Bien hubiera querido Onofre quedarse en , más aún con la casa repleta de animales, garantía para el comer, pero sus litigios con los teatinos podían reventar en su cara y llevarlo a la prisión, como poco, porque las galeras esperaban, siempre, galeotes bien encadenados. En vez de esperar, vendió las aves. Su avaricia le hizo poner en peligro el saco, sin embargo se notaba suficiente para seguir en la brega, aprendía y mejoraba en osadía y habilidades, lo que podía considerarse un ascenso en el escalafón de los pillos. Salió para la corte, que estaba en , invento y pelotazo urbanístico de un duque como el de Lerma, avispado promotor de ciudades, especulador, inversor, tramposo, que propició, incluso, el regreso de la corte a , mientras organizaba otros tratos clandestinos para seguir amasando dinero y poder, comportamiento que mil secuelas ha tenido durante todos estos siglos siguientes, y ahora, cuando recogemos las esquirlas de la explosión más tremenda, nuestra reciente burbuja inmobiliaria, una legión de chorizos disfruta réditos de la influencia.

El dinero de las aves sirvió hasta que se gastó. No valía para el hurto callejero, tampoco de mendigo se veía, pero la necesidad asomó de nuevo y debía aguzar el ingenio para seguir en este mundo. Deambulaba por los alrededores de la ciudad cortesana, donde buscaba soledad y melancolía, además de comida, y encontró unos zapatos abandonados, que limpió con denuedo para darles el lustre que debieron tener y pretender cambiar por alimentos que callaran un vientre gritando e implorando rápida atención. No lograba venderlos y debía comer. Repitió la trampa del dedal en Sigüenza. Pidió de comer dejando para más tarde pagar. Llegado el trance de abonar el consumo, pidió clemencia para dejar los zapatos en prenda. El corro de presentes lo acogotaron con exigencias de pago. Onofre padeció la afrenta pública porque no pudo pagar, ni los zapatos valieron en prenda.

Salió del trance escaldado y siguió vagando por las calles de Valladolid durmiendo bajo las estrellas. Por la mañana de un día, después de abandonar el lecho de piedra y arena que tocó, se fue a oír misa en la iglesia de . Se acercó al sacerdote con respeto y sumisión para obtener prebenda alguna que le sirviera de comer. Lo ayudó en transportar elementos de la ceremonia. El sacristán le encomendó ayudar en otra misa, y en otra. Ya vestía de monaguillo ayudando al sacristán, lo que anunciaba comida. Recogiendo las ofrendas fue sisando monedas y hasta el pan bendito le valió para aplacar hambruna. Engañó a los que esperaban pan bendecido y al sacristán en los dineros, simuló necesidad del vientre y escapó de la iglesia bien servido. Quería aguantar sin necesidad de trabajar de sirviente, pues la libertad, aunque con carencias, era mejor que la esclavitud del dependiente.

Pagó la deuda del mercado y compró papel para redactar cartas para engañar a fulanos inventando remitente. Hizo varias anunciando ofertas de mercancías y añadió destinatarios conforme iba conociendo el nombre de mercaderes en Valladolid. Tejió una trama que podría satisfacer sus anhelos de mejorar en la vida. El portar correspondencia le dio monedas al pronto. Los receptores de notas esperaban al mercader con telas y sedas de o Flandes. Sirvió para seguir tejiendo estafas entregando cartas y cobrando por el recado. Fue alargando el truco a todas las profesiones y ese reparto daba beneficios que lo hacían medrar con holgura, lo que propició aposento digno, ropa adecuada a su porte y comida sin faltar. La prosperidad le hizo aparentar una galanura que no tenía, pero en una ciudad de la corte el aspecto garantiza prebendas. La avaricia, de nuevo, asomó a sus entendederas, y lo habría de pagar.

Tanto escribir simulando lo llevó a la falsificación pura y dura, que no fue otra cosa que cambiar firma en documento oficial y obtener dinero en cantidad superlativa. Si lograba el objetivo tenía pensado huir a . Se veía como Guzmán, un ejemplo de vivencias en la pillería. Comenzó a cobrar los impuestos que su comisión sobre la renta de los Millones de un año de Castilla La Vieja ordenaba. Pero el alguacil, encargado de semejante tarea, comenzó a constatar que los ciudadanos ya habían pagado la renta; aceleró gestiones para detectar al intruso que estaba hurtando dinero oficial. Cuando encontró a Onofre, ante la demanda de aclarar, con astucia y entereza logró engañar al alguacil diciéndole que habría un error en el origen de los documentos sobre otros distritos de cobro. Pero la trampa tenía las fechas calculadas, y cuando contrastara el alguacil los datos de las mentiras, habrían de buscarlo para darle condena. Lo persiguieron y encontraron en Calahorra, para más señas, en la iglesia mayor. No tuvieron problemas para saber de él, pues conocieron su paso por Villafranca de Montesdoca, y desde allí, con ayuda de los paisanos, no tardaron en hacerle preso. La tortura, procedimiento legal para alcanzar confesión, consiguió su propósito.