, lo que podría echar al traste su estrategia, pues al menos, de día, cuando quedaba en soledad, algo de paz aún comía.

Artículo de la serie “El lazarillo delincuente” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,