La investigación en altas capacidades, en nuestro país, ha adquirido en la última década gran relevancia. Su inclusión como personas con Necesidades Especificas de Apoyo Educativo, en la normativa de las políticas educativas (Artículo 71.2 de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo de Educación, modificada por la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la Mejora de la Calidad Educativa) y, consecuentemente, la regulación de requerir atención a la diversidad, ha contribuido a una mayor atención en el campo de la investigación; sin embargo, todavía no se presta la atención precisa a las niñas y jóvenes de capacidad superior. Razonablemente, el avance femenino en todas las esferas sociales, es una realidad y, como ejemplo de ello, podemos indicar su mayor representación y mejores resultados en los estudios universitarios, su desarrollo profesional y emprendimiento; no obstante, aun existen numerosos obstáculos para su desarrollo.

El emprendimiento se define como la competencia que permite desarrollar actitudes y conductas encaminadas a poner en marcha ideas. Generalmente, se tiende a vincular este concepto con un ámbito meramente económico, pero hay que resaltar que el emprendimiento abarca un sentido más amplio, ya que refuerza el autoconcepto personal al incrementar su confianza en todas sus acciones desarrollando la creatividad. Ambos conceptos, creatividad y autoconcepto están íntimamente relacionados con las Altas Capacidades Intelectuales (ACI). Por ello, el sentido emprendedor se produce gracias a procesos cognitivos desarrollados en la niñez, vinculando la creatividad con el emprendimiento.

Las mujeres con altas capacidades, muchas veces, se ven obligadas a ocultar sus talentos para sobrevivir socialmente. Algunas de las causas son, por un lado, la propia percepción que tienen al considerarse menos inteligentes que los hombres, unido a la actitud de estos de sobreestimar sus propias capacidades, produciéndose en las mujeres con ACI un desajuste entre lo que piensan que pueden llegar a ser y con lo que se deberían conformar según los patrones femeninos tradicionales. Esta asociación estereotipada de vincular las ACI más al género masculino que al femenino, repercute en la futura elección por parte de las mujeres de carreras consideradas más complejas y prestigiosas. Además, esa percepción se adquiere en la infancia, iniciándose la Educación Primaria, influyendo rápidamente en los intereses de los niños y niñas, lo que podría explicar la brecha de género en trabajos prestigiosos vinculados tradicionalmente a los hombres. En este sentido, encontramos en el sexo femenino una menor intención emprendedora debido al miedo a fracasar, situándolas como uno de los grupos menos representativos dentro de los emprendedores.

Las barreras sociales, culturales, familiares y personales, durante décadas, han ido conformando una compleja maquinaria de frenado para las aspiraciones de las mujeres frente a la tradicional hegemonía empresarial masculina, pero la evolución que ha experimentado la sociedad en los últimos veinte años está socavando lentamente los pilares de esta desigualdad. Actualmente, las estadísticas empiezan a reflejar una aproximación en las cifras; sin embargo, sigue existiendo una notable diferencia entre el número de hombres y mujeres que se lanzan a poner en marcha un negocio propio. Este déficit en el emprendimiento femenino podría explicarse por razones similares a las que limitan las posibilidades de las mujeres para sacar adelante sus carreras profesionales, pero también por cuestiones de índole cultural y educativa que han hecho a los hombres más tolerantes al riesgo. Consecuentemente, para derribar las barreras, hay que buscar referentes y promover el intercambio de experiencias.

El ‘Informe Especial sobre Emprendimiento Femenino’ del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) (2019), evidencia que, desde 2017, la diferencia de género se ha reducido un 5%, con un aumento de la tasa de actividad emprendedora femenina del 10% en todo el mundo. Según el GEM, el dinamismo emprendedor de las mujeres españolas es inferior al del promedio de las europeas, aunque supera al de las francesas o las italianas. Como regla general, el número de negocios iniciados por mujeres es menor cuanto mayor sea el nivel de desarrollo del país.

El Informe sobre Emprendimiento Femenino del GEM constata que en los países con economías más desarrolladas, la mayoría de las mujeres no creen estar capacitadas para emprender, incluso aquellas que poseen un alto nivel formativo. Además, el fracaso en la mujer está más penalizado socialmente y eso lleva a un exceso de seguridad que merma su iniciativa emprendedora. Por ello, no sólo hay que convencer a la mujer de que puede hacerlo, sino que hay que conseguir eliminar los obstáculos con los que se encuentra en el hogar. Razonadamente, resulta preciso crear ecosistemas de emprendimiento donde las mujeres emprendedoras compartan experiencias al iniciar un negocio y se ayuden mutuamente.

Resulta preciso reconocer que, en la última década, se han introducido políticas públicas tendentes a reducir la brecha de género en las empresas españolas. En efecto, dichas medidas se sustancian en los planes de igualdad, que persiguen favorecer el acceso, la permanencia y la promoción de la mujer en la empresa. Para el cumplimiento de estos objetivos se trabaja en áreas como el acceso al empleo, las retribuciones, la ordenación del tipo de trabajo o la prevención del acoso sexual y el acoso por razón de sexo, entre otras.

Factores como la mayor presencia de las mujeres en política y la existencia de un estado de derecho están asociados positivamente con la actividad emergente de las mujeres, permitiendo eliminar las barreras culturales e institucionales al emprendimiento y formular políticas que promueven la participación femenina en la economía.

Actualmente, a pesar de los avances, vivimos en una cultura que sigue reservando determinadas profesiones y comportamiento a los chicos. Sin embargo, poco a poco, se están modificando la estructura familiar y el ámbito escolar, sobre todo con la incorporación de la mujer a la esfera pública con pleno derecho; no obstante, la brecha de género continua existiendo, sobre todo, en la elección de itinerarios formativos y en el ámbito profesional y laboral. Esta situación es debida a una elección estereotipada de los tipos de estudio en la educación superior, ya proyectada sobre la educación secundaria y el bachillerato debido fundamentalmente a la existencia del sesgo de género.

Resulta evidente que la EDUCACIÓN INCLUSIVA DE CALIDAD es la principal herramienta para conseguir la NO DISCRIMINACIÓN por razón de género y la CONSTRUCCIÓN de una SOCIEDAD INCLUSIVA, tolerante, ecológica e impregnada de DERECHOS HUMANOS.