Huyó como alma que lleva el diablo, pues sus carnes corrían serio peligro de ser alcanzado por Teodoro, absorto por tanta maldad que pensaba no era recompensa justa a su buen corazón, algo tacaño, pero nadie podría reprocharle su austeridad piadosa y el hecho de haber acogido con generosidad al maldito guitón, que lo había retribuido con traición. A cada paso que daba Onofre el sacristán se aparecía; hasta los árboles dibujaban aquella enlutada figura acechando sus futuros días. Sabía que cuando haces mal debes guardarte, pues las consecuencias no están escritas hasta que se producen, y no siempre tienen ponderación. Los agravios del alma pueden resultar imperdonables y no pagas ni con siete vidas, si es que tuvieras la oportunidad de vivirlas. Reflexiones impropias de nuestro siglo XXI, quinientos años más tarde, cuando muchos mortales pasan por encima del honor ajeno con absoluto descaro, y lo peor no es eso, lo dramático es que nadie les pide cuentas, menos aún la corte de pelotas que repiten sus perversiones morales, o esos falsos protectores de la honra general, que pueden justificar cualquier tropelía con artificios embutidos en supuestos vacíos legales. Los que devastan la dignidad deberían ser retribuidos de tal manera que sus futuros queden marcados para siempre. No es correcto perder la memoria cuando nos interesa, porque ese modo de actuar, maldito y traicionero, puede regresar como el boomerang. Es reprobable esconder las maldades a cambio de regalías, pues al fin y al cabo, en el siglo XVI, muchos sufrían hambruna injusta. Ahora, y precisamente los que no parecen tener memoria, acosan desgarradoramente a los que sufren hambruna de justicia.

Onofre procuraba no cruzarse con humanos que pudieran hablar de él en Sigüenza, pues Teodoro podía conocer de su camino y averiguar el destino de sus pasos, algo pesarosos por la maldad regalada, arrepentido en cierto modo, aunque justificando su venganza en tantas comidas de falta. En Hita acomodó su cuerpo cansado en una posada que parecía de buena cama. Y allí se encontró con un estudiante que trataba de llegar a Salamanca. Ya tenía el servicio adecuado a su condición, pero Onofre le cayó bien por su lengua y modales. Cenó gratis, que siempre se agradece cuando los dineros son cortos, y charló mucho y bien. Aquella noche resultó fructífera, porque lo acomodó en el caballo para que lo acompañara en el camino que se había trazado; Onofre, sin destino definido, aceptó la compañía y generosidad del estudiante, que se llamaba Don Diego. Le contó sus negocios precedentes, de los que pareciera arrepentido, y eso agradó al piadoso estudiante, que reprendió con cortesía y la sabiduría propia de una buena cuna. Le ofreció estudiar y servirle. Nada más entrar en Alcalá, gastaron el tiempo en devociones, que Onofre aguantó sin alegrías, pues no era ese el mundo que buscaba. Pasaron por Madrid, donde tuvieron más variedad de entretenimientos; y siguieron camino hasta Salamanca. Tomaron aposento en el mesón de Fonsalida, de allí caminaron hasta la casa del Pasillo. La vida era buena, aunque muy recogida; Don Diego mostraba compostura y educada atención, pero sus piadosas manías lo estaban sacando de sus casillas. Las flagelaciones, rezos y ceremonias oscuras no hacían más que desanimar a un siervo, poco proclive a la contemplación o sacrificio moral y corporal. Las noches se hacían insufribles y determinó que su amo lo despidiera, ya que trastornaba sus quebrantos de la oscuridad. El verse despedido no hacía más que llevarlo en brazos de la miseria. Recogía el castigo de su impaciencia, porque la fortuna no es merecida por el que ha regalado males.

Era libre, pero más pobres que las ratas. Mejor comer aguantando rezos que pasar hambre sin tener que obedecer. El estómago se rebelaba. Unos amigos lo acogieron, pero sin comida que compartir. Pasaban los días mirando a la gente vivir algo mejor que un guitón acomplejado y con las tripas pegadas. Sus colegas esperaban ayuda de Navarra y con ellos fue a recibir al mensajero. En la posada del Rincón la gente aguardaba la descarga de cartas y paquetes. Cenaban los arrieros ayudados de una vela. Los amigos de Onofre aguardaron su señal, que no era otra que apagar aquella vela. En la oscuridad y la confusión los chavales arramblaron con todo lo que había de comer sobre la mesa, excepto la jarra de vino, que se vació en un tropiezo. Huyeron para no darse a ver cuando la vela alumbrara. Cenaron cuando se vieron fuera del entorno. Los dos estudiantes, pesarosos por su mala obra, comieron con remilgos, pero el guitón no estaba para monsergas morales, la barriga no espera razonamientos.

Gregorio González, en ese punto, ante la falta de vino con el que haber cenado los pillos, hace referencia al Lazarillo de Tormes, verdadera fuente de la que todos los autores de novela picaresca bebieron. No había comida sin remojar gaznate, y en esa empresa se pusieron. Llegados a una taberna donde se ofrecía vino, el jarro que se hurtó vacío en la posada habría de valer para tal fin. Pidió al tabernero una ración, que asoló en un instante; hizo lo propio dos veces más para sus amigos, y le dejó el jarro para que lo llenara hasta arriba, porque habría de llevarlo a un recado. Pero quien vendía garantizó el pago con el jarrón por prenda. Así quedo el trato, pues Onofre y los colegas no habrían de regresar. Albacete, José Fco. Roldán Pastor.