Malas nuevas corrían para el barrio Parque Sur hace más de medio siglo. Resulta que había que nivelar las calles, con lo cual las casas de “Cavila”, morada de la familia Díaz Perona, Concha Dumont y Severiana e hijas y la de don Arturo Moya con inquilinos tan entrañables como Pedro y Margarita, confiteros y chambileros inolvidables se quedaron en alto como si estuvieran al borde de un precipicio. Por otra parte la de los Belmonte Martínez, o sea la de mis progenitores y la de un servidor quedaba tan tapada que apenas se la veía.

Cogió tal humedad que tuvimos que cerrarla y buscar piso porque mi madre estaba delicada de salud y sus médicos aconsejaron dejar aquel número 10 de Tetuán para evitar que su problema de bronquios se agudizara. Y ahí comenzó uno de mis calvarios de juventud porque mientras nos trasladábamos primero a Calatrava, 36 y luego a Bernabé Cantos, 38, los rateros de turno asaltaron una y otra vez el aislado caserón, se apropiaron de cantidad de enseres que no podíamos tener en pisitos de 85 y 90 metros.

Y entre robo, saqueo y destrucción me quitaron cientos de cómics que guardaba como oro en paño en el mejor rincón de la “Casa del Parque” que contaba con 400 metros. Lo que a los vándalos de marras no les sirvió lo hicieron añicos. Todavía no he podido olvidar ni perdonar semejante tropelía, la pérdida de objetos de corte sentimental que no pueden reponerse… ¡Pobres ejemplares de “Pulgarcito”, “Guerrero del Antifaz”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “Pantera Negra”, “As de Espadas”, “Dan Barry” y “El Cachorro”! e imborrables primeras aventuras de “Mortadelo y Filemón”.

Me dolió tanto ese robo que estuve meses soñando con la irreparable pérdida… y en uno de esos sueños me vi irrumpiendo de madrugada en las dependencias de la Editorial Bruguera dispuesto a deleitarme con los personajes de Cifré, “Jorge”, Manuel Vázquez, Escobar, Segura, Conti, Peñarroya y por supuesto con los chicos de don Francisco Ibáñez.

Abrí las páginas de los semanarios bruguerianos y sonreí al volver a releer las andanzas de los agentes de información y la “T.I.A”. Pero la editora no dormía y vigilaba por obra y gracia de mis excelentes chavales Mortadelo y Filemón, trocados en vigilantes jurados que defendían a capa y espada la institución “tebeística”… y al verme revolviendo decenas de joyas de ayer, hoy y de siempre me tomaron por un delincuente capaz de darle sopas con honda al inocente “Caco Bonifacio”… y armados con floretes y espadines de la época del “Rey Sol” y los mosqueteros de Dumas se lanzaron contra mi persona… y tuve que defenderme batiéndome al mil por cien intentando aclarar el asunto… para correr a continuación utilizando un pintoresco patinete por las ramblas catalanas perseguido por los hijos adoptivos, que no deseaban “adoptarme”, de Ibáñez Talavera… hasta que en un recodo providencial logré salvar mi reputación explicando el equívoco malsano.

Al final de la odisea desperté aliviado de la pesadilla, aunque no de la dura realidad ya que me seguían faltando las revistas de “pulgarcito” con los reyes del humor en sus mejores momentos. Me despido prometiendo tornar a vuestra vera la próxima semana. ¡Un abrazo, amigos míos!

Valeriano Belmonte