La naturaleza humana, además de entregar inventos que mejoran nuestras vidas, a unos más que a otros, se empeña en repetir el mejor modo de causar daño puntual o desgracias colectivas. Hay quien opina sobre el devenir de nuestros días con argumentos atenazados por la armadura catastrófica. Otros, que no se enteran, siguen hablando de lo que debería ser, pero sin hacer nada para lograrlo. Minorías maldecidas por los tiempos, repiten mantras rememorando banderas y consignas que tiñeron de sangre el mundo entero. Los hay que se conforman con la idea de lograr todo lo que se puede; alcanzarían cifras espectaculares si todos se pusieran manos a la obra, aunque se enfrentan, con dispar éxito, a muchos corruptos, envanecidos por su aparente impunidad, embarrando las organizaciones, que deberían asearse bien y rápido. Por fin, están los pragmáticos, esa buena gente que no hace más que afrontar con gallardía lo que es, simple y llanamente; personas que no hacen otra cosa que trabajar, comprometerse, innovar para servir al bien común, ese tipo de seres que hacen ondear con fuerza la bandera del sentido común. Ya está bien de banderines de la mentira, pegatinas de la manipulación, lazos de la falacia más asquerosa, empeñados en timar a las conciencias puras, carroñeros de la reivindicación justa o manipuladores de sentimientos generosos. Dejad en paz a los bienintencionados, que suelen agarrarse al clavo ardiendo de cualquier charlatán imaginando que lo hace por altruismo, cuando en realidad coloca trampas envenenadas para rentabilizar su caza furtiva. Y las noticias o situaciones parecen repetirse. No aprendemos nada de los errores, por eso acudimos a los notarios de la actualidad, allá donde se encuentren, la mayoría en libros y estanterías polvorientas, porque a nadie le interesa conocer la verdad, o la versión que se daba en aquellos años, como el uno de febrero de mil novecientos cincuenta y cuatro. Sesenta y cuatro años no son nada si se trata de releer la historia; una pequeña ráfaga de luz en el firmamento de tantos años de referencia, porque sabemos muy poco de nosotros, algo de quienes nos precedieron, casi nada de más atrás, sobre todo si los que escribieron sobre ellos escondieron sus verdades para obtener rédito de la ignorancia o la mentira. Es curioso observar las triquiñuelas de estos supuestos historiadores solapando las versiones que no les interesan reescribiéndolas sin importar los testigos directos. Van quedando pocos. Aprovechemos su legado y sensatez. Los cobardes, esquiroles y traidores han redactado patrañas con la intención de sacar rédito o desacreditar al que no piensa igual. Recojamos pedazos de vidas paralelas, que, sumadas, conformarán una gran verdad, la que fueron capaces de superar y con muchas dificultades. Ningún muerto es más que el otro, ni de primera o tercera. Tampoco hay muertos mejores o peores; todos los que murieron, la mayoría arrastrados por charlatanes insensibles repletos de odio y cobardía, merecen el respeto de la generosidad. La memoria es traicionera si la mayoría cuenta su verdad. Dejarnos en paz de una vez. Cada familia, y muchos de sus descendientes, tomamos en aquellos años leche en polvo mezclada con odio, silencio, perdón o venganza. El perdón edulcora, el silencio no interviene, el odio y la venganza no hacen más que agriar un alimento, entonces, oficial e imprescindible. Mientras se lamían heridas aún abiertas, EEUU otorgó el certificado de buena conducta a una España arruinada; más o menos, cuando llegó el queso enlatado, la vida cotidiana se movía ajena a la hambruna general. El uno de febrero, Sederías Carretas y Galerías Preciados querían liquidar todo lo sobrante de la Venta Posbalance, tras finalizar las rebajas de enero; así lo hacía llegar en un anuncio publicitario. Las amas de casa americanas afirmaban en una encuesta que la televisión servía para unir a la familia en el hogar, había modificado el régimen de comidas y provocaba muchas quemaduras de la plancha. En España el problema era comer, cualquiera que fuera su horario. La esposa del presidente francés, M. Coty, explicaba los gustos gastronómicos de su marido. Por las noches no comía más que sopa, quesos y ensalada. En muchas mesas españolas no había nada que cenar. La señora Coty, decía el diario, como cualquier ama de casa francesa, podía enseñar muchas recetas de cocina. Una cosa era evidente, no sabía cuántas personas tenía a su servicio, algo que producía envidia a muchas amas de casa agobiadas por los problemas del servicio. Desde se informaba que la emisora de advertía que los árabes de todo el mundo no debían creer las noticias tendenciosas que estaba radiando la emisora de Israel sobre la situación en Siria. Radio Damasco aseguraba que todo estaba tranquilo. , campesino de secano, buscaba una vida menos dura camino de . En un tren abarrotado pasó la noche. Decía en una entrevista que eran muchos los que iban con la esperanza de la conquista de la ciudad. Saltó del tren varios kilómetros antes de la siguiente estación. Se sentía lleno de fuerza, con la sensación de que era capaz de llegar a Barcelona a pie aquel mismo día. Tuvo suerte, cuando llevaba media hora de marcha, un camión se detuvo y el chofer le dejó subir. En el camino le estuvo contando que pretendía llegar a Barcelona para trabajar en la industria. Lo malo es que lo tenía que dejarlo en . Ya buscaría el modo de seguir hasta su ansiado destino. formaba parte de una familia miserable de dieciocho hermanos, que vivía del cultivo de la almendra en la provincia de Almería… Creo que merece la pena seguir con estas historias…. Albacete, 04 de marzo de 2.018