Su estómago, austero en demasía, le mandó pergeñar una gran mentira para comer. La información privilegiada, rebozada de ingenio, si además hay gran perspectiva, supone una bendición de los cielos para quienes se conforman con poco, pero los pillos con pedigrí sabrán obtener enormes ventajas, como en estos tiempos de lo moderno, cuando en el siglo XXI se valora la exclusiva, el dato preferente, la posición que nos permite adelantarnos al resto para succionar dinero o prebendas. El pelotazo financiero, la lotería social, el dedo milagroso, nos coloca en atalaya prominente, donde nadie osará cuestionar la razón de tanto honor. En eso estaba Onofre, organizando las ideas para sacar buena ventaja de información tan principal.

No tuvo mejor mentira que simular haber hablado con doña Felipa, que le hizo llamar por medio de su criada cuando pasaba cerca de su casa. El sacristán, anhelando, es más, implorando detalles, requería de Onofre lo que estaba deseando escuchar. El criado se relamía imaginando lo bien y bueno que pensaba ingerir. Sin dejarlo seguir el cuento, le dio dinero a Onofre para que trajera comida. Los intrépidos sacan varias cabezas en la carrera de la mala vida, y en eso se empeñaba un chaval hambriento con reiteración, cuyo vientre mostrada dificultades para acostumbrarse a la carencia. Comieron como nunca, al menos el siervo. En esos días, siguiendo la mentira, iba y venía con recados de los dos lados del amor, pero doña Felipa, ajena a tanto embuste, no tenía la menor idea de la estratagema de un Onofre encantado con su dieta. Hasta simuló intercambio de presentes, que de la señora no había, pero el pillo se buscaba para mantener la historia. Teodoro, que así se llamaba el sacristán, besaba con entusiasmo lo que parecía mandarle su amada.

El embuste controlaba la voluntad del sacristán, que en palmita puso al siervo, encantado. Teodoro ordenó comprar carne de la buena para hacerla llegar a doña Felipa. Onofre tentaba la suerte y la goma se estiraba peligrosamente. Con el cabrito en su poder simuló desplazarse a la casa de doña Felipa, que recogería con agrado el presente. Pero no tenía destino adecuado para tanta carne, por eso decidió regresar al mercado para revenderlo y sacar provecho, aunque fuera por debajo de su precio. No calculó suficiente espacio de tiempo, porque su amo lo escuchó hacer el trato. Lo había pillado en la mentira y le regaló palabras y golpes hasta que pudo. Lo protegió gente que la plaza compartía, pero la afrenta no había quedado allí. Lo mandó a la casa llamándolo guitón, insulto propio de un pícaro traidor, con el que sería denominado en Sigüenza desde entonces. Lamiendo heridas de cuerpo y dignidad, Onofre, llorando de dolor y miedos, mientras caminaba, preparó otra mentira para salir airoso del entuerto, porque le dijo que vender la carne fue idea de doña Felipa. La treta resultó y sacó perdones de Teodoro, calmado e inquiriendo datos. El guitón vendió, por fin, la carne, como le había pedido la supuesta amada del sacristán, que deseaba, más que cabrito, dinero, pues un presente así podría haber desnudado una relación en su casa clandestina. Regresó con mendaz explicación y comió como nunca hasta entonces lo hacía: mucho y bien.

Pero un cuento largo puede torcerse cuando la extensión se excede. La ciudad tenía un tamaño que no hacía imposible cruzarse los feligreses. Teodoro quiso buscar negocio con el padre de doña Felipa, lo que ponía en grave riesgo la artimañaza del guitón. Se acercaron a la casa, donde esperaban y su hija. La criada se quedó fuera de la estancia con Onofre, que le pedía conversación y datos sobre lo que estaba viendo en paredes y suelo. De ese modo el guitón aprendía cosas que bien podrían valerle para seguir engañando al sacristán. Salió su amo y regresaron. El color de la cara demostraba problemas, que el guitón detectó con rapidez. Teodoro le dijo que mientras quedó a solas con doña Felipa no encontró palabra o gesto de complicidad. Se vio desconocido e ignorado. Ni una liviana sonrisa sacó de la mujer, que parecía ajena a los mensajes y regalos. El siervo negó engaño y justificaba de cualquier modo las negativas de la amada, que no sería más que una estratagema para hacerle quererla más. Teodoro pareció conformado con los torticeros argumentos del guitón y lo envió de nuevo para apalabrar cita más reposada, que le pudiera dar claridad a lo que estaba padeciendo su atormentado corazón.

La venganza de un siervo traidor puede ser incalculable. Teodoro se había entregado a las mentiras de un guitón que aprovechaba su mal de amores, que hace perder la razón. Le amplió los embustes hasta dejarlo citado por la noche con doña Felipa. Los cascabeles de una perra, que le había hurtado a la criada, valdrían para darse a conocer en el aposento de su amada, sonido habitual entre aquellas paredes y no haría sospechar al padre. La treta estaba acordada, al menos eso imaginaba un Teodoro, que se mostraba ciegamente aturdido por semejante anhelo. Onofre esperó en la calle. Teodoro practicó lo convenido. Hizo sonar los cascabeles, y Alberto, escuchándolos, llamó a la perra, que no llegaba, como solía ser normal. En la parte oscura, Alberto tocó lo que debía ser ladrón y pidió ayuda. La trampa calmó la sed vengativa de un criado que debió mentir para comer. El sacristán corrió despavorido, lacerado de golpes e insultos, buscando refugio en una casa cercana, donde logró recomponer la vestimenta, porque la honra no podría. Semejante aventura daba por zanjada la relación entre un sacristán y su siervo.