Asistimos en España, a un panorama político muy cambiante en este ultimo año. Ya no se puede intentar conseguir el apoyo ciudadano, poniendo en valor si un partido es corrupto o no, o entre si defiende los derechos ciudadanos y el otro no lo hace. Ahora todo se ha simplificado, y solo parece importar si ese partido es de “patriotas” o de “antipatriotas”. No existen grises, solo son blancos o negros. Aunque a la izquierda no le guste, la realidad es que el discurso de “España se rompe” se ha situado en el centro del debate ciudadano, en calles, plazas, bares y mercados.

Así se demuestra la importancia de tener unos medios de comunicación asépticos en una democracia, porque esta situación es, en gran medida, la consecuencia, de como el lavado de cerebro desde unos informativos que opinan pero no informan, y los programas televisivos del llamado “entretenimiento vacío”, ya está dando sus frutos para interés de los dueños de esos medios. Tampoco importa hoy, o parece dar igual, si los partidos hacen un análisis certero de la realidad del país, o si este es erróneo, según los, hasta ahora, patrones ideológicos tradicionales. Las ideologías han quedado postergadas a un segundo plano, y a los votantes de hoy, solo parece importarles, si sus militantes cantan con fervor el Viva España, o si la bandera de la patria cuelga visible de sus balcones.

Y en ese escenario, la derecha lo tiene mucho más fácil que la izquierda. Los tres partidos de esta ideología, han simplificado todo haciendo del independentismo catalán su gran arma electoral, sin pensar ni valorar las consecuencias que eso tendrá a medio largo plazo para el conjunto del país. Eso, que políticamente es un error, es su gran acierto a corto plazo. Es un tipo de discurso en que no se apela a la razón, sino a los sentimientos, va dirigido al corazón y no a la cabeza, y eso siempre ha calado en sociedades despreocupadas por entender como funciona la política, (precisamente porque esa misma derecha, antes, ya se ha encargado de provocarles desapego y desencanto hacia ella). Y eso no solo es responsabilidad de la derecha, porque lo cierto es que la izquierda tampoco ha sabido impedirlo, e incluso (en muchas ocasiones), hasta lo ha propiciado.

Estemos atentos en los próximos meses, porque vamos a oír discursos de los que ponen los pelos como escarpias a un demócrata Irán desde exigir que acabe en la cárcel cualquier idea de independencia, a calificar cualquier propuesta de la izquierda de absurda o antipatriótica, o a fabricar soflamas incendiarias si hay quien las crea. Y es que visto lo acontecido en Andalucía, esa estrategia le está dando buen resultado a la derecha, éxito facilitado, porque frente a ella no hay una estrategia clara de la izquierda que intente contrarrestarla.

Puede que esta forma de conseguir que los árboles no dejen a los ciudadanos llegar a ver el bosque, a corto plazo les lleve al poder. Pero una vez allí, esos ciudadanos de a pie (que ahora les creen sin cuestionar las consecuencias que tendrán para ellos), deberán seguir soportando una cruda realidad: que pronto se olvidaran de los que desde su pobreza y con sus derechos pisoteados, ahora les apoyan, posiblemente porque ven en ese apoyo la manera de canalizar su frustración con unos partidos que les han engañado sistemáticamente.

Votarán a la derecha, pero no podrán cambiarla, porque la derecha siempre sirve a los interese del gran capital, de las elites, pero no a los de los asalariados. La historia es tozuda y nos demuestra como a lo largo de ella, son las clases dominantes y la iglesia, los más favorecidos por su acción de gobierno, consistente en practicar la caridad, pero nunca en otorgar derechos ciudadanos. Los asalariados solo son para ellos, la mano de obra que pueden utilizar o la moneda de cambio para su enriquecimiento, pero nunca los han visto como ciudadanos en plano de igualdad con ellos. Créanse su discurso populista si así lo desean, pero sepan que eso no cambiará su modelo de sociedad, en la que ellos son los dominantes.