Es bueno recordar la razón de esta serie de superficiales relatos cortos, que no pretenden más que ayudarnos a entrar de puntillas en una obra única. El Lazarillo de Tormes requiere atención y un diccionario, imprescindibles para entender nuestro propio idioma, porque resulta imposible reconocer tantas expresiones de aquellos tiempos, misión que puede resultar apasionante para intentar situarnos en esos años. También ahora, en el siglo XXI, tiene absoluto éxito todo lo que tiene que ver con historias vinculadas a la miseria humana, la desgracia, el desencanto o la amargura.

Probablemente para conformarnos con ser simples espectadores en la tragicomedia social, repleta de bajas pasiones humanas, donde el mal lucha enconadamente con un bien en desventaja, pero muchos sacan provecho injusto desde la privilegiada atalaya de los que parecen buenos repudiando a los demás, confusión a veces lógica cuando, como entonces, la incultura y falta de análisis, por hambre, ahora por ignorancia, nos impide hacer frente al poderoso en todas sus variedades.

No es raro comprobar como se manipula a gente sin cultura, porque en cuanto muestran la menor intención de cuestionarlos, una legión de sicarios sociales se ponen en marcha para interpretar sus verdades, que no son más clamorosas mentiras, e impedir lo que pudiera suponer un cambio social ordenado buscando el bien colectivo, porque entonces, como ahora, lo que muchos ansían no son derechos, sino privilegios, separarse de los demás manipulando. La retribución para comportamientos ilícitos era cruel, pero en nuestros días, y de eso se valen los pillos, es livianamente ponderada y comprensiva, demasiada renta para el que no hace otra cosa que perjudicar a sus prójimos.

En cada tratado de El Lazarillo de Tormes hay un amo al que servir; vivencias adaptadas a la capacidad económica o social del que tocaba seguir, pero vinculadas a personas relacionadas con el clero, un estamento de la sociedad de esos tiempos que, mal que bien, mediante su labor atendido almas, podían comer. Lázaro, en esas condiciones, cometía infracciones penales mientras iba cumpliendo años y acumulando inteligencia. Por eso en el sexto tratado aparece vestido, alimentado y armado. Lo finalizará devolviendo el asno al capellán y emprendiendo nuevo camino. No tardó en pasar a las órdenes de un alguacil, hombre que tenía mucho que ver con la justicia, la que emanaba del rey, pues la social era muy complicado conquistar. Y el que hace de policía debe aguantar riesgos, requiebros e improperios. En el primer envite, Lázaro dejó el empleo porque las faltas del comer pueden afrontarse con mayor o menor fortuna, pero la vida es única y definitiva.

Por fin, tras avatares y descalabros varios, alcanzó un objetivo provechoso, que no era otro que el de pregonero en la misma ciudad de . Su capacidad para reproducir públicamente los encargos del vender, especialmente vino, le daba un poder inusitado, sobre todo prestigio social y el mejor modo de matar el hambre. Y tan bien le iban las cosas que hasta le buscaron mujer. El arcipreste de la iglesia de lo casó con una de sus criadas, lo que suponía entrar en el club de los que comían de manera habitual acumulando solvencia entre las gentes. No dejaba de ser un siervo, pero de calidad, porque recibía ayuda de su señor. Hasta comían en su casa los festivos.

En realidad, y en eso se entretenía el comentario general, su mujer era la encargada de hacerle la cama al arcipreste, además de preparar la comida y cualquier otra cosa que fuere menester. Y las habladurías llegaban a dudar sobre si, además de hacerle la cama, ayudaba al arcipreste a deshacerla. Pero Lázaro, avezado en tantas desgracias, soportaba de buena manera esa palabrería, pues en ello estaba su futuro, absolutamente asegurado en las manos del arcipreste, que negaba y prometía. Su mujer, fidelidad juraba con llanto y gritos, lo que hizo concluir en él que no habría de referirse al asunto jamás. Si era mentira, bien. Si fuera verdad, también. A partir de esos días, calla al que dice sospechar, más aún a los amigos, que ignoran dudas si quieren mantener su amistad.

El final del relato, tratado séptimo, a tenor de lo narrado por el autor, se data en abril de 1525. Toledo era la capital, allí estaban enterrados los . Su nieto, Carlos I, ordenó fuera sede de Las Cortes del Reino. Una tierra castellana que había vivido y sufrido las revueltas comuneras. Lázaro, que esquivó servicio de armas y riesgos en el campo de batalla, se muestra tranquilo, más bien pletórico. El Lazarillo de Tormes sobrevivió en una tierra que habría de dominar el mundo. Las inmensas riquezas, venidas de Las Indias, valían para la guerra, contienda perpetua por luchas del poder entre la propia familia y esos poderosos que soportaban el coste sumando fuerzas para seguir el reguero agradecido de linajes cuestionados.

Mientras, los miserables, los que no tenían capacidad ni de portar una espada, debían comer de lo que hubiera, escaso. Los afortunados completaban mesnadas para morir o matar en nombre de no sabían muy bien porqué, simplemente para seguir comiendo. Los pillos, tanto en el campo de batalla como en la retaguardia hispana siguen medrando a costa de bienintencionados, que ignoran mucho, o egoístas buscando provecho de tramas bien pergeñadas. Lázaro, porque un autor anónimo lo dijo, pasará, en siete tratados, de delincuente a personaje solvente.

Último artículo de la serie “El lazarillo delincuente” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,