Con la obra pública nueva ocurre que nada más estrenarla parece que siempre estuvo ahí, sobre todo con los jóvenes que no conocieron otra realidad. El flamante Hospital General de Ciudad Real (al que se le añadió la U de Universitario cuando el Gobierno que yo presidía determinó que hubiera una Facultad de Medicina en Ciudad Real) cumple ahora diez años. Antes, en nuestra ciudad funcionaba el llamado Complejo Hospitalario integrado por los hospitales de Alarcos y El Carmen. Dos instalaciones alejadas entre sí, poco funcionales y con muchas deficiencias cada uno. Tenían además un penoso déficit de capital humano y tecnológico. Faltaban especialistas, faltaba tecnología, faltaban quirófanos, camas y las instalaciones eran muy obsoletas.

Se planteó entonces un debate sobre qué hacer. Había diversas alternativas posibles: ampliar Alarcos o ampliar El Carmen, que eran una mala solución porque ninguna de las dos instalaciones tenía posibilidades de expansión y crecimiento en la medida que se necesitaba y además su rehabilitación era muy costosa; resignarnos y seguir arrastrando los problemas del Complejo; o apostar por hacer un gran edificio de nueva planta que pudiera construirse sin hipotecas preexistentes y sin limitación de suelo disponible.

Como nunca me he resignado a la claudicación y al conformismo del ir tirando, desde la responsabilidad que entonces tenía asumí esta última opción y luché por ella con la dificultad que implicaba que por entonces las transferencias del Insalud a la Comunidad Autónoma aún no se habían producido. Hubo que vencer mucha resistencia y el proceso fue largo: diez años de gestiones y construcción desde 1995 hasta 2005.

En esa primera fecha me entrevisté con la entonces ministra de Sanidad, Ángeles Amador, con un estudio sobre las deficientes condiciones de la atención hospitalaria de Ciudad Real que rayaban el tercermundismo. La ministra, tal vez creyendo que me quitaba de en medio poniendo una condición que no podría cumplir, me dijo que si antes de un mes le ofrecíamos suelo suficiente y ya disponible (muchos miles de metros cuadrados) podría incluirlo en los Presupuesto Generales de Estado y hacer el encargo del proyecto, pero que sin suelo no lo haría. Por fortuna, yo ya había tenido reuniones con Alejandro Moyano -excelente arquitecto y urbanista gran conocedor de la ciudad- y había señalado en el plano el lugar adecuado para su ubicación: una parcela enorme, más que suficiente para los edificios, para los aparcamientos e incluso para una futura facultad de medicina; un terreno de gran accesibilidad, sin problemas de tráfico, cerca de una estación de transformación eléctrica, etc.

Como el terreno era de varios propietarios y los trámites eran urgentes, encargué a Lorenzo Selas, que había sido un excelente alcalde durante muchos años y como el buen pastor conocía a todo el vecindario, que localizara a los propietarios, les explicara la situación y les convenciera para que vendieran rápidamente. Lorenzo hizo muy bien su trabajo y debo decir que los propietarios tuvieron una actitud cívica digna de elogio. Por su parte, el alcalde de entonces, Nicolás Clavero –hoy flamante primer teniente de alcalde- resolvió con la eficacia que le caracteriza todos los trámites necesarios.

Finalmente, para que todo fuera más rápido y puesto que el Insalud pretextaba no tener dinero para la compra de suelo, el Gobierno de Castilla-La Mancha (mediante una gestión ágil de la consejera Paloma Fernández Cano) compró el suelo y lo puso inmediatamente a disposición del Insalud.

Me entrevisté de nuevo con la ministra antes de la aprobación de los Presupuestos, ya con todos los requisitos cumplidos, y ella mantuvo su palabra. Debo confesar que yo tenía prisa porque todo hacía pensar que en España el cambio de gobierno era inminente y así sucedió al año siguiente con la victoria del PP. No obstante, debo reconocer que con el proyecto ya en marcha, el nuevo ministro Romay lo continuó.

En el transcurso de las obras, y antes de que terminaran, se produjo la transferencia de las competencias del Insalud a la Junta y eso nos permitió mejorar y ampliar el proyecto. Felizmente, una década después de iniciados los trámites, inauguré como Presidente de Castilla-La Mancha el nuevo hospital que por fin era una espléndida realidad. Para dicho acto invité a los ministros que habían participado en el proceso, la socialista Ángeles Amador y el ‘popular’ Romay Becaría, a quienes, en un gesto de elemental cortesía, agradecí el papel que habían jugado. Me acompañaron aquel día, además de las autoridades locales, el consejero de Sanidad, Roberto Sabrido, y el gerente, hoy magnífico consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha, Jesús Fernández.

Precisamente Jesús Fernández cumplió un papel decisivo en el diseño funcional del Hospital porque junto a los jefes de servicio y el conjunto del personal diseñaron un plan de necesidades que tuvieron muy en cuenta los excelentes arquitectos Ángel Fernández Alba y Soledad del Pino. Jesús siempre tuvo el apoyo de Roberto Sabrido y de Fernando Lamata, los dos extraordinarios consejeros con quienes tuve el honor de compartir Gobierno, los dos me hablaron siempre maravillas de la capacidad de gestión de Jesús, que estaba completamente identificado con el HGUCR, a quien consideraba, con mucha razón, parte de su obra.

En aquellos años hicimos un esfuerzo inversor sin precedentes para acabar con el déficit más injusto que sufría nuestra tierra: la discriminación a la hora de ser atendidos con prontitud y eficacia cuando caemos enfermos.

En Castilla-La Mancha duplicamos el presupuesto, dedicando un gasto sanitario per cápita superior a la media nacional. En 2002 se dedicaban 3,8 millones de euros diarios a la sanidad, una cantidad que en 2010 subió a 7,5 millones de euros. El 35% de todos los espacios sanitarios disponibles hoy se hicieron durante esos años. Además, se incorporaron 263 equipos de alta tecnología y 55 nuevos servicios hospitalarios y se produjo un aumento espectacular de la plantilla, en concreto un 65% de aumento con un total de 10.000 profesionales nuevos. Y estos son datos objetivos que pueden verificarse.

Con ocasión de la inauguración del Hospital, las empresas constructoras y el estudio de arquitectura editaron un bonito libro de planos y fotos con textos de prestigiosos catedráticos y arquitectos. Per Olaf Fjeld, José León Paniagua y Juhani Pallasmaa, éste último catedrático finlandés declaró previamente en una entrevista: “hace poco me impresionó un hospital en Ciudad Real. Era enorme, pero tenía una escala humana, te hacía sentirte bien”. Y, en efecto, conseguir esa sensación en un edificio de las dimensiones del HGUCR, es un éxito. El profesor Paniagua escribió en el libro citado: “el hospital tal vez sea ese lugar del hombre en el que se concentran más las más diversas emociones humanas: la ansiedad ante el diagnóstico, la angustia ante un tratamiento, la tensión de los profesionales, la alegría de la vida que se inicia (he tenido esa experiencia en nuestro hospital con mis nietos), y la tristeza y el dolor de aquella que termina (también en nuestro hospital he tenido esa experiencia con amigos). Emociones que afectan a los enfermos y son compartidas por familiares y profesionales, que no sólo tratan con cuerpos, sino que se relacionan con personas”.

Hoy, diez años después de la inauguración (conservo con afecto la foto que nos hicimos con todos los profesionales en la fachada donde están las enormes piedras volcánicas), el Hospital de Ciudad Real permite atender a los ciudadanos con mejores instalaciones, con más camas, con más y mejores quirófanos, con más especialidades y con una tecnología y servicios informáticos de los que carecíamos. Nuestro Hospital tienen además el estímulo de la docencia que permite la implantación de la Facultad de Medicina en nuestro campus universitario por cuya consecución el Colegio de Médicos de Ciudad Real tuvo la deferencia de nombrarme Colegiado de Honor.

En todo caso, sin ninguna duda, lo más importante del Hospital no es el edificio, ni sus instalaciones y medios; lo decisivo es su capital humano, sus profesionales, médicos, enfermeros, auxiliares… hombres y mujeres porque, por fortuna, la feminización del personal sanitario es grande. Todos ellos son quienes con su profesionalidad y cualificación han llenado de alto contenido a un magnífico contenedor.

Escrito por José María Barreda

Expresidente de Castilla-La Mancha