Estamos en vísperas de la comparecencia del presidente del gobierno en las cortes para hablar de pensiones. No lo haría si no fuese porque el sábado hay anunciada otra manifestación de jubilados. Las pensiones preocupan igual que hace tres décadas, pero a Rajoy solo le preocupa que la protesta aparezca en la calle, no que esté justificada esa protesta. Los jubilados están dispuestos a volver a darnos el sábado otra lección de lo que es pelear en la defensa de los derechos. Obligados a hacerlo, ante la tozudez gubernamental de no subirlas igual que el IPC, de un gobierno preocupado solo por los problemas de la banca y de las grandes empresas. Todo apunta a que no será la última protesta que veremos este año. Ellos saben mas por sus años que por diabólicos, y son auténticos maestros en lo que es resistir ante las adversidades. Saben que los derechos se consiguen luchando, que nada es gratis para el pobre, que no vale callar, sino protestar ante lo injusto, y que en ocasiones, ni aún así. Ellos no tienen miedo al mañana sino a su presente. Su lucha no es por el presente, sino para conseguir que mañana sea como ellos quieren que sea, más justo y solidario. Saben que no es necesario faltar al respeto, sino firmeza y el convencimiento de que si se quiere se puede. Sin arrugarse ante las presiones de los poderes político y económico, con la cara descubierta, volverán a llamar de nuevo a las puertas del congreso.

Triste es que diriman esa batalla solos, sin nosotros entender, que esto es una lucha intergeneracional. Pero la hacen solos, porque mientras ellos se movilizan, muchas generaciones de españoles siguen sentados frente al televisor, como si la reivindicación de unas pensiones más acordes con el coste de la vida, fuese solo un problema de “los viejos”, y que a ellos no les afecta. Es de ilusos, de acongojados, pensar que su papel debe limitarse a verlos en las noticias, como si su lucha no nos afectase. Las generaciones de nuestra democracia, parecen navegar en la resignación, como si algo les impidiese entender que la calle es suya y que el gobierno de turno es solo un mero y transitorio administrador. Demasiado calladas, tragando todo lo que el poder echa cada día sobre sus hombros de obreros, tratados como idiotas.

Esos pensionistas de hoy, son los jóvenes de los años setenta, los que con menos eco internacional que el mayo francés, salieron a la calle para traer la democracia y enterrar el tiempo negro de la dictadura. Muchos de ellos sufrieron la represión franquista de entonces, pero no les importó sufrir sus últimos coletazos porque sabían que había que acabar con aquella situación. Hoy saben que no pueden permanecer impasibles ante un gobierno que antepone los poderes económicos sobre los ciudadanos.

Son los mismos que contra viento y marea, promocionaron la cultura de la libertad, los que lucharon por los derechos que hoy tenemos, los que no se movían al son que les tocaba el poder, sino después de la reflexión, del análisis y la crítica social. Muchos de ellos saben de luchas obreras muy duras, y recuerdan lo difícil que les resultaba a sus hijos llegar a tener estudios universitarios, solo por ser los hijos de los pobres, y si eran hijas aún lo tenían más difícil que sus hermanos. A muchos, su pasado anti franquista les ha cerrado puertas, pero levantan de nuevo orgullosos la voz contra los abusos de un poder cada día más alejado de la calle.

Por eso nadie se debe extrañar si son de nuevo ellos los que se sienten obligados a moverse para despertar a una sociedad que se ha vuelto conformista con todo lo que desde el poder se le impone. Ellos saben muy bien que quien no defiende sus derechos, está condenado a perderlos, mientras las nuevas generaciones no parecen ser conscientes de eso. Son ellos, esos a los que se les reprocha que posean una vivienda, la que consiguieron con grandes sacrificios, muchos teniendo que emigrar y ahorrar durante años. Esa que en estos años duros de crisis, ha servido de techo a unos hijos que con salarios de miseria no han podido emanciparse, donde les han cobijado mientras sufrían el paro de larga duración, donde les ha anclado el umbral de la pobreza en el que las políticas del gobierno les han colocado.

Parece como si exigiendo un sistema de pensiones más justo en España, quisieran hundir el país, sin pensar en el futuro de sus hijos y de sus nietos. No ver justa su lucha, nos da una idea del aburguesamiento en el que ha caído una sociedad que aunque la apaleen y le recorten derechos adquiridos, parece acomodada y dormida. Para muchos de esos hijos, solo parece importante lucir la bandera patria en el balcón, ponerle letra al himno, o que su equipo de futbol gane la Champions. Pocos, o muy pocos parecen entender que por muy legales que sean las medidas económicas que suponen la destrucción del estado del bienestar, no por ello son justas y deben ser admitidas y asumidas como inevitables.

Pocos son conscientes, que los discursos de lucha contra la corrupción, son también una parte de la cortina de humo, que impide ver que con corrupción o sin ella, el sistema les seguirá robando. Incluso algunos empiezan a creer que los partidos ultra liberales acabaran con esta situación, que con ellos no serán cada día más pobres, cuando eso ya está ocurriendo, y que ya son ellos quienes gobiernan y los que están desmontando todas las leyes que protegen a los trabajadores. En su resignación está el origen de muchos de nuestros problemas como país, y la probable causa de porque sigue funcionando el quietismo de Rajoy.

Este gobierno ha apostado por un modelo económico que busca aumentar los beneficios empresariales, no con mejora de las inversiones, sino a base de reducir los salarios. Y para que eso se olvide, pretende un enfrentamiento intergeneracional, con mensajes como “los mayores son los que impiden que puedan tener trabajo los jóvenes” o “no protesten los mayores que tienen una casa”, “la que no tienen los jóvenes”, como si de repente le preocupase la situación de los jóvenes, a los que en realidad solo ven como mano de obra barata para el mañana de sus empresas.

No están locos, saben lo que quieren. Su protesta pone de manifiesto el fracaso del estado de bienestar. Su desmantelamiento es signo de que la tan cacareada recuperación, o no es real, o solo llega al bolsillo de unos pocos. Hace unos días fueron las mujeres, ahora los pensionistas, y colectivo tras colectivo, acabarán reivindicando la solución a sus problemas, pero en las calles, hartos de que el gobierno los tenga olvidados en un cajón desde hace años, con promesas incumplidas. Una parte de la izquierda nutre sus urnas del descontento, y eso hace difícil de entender que la otra parte de la izquierda no las nutra de poner sobre la mesa propuestas de soluciones.

El sábado es su momento, porque los pensionistas están hartos. Son la generación que no ha conocido el miedo, y si ahora deciden tomar las calles, nos llevan ventaja, porque disponen del tiempo necesario para hacerlo. Pero no pueden estar solos, no pelean por ellos, lo hacen por nosotros.