Además de una lenta y concreta descripción de situaciones y paisajes, gustaba de explicar con todo lujo de detalles el aspecto exterior de sus personajes. Por eso dedicaba mucho espacio redactando la foto fija de un chaval desaliñado, gastado por el clima y la hambruna, que iba camino de lo incierto. Sin superar los diecisiete años, el autor pone en su boca expresiones propias de otra edad, o al menos no somos capaces de ubicarnos en esos tiempos en los que la gente se mostraba tan educada en los modos, ofreciendo cortesía y elegancia en la relación verbal.

A nadie se le escapa que en nuestros tiempos no es imaginable escuchar a dos chavales de dieciséis años hablándose de usted o sincerarse diciendo que se descubren el pecho. Sin olvidar las carencias en la escritura, el lenguaje que regala a semejantes vagabundos es propio de gentes ilustradas.

El respeto demostrado en cualquier conversación reproducida nos deja perplejos. Ahora escuchamos al colega, que se ralla y deja de ser guay. Y entonces, un muchacho se expresaba así: “… y para obligar a vuesa merced que descubra su pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con describirle el mío primero…”. De ese modo hablaba el mayor de los que luego serían grandes amigos: del Rincón, que decía ser hijo de un ministro de la Santa Cruzada, vamos que era buldero, relator de bulas. Un ladronzuelo que se libró de castigo ejemplar por su juventud, aunque no pudo evitar la reprimenda física prevista para esos casos y el destierro de un , que no dejaba de ser la gran capital de los Austrias españoles. era, además, un timador con baraja, que había aprendido para conseguir buscarse la vida. Jugando a la veintiuna escamoteaba un as para sacar ventaja, la maniobra perfecta para ganar cuando debiere.

Recorriendo tabernas y posadas, mantenía las ganas de comer. El engaño, la mayoría de las veces, puede pasar desapercibido, pero no el hurto de dinero, dejado en custodia, para disponer de él sin saberlo su dueño. Hablaba de jugar, no de apostar, como ahora sería el truco de los trileros, que colocan tres cartas dobladas, boca abajo, y el apostante debe acertar en qué lugar se encuentra su elegida. Hay velocidad en los movimientos y juegos malabares que permiten mantener entre los dedos alguna alternativa para conseguir ganar cuando debiere.

Pedro del Rincón llegó caminando hasta el , frontera con , entre La Mancha y Andalucía. Probablemente no le dijeron que por allí estaba La Bienvenida, donde hubo una ciudad rumana llamado Sisapo. No habría mucha gente reparando en semejantes detalles, cuando lo importante era trabajar la tierra retirando piedras, que no hacían más que estorbar. Era en la venta del Molinillo, plena canícula, cuando tomó asiento para descansar un cuerpo remolido por el trasiego. Aspecto deplorable, aunque altanero, y le llamaron Señor Rincón. El que así lo nombró no era otro que un chaval más joven, con desparpajo y desaliño, que compartía venta y cobertizo para entablar conversación, que dijo llamarse Diego Cortado. Al descubrir su pecho, el muchacho se mostró locuaz para decir que nació cerca de del , hijo de un sastre, del que aprendió el arte de cortar con sutil destreza. Una madrastra le hizo escapar de casa, y esa gran facilidad para cortar donde no veían la dedicó a fines más lucrativos, pero inconfesables, habilidad que daba réditos para, también como Pedro, seguir sobreviviendo. Un traidor en habló discretamente a quién no debía, al menos eso pensó Diego, y le obligó a poner tierra por medio para evitar que lo alcanzara el Corregidor, que quería hacerse con él.

A mediados del siglo veinte, y antes, esa modalidad del delito, como era cortar bolsos o faltriqueras, ha seguido practicándose por los sirleros, especialistas en hacer un ligero y sencillo corte con una cuchilla en los fondos del bolso o bolsillos, dejando el hueco preciso para que caiga por su propio peso la cartera o monedero. Hasta hace pocos años, los autobuses y el metro eran zonas donde esta afición ilícita se practicaba. No se ha abandonado el modo, pero es menos utilizado, como tantas otras formas artesanales del delito y artes más benéficas, que han dejado paso a manipulaciones toscas o violentas.

Y allí estaba los dos pillos, sincerándose y haciendo tiempo para emprender camino esperando acompañarse o acompañar a quién quisiera llevarlos. Jugaban a las cartas dejando correr minutos y practicaban los trucos del as para mejores momentos. En eso que salió un hombre a donde ellos jugaban, que se ofreció a completar el trío. Le ganaron bien los cuartos sin que supiera de engaños, pero trató de quitarle las ganancias al verlos menudos y tiernos, pero ofrecieron resistencia, que hizo gente para mirar amenazando intervenir, y no sería en auxilio de los chavales. Sin embargo, un grupo de viajeros llegó en el momento preciso para seguir ruta hacia el sur. Los caminantes les ofrecieron compaña hasta , y allí con ellos se fueron. Las cuchillas pudieron salpicar de sangre la venta del Molinillo, pero la fortuna les hizo cambiar de aires para ir a una ciudad comercial, la puerta del mundo nuevo, donde había comercio y mucho, mucho dinero.

Artículo de la serie “Rinconete y Cortadillo” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,