Aunque “ Mortadelo y Filemón”, los personajes más famosos del genial y de toda la historieta de humor hispana, hicieron su entrada triunfal el lunes 20 de enero de 1958 en tierras catalanas, aquí en Albacete tuvimos la suerte de conocerlos tres días después, o sea el 23, ya que el material procedente de la Editorial Bruguera llegaba puntualmente a la ciudad del acero los jueves, por eso tanto Evagrio y Consuelo, propietarios de “Sanz”, como Manolita, la de “El Bazar del Libro”, Miridio Moreno, Herreros ( “Herso”), Domiciano, Nava (“El Arca de Noé” ), Rivera Morcillo (“Rimor”) y el resto de tiendas vendedoras de tebeos desembalaron los paquetes que contenían ejemplares de “El Capitán ”, “El Cachorro” ( “El Jabato” estaba a punto de hacer las delicias de los amantes del género ), “El DDT” y , naturalmente , el “Pulgarcito”, la revista que mostraba a la universal pareja, y sonrieron al otear a los debutantes que aparecían con diez panes debajo de sus brazos dispuestos a comerse el mundo y a llenar las arcas de la editora. “Mortadelo y Filemón”, casi irreconocibles si los comparamos con los actuales, moviéndose con soltura en 16 modestas viñetas en una premier y primera aventurilla que os cuento rápidamente.

Veréis : el dúo caminaba por una calle solitaria mientras en el firmamento destacaba limpiamente la Luna en su fase de cuarto creciente ( el interés “crecería” acto seguido ). La jornada de “jefe” ( “Filemón” ) y obrero ( “Mortadelo” ) ,al parecer había sido agotadora y apretaban el paso derechitos a reparar las fuerzas perdidas en sus confortables lechos cuando se cruzaba en su camino un individuo de mala catadura con rostro patibulario, un martillo en la mano izquierda y abundante ropa en la derecha.

A “Filemón” le daba mala espina el caballero de marras, sobre todo al ver a continuación a otro hombre tumbado en el suelo inconsciente, en calzoncillos y con un chichón más gordo que los melones de . Aquello parecía un atraco, no cabía la menor duda y el culpable era, por supuesto, el “martillero –ropero”, así que, a la vez que “Filemón” se llevaba a la víctima a la comisaría a declarar, “Mortadelo” se disfrazaba de perro rastreador y seguía el rastro del temido “vándalo”.

Lo vislumbraba en el cuadrito noveno y se preguntaba que ¿ A dónde se dirigiría el granuja de la historia?. El ya clasificado malhechor con matrícula de honor y varios sobresalientes se detenía en la puerta de un edificio de las afueras y reclamaba con voz de tenor la presencia del vigilante de turno. Aquella era la ocasión de “Mortadelo” decidido a colgarse tantas medallas como las que exhibía en su tiempo el entrañable y recordado “Capitán Calavera”, asiduo colaborador del viejo asilo de San Antón. Y transformado en sereno uniformado portando cinco llaves españolas y una inglesa, le propinaba al “caco” en el “coco” un golpecito… de mucho.

Lo amarraba con cuerdas similares a las de “La Labradora” ,la de la calle Albarderos, y con el disfraz de mozo de cuerda para no llamar la atención de los transeúntes que podían contarse con los dedos de las manos ( ni uno en plena madrugada ) irrumpía en el cuartelillo relatándole la “odisea” a su amo y señor y a los policías a fin de que el “asaltado”, que había recobrado el sentido, lo identificara. Uno de los agentes de la autoridad les espetaba que lo del “vapuleado” cuarentón no había sido un atraco sino que el mocito, sonámbulo de nacimiento, cayó de un tercer piso sin preparar un colchón que amortiguara el “aterrizaje forzoso”.

Interrogantes de los protagonistas : ¿Quién era pues el del martillo?. Sencillamente, el actor Boris García que regresaba a su vivienda caracterizado de intérprete secundario de la obra teatral “Rita y el carnicero”. Nuestros amigos, con los ojos desencajados y el corazón a noventa palidecían ante la metedura de pata y comprendían que se imponía una prudente retirada… y a ciento setenta y ocho se alejaban de la zona… sin esperar el regalo del “mártir” del martillito.

Total que amo y lacayo terminaban sus “deslumbrantes” inicios en un rincón de la Antártida a la vera de simpáticos pingüinos y de un transistor con pilas escuchando que se buscaba a los atacantes del prometedor intérprete que “prometía” recompensar la “faena” con pases y banderillas.

¡Hasta el próximo capítulo, amiguitos!

Valeriano Belmonte