y se libraron de una buena paliza. El harriero no quedó de buen grado en la venta, pues estaba seguro de que lo habían timado y ofendido, pero lo convencieron para que no siguiera a la comitiva donde los pillos habían unido su suerte sirviendo a unos amos desconocidos, pero generosos, como así lo habían demostrado. Sentados en las ancas, cerca de las valijas, aguantaron la tentación de meter mano en ellas, porque hubiera sido un gesto de traidores, y al menos, por el momento, estaban muy agradecidos. Sin embargo, cuando ya estaban entrando en , , maestro del corte, no esperó para seccionar una maleta y coger algunas prendas, con las que más tarde ganar dinero. El puerto sevillano les pareció impresionante; los barcos anclados en fila generaban un movimiento inusitado de personas y carruajes, lo que en realidad suponía para ellos un filón esperando que sus malas artes supieran aprovecharlo. Tantas cosas que mover precisaban cargadores o personajes dedicados a transportar objetos más pequeños a cambio de unas monedas. La zona estaba plagada de porteadores o “muchachos de la esportilla”.

No tardaron en interesarse por semejante actividad, lo que les permitió conocer que era ocupación sencilla y sin impuestos, más o menos como una variable de la economía sumergida, que tanto se da por estos tiempos. No necesitaban acreditación o permiso alguno. Trabajo con garantía para andar con libertad absoluta y hacer lo que quisieran cuando lo desearan; dependían de su disposición y requerimiento de los que quisieran pagar por no cargar. Pedro y Diego determinaron que era coartada perfecta para desenvolverse entre tantas personas a las que quitar peso, y no solamente en la esportilla, pues las bolsas y faltriqueras se ponían a su disposición. Seguro que el afán por el juego estaría adecuadamente atendido en una zona de transeúntes y personas de comerciar, que tan buenos dineros llevaban. Y lo mejor de todo, acarrear objetos daba facilidad para entrar en casas ajenas sin levantar suspicacia alguna. En todo caso, cuando no hubiera otro modo, alguna sisa de la carga podrían lograr para comer.

Tomaron buena nota de lugares, jornadas y horas donde situarse para conseguir clientela, pues podían llevar pescado, carne o pan, entre otras cosas, lo que les obligaba, lógicamente, a tomar posición cerca de los puntos de venta. Llevaban espuertas y costales nuevos, comprados a costa de sus amos del camino, lo que les daba ventaja, pues la gente gustaba de llevar los alimentos en recipientes más limpios. No se puede evitar transcribir el ofrecimiento de Pedro, que no tiene desperdicio en el modo de expresarse: “Para bien se comience el oficio; que vuesa merced me estrena, señor mío”. De tal modo se portaba en su labor y comentarios, que su cliente, soldado por más señas, no tardó en ofrecerle otro empleo, a lo que el esportillero renunció por estar empezando en el propio, pero dejó la puerta abierta a un futuro, que en esta novela no se cumplirá. Diego consiguió que un estudiante lo empleara.

Más tarde, ambos regresaron al punto de partido para dar cuenta de sus conquistas. Pedro mostró unas monedas, y recibió otras de Diego, que parecía manejar mejor fortuna. La presencia apurada del estudiante ante ellos preguntando sobre su bolsilla extraviada, cargada de monedas de oro, desveló para el amigo el origen de aquella generosidad. Poco pudo Diego, pero convenció al estudiante de que había que buscar en otros lugares, pues en el recorrido no se perdió bolsa alguna, pues él la habría encontrado. Lo peor, como comentó el desposeído, es que no era suyo el capital, sino de un convento en el que hacía de sacristán. Estaba descompuesto y había que calmar semejante desazón, por eso Diego le contó un cuento largo para hacerle creer que podría intentar recuperar su bolsa, ya que sospechaba de un ladronzuelo que había visto por allí, falaz relato que hizo al estudiante descansar.

Las maniobras y explicaciones no pasaron desapercibidas para otro chaval que por allí andaba. Incluso, vio perfectamente como Diego le quitaba un pañuelo al sacristán mientras hablaba con él, lo que demostraba gran pericia en el hurtar, actividad que tenían mejores expectativas en manos de su grupo criminal, porque estaba integrado en una especie de hermandad del delito, cuyo máxima autoridad era un venerable chorizo. Se acercó a los dos pillos para interrogarlos y saber de ellos. Les inquirió sobre un requisito no oficial que obligaba a que los pillos pasaran por la aduana del señor Monipodio, el capo que cobraba almojarifazgo, es decir, un impuesto a los chorizos que pretendieran trajinar en esa parte de la ciudad.

Venidos de otras tierras, no sabían de personajes así, les llamó la atención una estructura clandestina con la que podrían mejor medrar, como así les hizo ver el interlocutor. Había otra razón para visitar a Monipodio, y no era otra que evitar las represalias de una organización de delincuentes que podía hacerles mal. No perdió tiempo en explicarles esa especie de reglamento interno de una banda de ladrones. Había que cumplir plazos y etapas para superar rango y soldada, que su maestro y amparo disponía en cada caso. Podían entrar a formar parte de una especie de hermandad negra donde la destreza y paciencia daban galones y prebendas. En nuestro siglo XXI la estructura organizada de algunos grupos familiares dedicados al hurto puede asemejarse, aunque con mayores pretensiones y ganancias.

Artículo de la serie “Rinconete y Cortadillo” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,