Si recuperamos algunos datos sociológicos más estudiados en los últimos años, o si repasamos las encuestas que suelen hacerse a nuestros jóvenes, mayores o miembros de parejas más o menos estables, cualquiera que sea su configuración, tendríamos que destacar como una de las cualidades fundamentales que siempre esperamos de los demás es la sinceridad. Nadie puede admitir una mentira, es más, muy pocos perdonarían respuestas o argumentos falaces que desmoronan gravemente la confianza, uno de los pilares sociales sobre los que se sustenta la convivencia. Y no estamos refiriéndonos a silencios o errores. Tampoco a situaciones sobrevenidas que hacen imposible o muy complicado cumplir lo comprometido, pues es difícil acertar sobre el futuro cuando no se dispone, en algún momento del proceso, de esos elementos que determinan el cumplimiento exacto de una palabra dada o comportamiento prometido.

No debemos ser exagerados en la existencia inevitable de tantos imponderables que suelen hacer pasar por mentiroso a quién, simplemente, no ha sido capaz de completar el compromiso, sea verbal o escrito. Hasta en situaciones leves puede aparecer la perversidad de un mentiroso, porque no tiene el menor recato en faltar a la verdad, incluso, cuando la sinceridad se da por entendida y los efectos de su traición no tienen mayor importancia. El mentiroso puede hacerlo, también, sin intención manifiesta, solamente tratando de conseguir ventaja puntual en momentos determinados, sin mayor pretensión. En muchos casos no dudará en aclarar el entuerto porque no debía dañar a nadie, y si lo hizo, nunca lo pretendió. Hay quien no sabe mentir y su lenguaje corporal lo delata en mil detalles. Los habrá que sus mentiras no aguantarán dos preguntas bien planteadas, porque no tienen mala fe, sencillamente buscan ventaja sin la premeditación de un traidor a sus palabras.

, que tenía tiempo para tantas cosas benévolas, pudo escribir sus pensamientos más profundos. Entre sus decálogos conocidos reservó una frase para etiquetar a quienes nos interesa denunciar: No hay persona más peligrosa que la mentirosa. No es preciso explicar demasiado lo que pretendía decir esa excelsa mujer, paradigma de la bondad, pero conviene sacar conclusiones que deberían ser irrefutables. Pero no, habrá quién cuestione argumentos morales para escamotear la sinceridad enmascarándola. Se trata de convertir una mentira en la auténtica verdad. Para ello no hay mejor procedimiento de construir, en perfecta complicidad, una gran trola repitiéndola como si fuera cierta. Con arreglo a quienes sea los que se sumen a la conspiración, la mentira irá reconvirtiéndose en la verdad oficial. Cuanto mayor sea la influencia social del mentiroso y la cohorte de miserables que repliquen su falaz mensaje, mejor se podrá solapar una verdad que, como consecuencia de la maniobra, se tornará en una vulgar mentira.

Solemos escuchar a reconocidos mentirosos que dicen verdades como soles, por el contrario, grandes estafas sociales, de todo tipo y condición, pueden llegar a ser reconocidas como dogmas incontestables, que se llevarán por delante cualquier intento cabal de desmontar la mentira. Y los que disponen de autoridad moral, porque la han conseguido con su esfuerzo y pericia, sufrirán las acometidas injustas de los que detentan el poder, en cualquiera de sus formas, que sabrán construir pequeñas o enormes mentiras. Y esos mensajes falsos arrastran a los que no saben distinguirlos, pero se muestran forofos del mantra, que se repite una y otra vez para acallar las verdades. Los mentirosos son capaces de disimular hasta el lenguaje corporal, porque no se ruborizan, titubean, se tocan la nariz, oreja o boca mientras engañan, todo lo contrario, se muestran altivos, mirando fijamente a quien pretenden timar creyéndose sus propias mentiras. Y jurarán en arameo si es preciso para consolidar su postura, de la que cuelgan prebendas, beneficios o capacidad de imponer su poder.

Tras el pertinaz tramposo van otros mediocres, bien colocados, para esquivar o impedir razonamientos veraces que pueden dejan en evidencia tanta perversión social. A pesar de sus bien construidas estrategias de la mentira, algunos no pueden impedir ser descubiertos, pero aguantarán negando hasta el último instante. Cuando tengan que admitir lo que dijeron en falso, buscarán argumentos que distorsione la claridad de su comportamiento farsante. Y al verse así, justificarán un malentendido o errónea interpretación sobre lo que pretendían decir en realidad, escaramuza final para salir airosos de algo que debería servir para eliminarlos de su posición prominente, como justa retribución legal ratificando lo que debería considerarse pago moral o social a un vil mentiroso.

Sin embargo, habrá quienes reaccionarán en su defensa, los que solapaban sus trolas, porque puede llegar a ellos el reproche social. Por eso lucharán con despiadada ventaja para enmudecer las verdades clamorosas y lanzaran otros mantras, que repetirá toda la banda de bellacos, posicionados en distintos estamentos de la influencia social, para desacreditar a los que hayan osado desmontar esos engaños. Las mentiras no deben salir gratis. Se pueden comprender errores imperdonables, que deben ser retribuidos, sobre todo si no se obró con honradez, pero graduando responsabilidades. Lo que no se puede tolerar, ni suavizar, son las perniciosas consecuencias de los auténticos mentirosos.

Artículo de - Comisario Jefe de la en la provincia de