En el largo bagaje de lo hispano las estafas han ido perfeccionándose, al tiempo que se adaptaban a los tiempos, por eso no sería descabellado comparar las maniobras de Lázaro escondiendo dinero con los innumerables trucos que han ocupado la picaresca en tantos cientos de años. El brujo que consigue quedarse con las joyas de torpes empeñados en limpiarlas de las malas vibraciones o esos que esconden un paquete repleto de billetes para cambiarlo por papeles, sin olvidar a quienes, como perfectos malabaristas, escamotean cualquier objeto a la mirada obnubilada del dueño. Lázaro era capaz de guardar monedas en la boca y comer al mismo tiempo. Y para impedir que su amo encontrara la llave del arcón, pues empezaba a sospechar registrándole la ropa cuando menos los esperaba, decidió metérsela en la boca durante la noche, mientras dormía. El clérigo, empeñado en descubrir a la serpiente que era capaz de llevarse los panes, descansaba con un palo en la mano pendiente de cualquier ruido. La llave tomó una posición en la boca de Lázaro tal, que sus resoplidos parecían silbidos de un reptil ladrón. A oscuras, siguiendo su fino oído, llegó al origen del sonido metálico, lo que le valió a Lázaro un golpe con el palo en la cabeza de los que hacen época. La agresión tuvo, además de secuelas físicas, el esclarecimiento de las trampas, pues el amo, ya con luz, y Lázaro malherido, recogió la llave de su boca para constatar quién obró como serpiente y ratón. Lo aguantó mientras curaba, que lo pudo hacer; pero aquella tropelía le supuso el despido, que con una señal de la cruz se firmó.

Más de quince días precisó para cerrarse la herida de la cabeza, en , la gran ciudad cosmopolita con posibles, al menos eso se decía de ella. Su maltrecho parecer le proporcionó limosnas hasta que la gente lo vio mejorar y holgar, circunstancia que debía solucionar como pudiera o supiera, pues amo nuevo debía encontrar, y en eso se ocupó. No tardó demasiado, tras recorrer callejuelas y puertas pidiendo de comer. Fue un escudero el que lo mandó seguirle, con aspecto y modales refinados, dando esperanza de bien vivir. Pasaban por lugares con comida y los ojos se perdían anhelando echar algo a la barriga, pero su amo se hacía de rogar. Lázaro esperaba en silencio y miraba un destello de generosidad con un chaval mal nutrido. Pero alimentaron su alma oyendo misa. Salieron por las calles de Toledo. Lázaro albergaba la idea de que en su casa hubiera comida, y por eso no compraba en el camino. Al entrar en una casa, la primera misión encomendada fue doblar la capa del escudero. Aprovechó para interrogar el nuevo siervo, que como buen mago escamoteó buena parte de su biografía. Hablaba y hablaba esperando la frase mágica que le diera paso a la comida. Y de tanto esperarla, llegó con reparos, pues el amo dijo haber almorzado y aguardar a la cena había. Lázaro sacó dos trozos de pan que llevaba escondidos, pero el amo lampaba como él. Cogió uno y comió de tal manera que el siervo se apresuró para no perder el suyo. Tras el banquete, agua. El camastro recogió dos cuerpos muertos de hambre esperando un mañana difuso o confuso, porque solamente podía garantizar el ayer, tan desgraciado como los anteriores sufridos.

Es escudero vestía bien. Armado iba, con galanura y espada, caminando para oír misa, dejando al siervo a cargo de aquella estancia, pobre de solemnidad. La impresión era falsa, como su vida. Pasaban las horas, y el amo no volvía, lo que hacía rumiar al siervo que poca comida traería. Es por eso que salió a mendigar por la calle, tarea que bien conocía de sus tiempos con el ciego, y de ese modo logró comer y atesorar comida que llevar a la casa de su amo. Lo estaba esperando y le contó la labor que traía. El escudero le pidió sigilo para esquivar su relación, pues aparentaba una vida que no era, hasta el punto que fingió haber comido, pero Lázaro, experto en hambres diversas, empezó a comer tratando de que su amo le secundara en la faena, como así fue, porque el escudero estaba traspillado en demasía.

El Lazarillo dejó dos amos avaros, pero de los que comía. Ahora, con el tercero, le tocaba buscar sustento y mantenerlo; menuda suerte la suya, que iba de mal en peor, pero como mago comía y compartía. La falsa apariencia del amo a Lázaro parecía enternecerlo porque no podía ser generoso el que nada tenía. Sin embargo, no supo cómo ni dónde, el escudero consiguió dinero bastante para comer un día pan y carne, regados con vino, que el siervo se apresuró a comprar en la plaza.

Pasaron más días sin nada que echarse a la boca, aunque su amo aparentaba limpiarse los dientes con una brizna de paja, de las que formaban aquello que parecía un colchón. Y se cumplió lo que sospechaba, porque su amo debió hacer un regate a las personas que le habían alquilado la casa y la cama. Los citó para más tarde, pero ya no regresó. Allí quedó Lázaro en soledad justificando ausencias y tratando de salir airoso de una situación sobrevenida. El alguacil resolvió pronto, pues el amo era un timador que había aparentado cosas que no eran, y ahora, el siervo, que no sabía nada, debía responder en su nombre. Con la prisión amenazaban y Lázaro, además de negar, lloraba. A su rescate acudieron unas vecinas, con las que buenas migas hizo en unos días, que lo salvaron de aquel tremendo entuerto, del que no pudo escapar, como le hubiera gustado, de haber podido mostrar sus buenas artes de mago.

Artículo de la serie “El lazarillo delincuente” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,