El proceso penal seguía su curso y Onofre temía por su vida, pues un delito muy grave había cometido y en manos de un procurador puso el futuro de los siguientes días. Aún tuvo la osadía de fingir y manipular cartas para el Corregidor que parecían proceder del Consejo. El procurador movió la correspondencia para que siguiera el camino falso pretendido. Onofre pagó gestión y favor tan importante. La carta llegó al Corregidor, cuya sede estaba en Logroño; leyó la mentira, que parecía venir del Consejo, concretando el futuro de Onofre en , donde estaba la corte. Después de otras falaces escrituras, con la ayuda del procurador, rendido a la inteligencia del preso, que además bien le pagaba, Onofre salió escoltado camino de Valladolid, pero los guardas no eran lo que todos esperaban, pues bien cobraron por dejarlo libre.

Salir del corredor de la muerte hizo que Onofre orientara su pensamiento. Había mucho que agradecer a la providencia, además de sus artes en la falacia. Había que mantener la ventaja obtenida, pues la ley se pondría de nuevo en marchar para dar con él. Su renacimiento no era más que el resultado de su buena suerte, porque no era merecedor del privilegio, cuando tan mal se había portado abandonando el camino del Señor. Tiempo era de recuperar la senda adecuada, además de protegerse de un mañana discutible. Encaminó sus pasos a . Alcanzó la puerta del monasterio de Predicadores, atendido por la orden de Santo Domingo, donde quiso hablar con el prior. Como experto en teatralidades, Onofre se mostró compungido y dispuesto a confesar, lo que pudo hacer paseando por el claustro.

Alardeó de buena cuna y maldades que debía penar al servicio de . El prior, engatusado por argumentos tan sabios, le advirtió que no era una decisión a corto plazo, porque el tiempo y el mundo se paraban entre aquellas paredes, y debía estar seguro de la decisión que tomaba. Onofre le espetó que había sido objetivo viejo, de muchos años y pensamientos. El prior lo citó para el siguiente domingo, momento en el que tomaría los hábitos. Mientras, para recibir orientación y buenas lecciones, debería acudir todos los días a conversar y conocer los pormenores de la vida que tanto deseaba.

Simuló buscar perdón y ejercicio de humildad para pagar por sus pecados, por eso solicitaba hacer trabajos menores y con poca dignidad. Llegó el domingo. La ceremonia fue como esperaba, pompa y fervor acostumbrados en esos menesteres de la religión monacal. Fingió sumisión, obediencia, respeto, humillación, mesura, modestia y compunción. Pero en poco tiempo apareció como realmente era, descarado y resuelto contraviniendo normas y lecciones para ser aborrecido por sus compañeros de culto y casa. No tardará en abandonar, pero esas vicisitudes deberían llegar más tarde, tanto, que el autor, , queda citado con sus lectores para una segunda parte, circunstancia que no conocemos.

Ya fue complicado publicar la primera. Esa secuela, si la hubo, no ha llegado hasta nosotros. Como en el caso de El Guzmán, al que hace referencia el autor en ocasiones, las consecuencias de su éxito hubieran debido mostrar el camino, pero el manuscrito de El Guitón Honofre se perdió. Parece como si nunca hubiéramos de conocer si las aventuras prometidas se llegaron a escribir o desaparecieron una vez creadas. Sobre El Lazarillo de Tormes aparecerían secuelas de otros autores buscando apadrinar el éxito anónimo de la primera.

El Guitón Honofre, con El y El Lazarillo de Tormes, conforma el podium de la novela picaresca española, al menos por orden de aparición. Aunque se publicó más tarde, El Buscón de , escrito en los mismos años de El Guitón, ofertará un modelo de relato mucho más directo y concreto, alejado de monsergas y directrices morales a las que tanto acude Gregorio González, incluso Mateo Alemán. , que por esos años también publicaba la primera parte de su Quijote, se entretiene en mensajes alargados de moralejas y lecciones, sobre las que salta con agilidad para centrarse en los hechos, exactos, anécdotas precisas, situaciones fugaces que permite a los expertos deducir su calidad superior, probablemente porque Quevedo conoció esos textos y supo sacar las conclusiones adecuadas para orientar al lector sobre la conducta del pícaro con más acierto. El Lazarillo de Tormes es el norte de todos, incluso de , que, seguro, se inspiró para escribir Rinconete y Cortadillo, novela que deberá estar, también, en el Olimpo de nuestra picaresca hispana.

Lento, a veces, abandonado a su suerte, pero sin dejar de volver hacia él, hemos podido culminar otra inmersión en la literatura de la delincuencia, como es El Guitón Honofre, que se sigue escribiendo, ahora en periódicos y otros medios de comunicación. No han cambiado las cosas. El cohecho se enseñorea como deporte nacional, del que podríamos ser campeones mundiales si hubiera competiciones regladas. El prevaricador se mueve con soltura entre débiles o cobardes, incapaces de denunciar a los poderosos sociales, que amasan fortunas amparados por la indecencia de otros, privilegiados, que consienten con su silencio.