Queridos hermanos:

“Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”, escribía san Pablo a su discípulo Tito (Ti 2, 11).

Cada año somos invitados a contemplar en el rostro visible Niño de Belén el rostro invisible de Dios Padre, que nos ama de manera incondicional y absoluta: ¡El rostro de la misericordia!

Fue hace más de veinte siglos, en el silencio de una noche serena, ante el asombro de María, de José, de los pastores que velaban cuidando los rebaños.

Es verdad que esperamos otra “aparición”. San Pablo se refería a ella como “la dicha que esperamos”. Esta manifestación de Cristo, sí, será gloriosa y definitiva; vendrá para pedirnos cuenta de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer por el prójimo, para poner las cosas en su sitio. Vendrá para dar cumplimiento a todos nuestros sueños de vida y plenitud, que vamos anticipando cada vez que es Navidad en nosotros. El Niño de Belén, que nació pobre e indigente, sigue llamando a las puertas de nuestro corazón, quiere contar con nosotros para ir transformando este mundo, de dolor y de muerte, en el Reino de Dios.

Llama a la puerta de nuestro corazón en el grito de todos los que buscan un trabajo digno, de los enfermos, los encarcelados, los sin-techo, de los emigrantes y refugiados que se agolpan a las puertas de Europa demandando acogida y solidaridad.

Como María queremos dar nuestro sí caliente y generoso, dejar que “el que viene” entre en nuestra vida, hacer que cada uno de nosotros, cada familia y cada comunidad cristiana se convierta en casa de la misericordia.

Soy consciente de que hay personas que celebran la Navidad sin referencia religiosa alguna. Con todos ellos podemos compartir mucho trecho del camino: la llamada a la ternura, el convencimiento de que toda persona es digna de nuestro amor, y, frente a cualquier tentación de pesimismo, la esperanza de que vale la pena seguir luchando por un mundo mejor, más justo y más fraterno.

¡Feliz Navidad para todos!