La mañana y su amo lo llevaron a la iglesia, como no podía ser de otro modo, para limpiar, pues iba a ser una de sus tareas. Al regreso, comieron, poco, pero comieron para vivir, austeridad donde la hubiera, moderación en contraposición al pecado de la gula, el demonio por la boca. Jugaron y entretuvieron sus horas como mejor pudieron, y así se cumplió el día: cenando. Pasó las jornadas esperando temiendo el descalabro, porque no era posible acoger bien sin esperar mal, como siempre había sucedido. No había problemas con los estudiantes, cuyas horas y comida compartía. Y habría de someterse al rete repetido, la pillería de los aprovechados, como había tenido la oportunidad de aprender en casa de su padrastro, que las hambres aguzan el ingenio y Onofre, otra cosa no, pero ingenio para comer adquirió por quintales. Uno de los estudiantes, seria por Navidad, recibió de su familia embutido de los buenos, regocijo de todos y ambición de un Onofre empeñado en sacar provecho desmesurado. Francisco, dueño de las morcillas, era amanerado, además de inocente y joven en demasía. Aprovechó diversos cuentos que imaginó para preocupar a los chavales, que se quedaban quietos en sus sacos de dormir, de ese modo preparaba la argucia con que buscaría el modo de apropiarse de las tripas rellenas de cerdo. La madrugada servía para buscar embutido y comerlo, repetida escaramuza que agotó. Los duendes de la noche apretaba los cuerpos al saco, nadie osaba moverse más que él, que saciaba sus ganas con el miedo ajeno.

Pero los temores se reparten cuando menos lo espera el que los causa, porque un gato en la oscuridad no tuvo mejor idea que meter la cabeza en un caldero para alcanzar algo que echarse a la boca. La cabeza quedó presa y arrastró el caldero por la casa haciendo un estruendo nuevo, que Onofre no sabía explicar, amedrentando su olvidada valentía para dejarse llevar por el terror de un duende que no sabía estaba en la casa. Temió y suplicó benevolencia porque imaginaba un castigo seguro a cambio de su repetida traición. Se hizo el día, rompieron el estorbo que tapaba la cabeza y el gato huyó al verse libre. Los duendes comían de madrugada, al menos eso repetía Onofre tratando de distraer a los tres estudiantes, que recuperaban el aliento de aquella maldita noche. El mayor de ellos, Alonso, guardó silencio sospechando. Decidieron dejar una morcilla para que el duende comiera, lo que siguió aprovechando Onofre, que alargaba el embuste. Alonso simulaba dormir para comprobar sus dudas. Aprovechó el silencio para alcanzar la morcilla que esperaba en el plato la visita del duende, que esa vez iba a ser él. Comió el regalo y depuso en su lugar. Maldita encerrona a un duende aprovechado. Onofre, cuando creyó que era su turno, mordió lo que en el plato había, que puso haber sido morcilla, pero antes de la digestión. El asco le hizo hablar y los demás despertaron para sorprender al duende en carne y hueso limpiando unos dientes afeados con los restos de lo que debió ser comida.

La trampa tuvo consecuencias, pues la convivencia entre Onofre y los estudiantes ya no sería la misma. El mentiroso recibió el desprecio merecido. Pasó la Semana Santa y el siervo solo quedó con el sacristán, agarrado y desdeñoso como nunca se mostró. La limpieza general, comer cuando se pudiera y poco. Lo dejaba a cargo de la casa y su sustento, un poco de pan y algunas monedas para aderezar el estómago con lo que pudiera guisar. Se quedó amo de su sustento, pues el sacristán en otros lugares lo hacía. La necesidad apremiaba y lo que faltaba debía hurtar o estafar, por eso visitaba a la frutera que lo engañó cuando llegó a Sigüenza, para poderse vengar. Una tarde, ya de noche, pasó a comprarle cañamones tostados, su dieta habitual, maldita abstinencia que su barriga no entendía. Comió rápido para entretener sus tripas aguardando un descuido para aprovechar. La frutera inició conversación, que Onofre secundó sin efusiones. No tardó en preguntarle por una pequeña mancha en la mejilla, lo que usó el chaval para mentirle. Le contó un accidente de caza del que presa indirecta fue, lo que hizo que perdiera hueso y muelas en esa parte facial. La mujer quiso comprobar las carencias de su boca y metió el dedo para tocarlo. Ese fue el instante preciso y precioso para poderse vengar de aquella malvada timadora. Le apretó los dientes con saña para hacerle gritar de dolor. Corrió a la casa y contó el destrozo a su amo, que no le pareció mal, pues conocía el engaño y lo consideró la adecuada retribución a una deuda de honor.

La comida escaseaba, y el sacristán no cambiaba de intención. Onofre no estaba por la labor de tanta austeridad en el yantar, porque era joven, las fuerzas suelen estar parejas con lo que la barriga acoge y el trabajo no era poco. Su amo parecía esconder amores y perderse en una torre de la iglesia, donde solía acudir varias veces en el día. Onofre lo siguió hasta el escondite que usaba el sacristán para comer y beber. Además, desde allí cambiaba miradas y gestos con una mujer, que llamaban doña Felipa. Le vino que ni pintada. La información privilegiada suele proporcionar réditos incontestables. La necesidad, además de avivar el ingenio, si tiene ventaja debe aprovecharla con holgura; torpe será el que deje pasar la oportunidad.