Todo cambia con el transcurso de los años. A esa evolución no ha sido ajena la percepción por los ciudadanos y ciudadanas de la figura del médico. Hemos pasado de ser los hechiceros de la tribu o una de las fuerzas vivas de las sociedades (especialmente en las rurales) a convertirnos en unos trabajadores más de las diferentes áreas de atención a los ciudadanos. Un cambio que pienso que ha sido para mejor.

Esa evolución también se ha producido en nuestro trabajo. Hemos pasado de ejercer una medicina que describía y contemplaba lo que presentaba el paciente, a realizar una medicina moderna, mucho más activa e intervencionista, y en la que incluso se nos exige anticiparnos a la aparición de los síntomas.

Y a esos cambios no ha sido ajena la medicina rural. Lo que nos obliga a los médicos rurales, a estar al día de los últimos avances científicos, lo que hace imprescindible el trabajo en equipo: colaborar con otros médicos, de nuestro centro de salud, o compañeros de los hospitales. Esa colaboración resulta fundamental, para llegar a un diagnostico acertado, para agilizar la asistencia cuando esta no pueda demorarse, o para poder dar una respuesta adecuada desde el propio consultorio de atención primaria.

Te conviertes en un multi oficios de la salud: eres pediatra, neumólogo, endocrino, psicólogo, geriatra, etc. A veces trabajador social y hasta confesor. Todo se resume, en que te conviertes en alguien a quien mucha gente le confía sus problemas. Como otros muchos médicos rurales españoles, que trabajamos en municipios pequeños, después de tantos años, acabamos formando parte de todas y cada una de las familias de ese pueblo, al igual que todos sus vecinos acaban formando parte de las nuestras.

Las dos palabras clave que definen lo relación médico paciente son CERCANÍA y CONFIANZA. La confianza en otra persona, significa “esperar de ella, que actúe como tú deseas y estar seguro que así lo hará”. Pacientes y sanitarios confiamos algo nuestro al otro, y esa confianza mutua es imprescindible para que, esa relación directa y tan íntima, funcione, y te sirve para seguir aprendiendo. La cercanía al paciente, hace muy atractivo nuestro trabajo. Al menos para mí.

Esa implicación personal en la asistencia sanitaria, hace que llegue un momento en el que te resulta tan importante atender un infarto, como escuchar a alguien cuya “enfermedad” se llama soledad, esa epidemia que sufren muchos de quienes viven en nuestros pueblos.

Nacemos y morimos por ley natural. Pero eso lo saben los mayores, los jóvenes tardan tiempo en darse cuenta. Recuerdo a una abuela de casi noventa años, a la que hice unos análisis y volvió a recoger los resultados. Le dije que tenía todo bien, “no tienes ni azúcar, ni colesterol, ni anemia, ni nada, todo lo tienes bien, ni un asterisco en los análisis”. Ella sonrió y me contesto “¡Ea! doctor, que me voy a morir completamente sana”.

Vemos pasar nuestra vida, reflejada en el paso de la de nuestros pacientes. Nuestro sufrimiento no es diferente a su sufrimiento, ni nuestra alegría distinta a la suya. En la consulta se mezclan la alegría de una prueba diagnóstica que descarta una enfermedad grave; con la tristeza de una muerte repentina, o de un proceso crónico que se lleva a personas que apreciabas y te apreciaban. Nunca es fácil mantenerse impermeable a esas situaciones.

Cada mañana, cuando comienzas la consulta, sabes que alguien va a depositar en tus manos sus miedos, sus dudas, su dolor o su alegría. Cada mañana es una oportunidad para ejercer el humanismo.