Empecemos por fijarnos en los tratados comerciales internacionales, como el NAFTA, Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, entre , EE.UU. y Canadá o los tratados entre la UE y diversos países de América del Sur, que han llevado consigo en la práctica una reducción de empleos o como el tratado que en la actualidad se están negociando, el TTIP, entre EE.UU y la U.E y el recientemente firmado y a falta de ratificación por los distinto estados europeos, el CETA entre Canadá y la U.E., en los que ya existen estudios que pronostican una caída de las rentas de trabajo, con el consiguiente trasvase de rentas desde el trabajo al capital y una pérdida neta de empleo de 600.000 puestos de trabajo en la U.E.

Son tratados que limitan la capacidad del Estado para regular en materia de trabajo y de seguridad social, impulsan la competencia entre Estados para atraer las inversiones mediante la rebaja de las regulaciones de derechos laborales y sociales y el dumping social instalado como práctica empresarial. Lo más que hacen es establecer unos estándares mínimos de calidad, en torno a los convenios de la O.I.T., pese a que no están ni ratificados por EE.UU. y Canadá.

El porvenir del empleo está por describir, pero la digitalización, la automatización, la globalización y la desregulación apuntan a una desigualdad laboral más aguda.

Los avances tecnológicos conllevan cambios profundos en las relaciones laborales: la colaboración a distancia, la disponibilidad total de información en la red, la digitalización de la economía, la robotización, la fragmentación de las tareas y un aumento de capacidades humanas y productividad, sabiendo que desde los años 70, el aumento de la misma no ha conllevado un aumento de salarios.

Los empleos intermedios, de formación mediana típicos de las clases medias, están declinando entre el incremento de los empleos de baja cualificación como la atención a las personas y el personal de seguridad y los trabajos que requieren una elevada cualificación como abogados o los ingenieros de software.

El empleo del mañana ya está aquí, entre otros, “el trabajo colaborativo”, como el coworking; “el gerente interino”, que son personas de alta cualificación con contrato temporal para resolver un problema específico para la empresa; “el empleo a demanda”, en el que las empresas contactan con los empleados a través de una aplicación; “el trabajo casual”, en el que un empleador no está obligado a regular al empleado, pero tiene la flexibilidad para llamarle cuando lo necesita; “los cupones de trabajo”, en donde la relación con el empleador está basada en pagos por servicios, a través de un cupón que se compra a una organización autorizada, que cubre tanto la paga como las contribuciones a la seguridad social.

Son ingentes los beneficios económicos que están teniendo quienes impulsan la tecnología. El mismo capital que está gestando la revolución digital, es el que acapara el beneficio que genera. Esta es la razón por la que es la primera vez, que los avances tecnológicos crean frustración y desgarro en las sociedades y nos hacen ver como enemigos a los nuevos procesos de producción y relaciones sociales. En la radical injusticia en el reparto de estos beneficios, es donde podemos encontrar una de las razones por las que una mayoría de la ciudadanía elige en las urnas a quienes nos entretienen agitando los instintos más básicos de las personas y explotan el capital político de exacerbar el miedo al extraño, al refugiado, mientras se reparten cada vez entre menos los cada vez mayores beneficios económicos.

La Europa de la posguerra, donde llegó a haber unos estados fuertes, en torno a un proyecto de Unión Europea ilusionante, con familias protegidas y empleos indefinidos, se ha transformado en un lugar con una ciudadanía acongojada por la zozobra permanente, el miedo al otro y a quedarse atrás.

Los Estados tienen que intervenir y también. Si miramos a los nuevos partidos políticos, hasta ahora solo han sabido reaccionar a los últimos desafíos, pero no han sabido crear nuevos modelos completos que den respuesta a estas realidades. Los viejos partidos tampoco han sabido.

Este modelo debería ir en torno a un nuevo contrato social, que apueste por no poner a la competencia y productividad como únicos resortes sobre los que pivotar el desarrollo, empresas más democráticas, con modelos en los que los trabajadores participen en su gestión, políticas públicas de intervención con una reforma a fondo de la educación, habilitación de ingresos vitales mínimos asegurados, reforma del mercado de la energía que se centre en las renovables y un cambio de modelo productivo.

También unos sindicatos de clase, que sepan reaccionar ante los nuevos empleos que se desenvuelven en entornos individuales y espacios geográficos muy dispersos. Y una izquierda política que dé respuesta a la dramática desigualdad.

Artículo de opinión de - Funcionario Junta de CLM