Reconozco que hoy no estoy en la mejor disposición para escribir. Las noticias que nos llegan de la pandemia en Castilla-La Mancha nos llevan a cifras que nunca pensé que podrían haberse hecho realidad. 2.780 infectados y 263 muertos.

Ya tenemos el triste honor de ser la tercera región española con más muertos por el maldito coronavirus.

Pero lo más grave del asunto es que no son solo cifras. Esos números corresponden, triste y desgraciadamente, a personas.

Personas que, muchas de ellas, hasta antes de que nos asolara este desastre, tenían una vida. Reían, hablaban, comían, descansaban, amaban… en definitiva, vivían.

Y hoy, ya no están con nosotros.

Esas cifras me abruman. Me apenan. Me entristecen como nunca antes me había pasado.

Lamento confesar que también soy humano y que el sufrimiento de la gente hace mucha mella en mí. No puedo con él. Me asola.

Como os cuento cada noche, sigo trabajando a diario para intentar que los responsables de gestionar las medidas para contener esta catástrofe acierten. Y quiero que lo hagan bien porque nos va la vida en ello.

Les llamo, insisto, les vuelvo a pedir una y otra vez que espabilen. Les imploro material médico para nuestros sanitarios. Que abran hospitales cerrados. Que busquen donde haya. Que contraten y que compren.

Lo hago por todos los medios. Por teléfono, por video conferencia. En público y en privado.

Les digo que las medidas hay que ponerlas en marcha antes de que se produzca la catástrofe. Que no podemos esperar a que surja la necesidad para ponerle remedio. Que este virus asesino no da tregua.

A veces pienso que choco con una pared. Siempre he pensado que la prepotencia y la soberbia del que piensa que todo lo sabe y que de nadie necesita consejo son características de un mal gobernante.

Esta situación me genera desasosiego porque, reconozco, que el cuerpo me pide poner el grito en el cielo y señalar con el dedo acusador.

Pero pienso en todas esas personas que luchan a diario en el frente de batalla, especialmente los médicos, enfermeros, policías y guardias civiles, personal de las residencias… y recapacito y vuelvo a insistir.

Sigo y seguiré trabajando porque se lo debo a ellos. Os lo debo a todos los que confiasteis en mí y a los que confiaron en otros que les han decepcionado.

Y sigo peleando porque me lo debo a mí mismo. Porque prometí servir a mi tierra y a mi gente.

Escucharé a todos los que me llaméis, a todos los que, a diario, me enviéis mensajes. Lo haré como lo hago todos los días y a todas horas. Haré mías vuestras penas, vuestro miedo.. Y trasladaré a quien corresponda vuestras necesidades y vuestro sufrimiento. Sin descanso y sin tregua.

No dudéis. Vamos a poder con este monstruo. Juntos y firmes lo vamos a conseguir.

No perdáis la esperanza. Mucho ánimo.