La cena de un día para eso sólo servía, porque al siguiente había que repetir maniobra con que tapar la boca a su barriga. Se acercó a una tienda para pedir pan y uva, sin excesos, pues como poco le valía.

Dejó el pago para más tarde, mientras la tendera cobraba a otros que más prisa mostraban. Onofre alargaba el tiempo comiéndose la compra, que para eso había ido. Cuando llegó el requerimiento, el guitón pidió clemencia y generosidad a una mujer cansada de pícaros, que no estaba por la labor de perdonarle la afrenta. El chaval le ofreció el dedal que llevaba como pago por la dieta, pero no era equivalente sin de cerca. La mujer exigía los dineros, que Onofre confesaba no tenía, y largaba peroratas acertadas e ingeniosa buscando la risa y conformidad de la tendera. Lo insultó como bien quiso, pero aceptó el trueque y Onofre contuvo las hambres una vez más. Un criado de , apesadumbrado por dejarlo en abandono, lo estaba buscando, y lo encontró. No dudó en regresar a su servicio, no en vano había sido dichoso y alimentado. Pero Don Diego no estaba bien. Parecía enfermo a punto de testar. Con él estaban unos clérigos, que lo ayudaron en el morir. Allí quedó, pendiente de heredar alguna ropa de su amo, porque los teatinos cargaron con lo que valía. Se quedó compuesto y sin amo, desprendido de cualquier cosa que le pudiera valer por obra y gracia de aquellos clérigos avariciosos, a los que debía responder con creces.

Iría al convento para vengarse, donde siempre un teatino vigilaba. En esa casa tenían huerta y animales. Un amigo debía servirle de ayuda para hacer la maldad que había preparado, aunque no supiera los detalles. Salieron por la puerta de San Vicente cuando era noche cerrada. Dejó al amigo a cierta distancia y el guitón se acercó a la puerta haciendo alboroto y emergencia. Alarmó al teatino haciéndole ver que había matado a un hombre y le pedía asilo sagrado. Lo acogió para pedirle la situación del cadáver, que el pillo orientó hacia las afueras del convento. El clérigo salió rápido buscando el modo de adelantarse a la muerte, si aún no había llegado, y confesar al moribundo. Onofre acaparó lo que pudo, entre objetos y aves de corral, que llevó hasta su amigo. El teatino volvió llamándolo. El pillo se manchó de sangre, de una gallina que acababa de sacrificar, para simular grave herida. Cambió de capa con el amigo y salió al paso del clérigo, que había visto la falta de los animales. Onofre le mintió diciendo que unos ladrones, que llevaban las gallinas, le habían quitado su capa, atacado y herido. Lo echó en su cama para prestarle santa ayuda, entre otras: confesión. El guitón fingió desmayo, y el teatino corrió a la ciudad buscando médico que atendiera al herido. Onofre, entonces, otra vez en soledad, se apoderó de unos pavos. Después de escapar por lugar inapropiado, debió dejar algunos junto a la pared de la huerta, porque con todos no pudo. Mientras, el teatino y un cirujano llegaron al convento. El amigo se fue llevando a casa los animales haciendo viajes. Entretanto, cuando Onofre volvía por los demás pavos, lo esperaba el clérigo, acompañado, escondido para sorprenderlo, pues no estaba donde debiera haber estado, y de ese modo descubrieron el engaño. Lo pillaron sin remedio. Algún que otro golpe se llevó el cuerpo, pero el teatino no quería llamar justicia, como el médico pedía. Lo dejaron encerrado en el convento, donde los clérigos, cuando se hicieran presentes, determinarían condena.

Onofre se mostraba arrepentido de su avaricia, pues el timo había dado réditos suficientes como para no arriesgar regresando a la huerta. Tanta maldad debía ser recompensada y con más mal. Su venganza, incompleta, había resultado penosa. Lo encerraron en una chimenea para evitar que escapara y aguardaron la llegada del día y los otros moradores del convento. Pero escaló lo necesario para quedarse en el lugar perdido de la vista ajena. Llegados los teatinos no vieron su cuerpo, lo llamaban y no estaba, pensaron habría escapado. Incluso hubo quién miró hacia arriba, pero no debía tener buen ojo, o porque el tizne oscurece reductos angostos, el caso es que no se apercibió de su presencia. Recorrieron la casa buscando al ladrón, que no aparecía. Uno encendió lumbre para cocinar.

Tanto humo como fuego a Onofre afectaba pero en silencio aguardaba la ausencia del cocinero, que aprovechó para salir con sigilo. Todas las puertas cerradas impedían que saliera. Era preso y cansado. No tuvo mejor idea, después de andar mucho, que meterse de nuevo en la chimenea y esperar mejor momento. Pero la olla estaba en todo lo suyo, no tardó un instante en dar cuenta de ella. El clérigo a su regreso descubrió el estropicio; maldiciones escupía y escuchaba el guitón aguardando su momento. La noche le hizo bajar de la chimenea, la puerta estaba cerrada, Onofre muerto de sueño no tuvo mejor idea que acostarse allí. La luz le hizo despertar y regresar al escondite, donde estaba cuando el teatino hizo lumbre. Dejó la olla para salir a la huerta, instante preciso para que Onofre saliera de la cocina, entró en otro aposento. Pero quedaban más pavos y pensaba hacerse con ellos, ya que tanto mal había padecido. Salió con ellos corriendo y el clérigo, que lo escuchó, no pudo más que gritar en soledad. Llegó hasta el amigo, que como otro Lázaro se vio. Venganza cumplida, pues le habían quitado las ropas de Don Diego, que para él las quería. No podía seguir en , pues lo habrían de conocer.

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