Lázaro González Pérez explica al destinatario de dilatada epístola sobre su vida que nació en un molino al lado del . Su padre, molinero, al parecer cometió el tremendo error de sisar cereales, lo que supuso una respuesta penal muy grave. En esos tiempos de esplendor guerrero en una España empobrecida, el hurtar suponía castigos ejemplares. Y uno era el destierro y otro ser enviado a galeras, a la guerra por el , donde los moros y turcos desafiaban a la potencia católica por excelencia. Pronto quedó huérfano y con su madre viajó a , donde tenían que buscarse la vida de cualquier manera. Allí emparentó con un negrito, hijo de y un empleado en las caballerizas, que. Lógicamente también lo era. Aquel hombre, entre otras razones que pudieran considerarse sentimentales, lo que hacía era llevarles comida, y ya era bastante. Pero el siguiente padre de Lázaro cometió el mismo error del primero, pues hurtaba de todo lo que estaba a su cargo. El chaval vendía cosas que le encargaba su madre, modo de iniciar su azarosa vida de delincuente, aunque por el momento inimputable. Antonia, después de cumplir la condena que le correspondió, se puso a servir en una pensión de las de entones.

El futuro más negro que su hermano determinó la decisión de la madre cuando entendió que a un huésped ciego podía ayudar su hijo Lázaro, aunque en realidad lo que buscaba era el modo de que comiera cuando debiera tocar hacerlo, que para ellos eran pocas veces. Así comienzan los viajes de un chaval de Salamanca, pegado a un ciego, encargado de ayudarle, mientras su amo le abría los ojos para comprender el mundo en el que le había tocado vivir. Aprendió pronto sobre trampas, mentiras y trucos, porque le costó un golpe en la cabeza que el ciego le dio por su buena fe, algo de lo que debía protegerse en el futuro. No hay mejor manera de formarse que cometiendo errores, tropezando y contrastando que, por desgracia, no hay más remedio que endurecer el alma para alimentar el cuerpo. Y de ese bagaje de historia, costumbre y experiencia está nuestra casa llena, porque los que sirven, tarde o temprano, cuando la presión se haga insostenible, sabrán obtener provecho de su privilegiada posición, ventaja que puede sobrevenir de una confianza regalada sin reparos, que puede verse traicionada cuando las cosas no sigan bien. Pero el auténtico Lazarillo, pero el que tiene cuatro patas, el guía de tantos ciegos, el perro de muchas razas, servirá siempre, con adhesión inquebrantable, pero de verdad, a su amo, que al acompañará toda su vida. Como hemos conocido en infinidad de ocasiones, hasta después de la muerte.

Los lazarillos de cuatro patas pueden resultar inconstantes, lo que les permitirá protagonizar clamorosas traiciones, como cuando ponemos en sus manos nuestra vida y hacienda. Sin embargo, en estos tiempos, les llaman testaferros, una palabra tan fea como el papel que desempeñan tapando a sus amos, privilegiados sociales, que amasan fortunas ilegítimamente con blindajes perfectos y pretorianos a sueldo que no se jugarán la vida si no hay mucho en el envite.

Lázaro aguantó el trompazo sobre la piedra, sufrió el dolor con sigilo, pero aprendió algo que le hará experto en la mentira, porque su amo le enseñará la vida mientras le preste sus ojos. Aunque ciego, era listo, un charlatán capaz de cautivar con su verbo y memoria, destreza enquistada en el acervo hispano, que tanto rendimiento proporciona en nuestros días, donde el atractivo interior no merece la pena, pero la embaucadora verborrea de los demagogos hace milagros. Ofrecía remedios para cualquier mal, curandero conocedor de las hierbas, comía a costa de las enfermedades ajenas empeñadas en mejorar, como de las desgracias familiares, para las que tenía una retahíla de consejos. En este siglo XXI pueden lograr la limpieza de unas joyas, afectadas por las vibraciones negativas de lo material, o despejar el temor a un cáncer, que puede sanarse con tónicos y sortilegios, o enderezar los males del corazón con rezos a cocos o deidades recónditas y desconocidas. Los pillos de ahora, como bálsamo de Fierabrás, nos ofertan ventajas fiscales, intereses preferentes, hipotecas insultantes, pisos a precio de saldo, trabajos livianos y muy bien remunerados, cursos de formación con empleo de regalo… toda una serie de remedios que nos convierten en ciegos, pero en este caso para sufrir la trampa, porque el que la ofrece tiene la vista muy fina.

Lo peor, como en estos nuestros días, es que algunos que sirven no pueden comer, porque su amo acapara beneficios ignorando necesidades ajenas, que pueden resultar mezquinas, si no fuera porque se trata de sobrevivir. Lázaro, a pesar de ver como su amo, listo y egoísta, conseguía comida, tenía dificultades para llevarse algo a la boca, y era por eso que debía descoser para sisar pan o tocino, costura de quita y pon, que le hizo experto en el truco para esquivar el tacto, que tan fino lo tenía su amo, pues la vista era de su lado. De eso se valía para succionar vino con una paja de centeno, como ahora succionan los usureros modernos, esos que nos cobran, casi, por respirar. Pero el oído, como olfato y tacto eran certeros en un cuerpo experto y tramposo, lo que hacía que tomara medidas de autoprotección frente a los hurtos de un siervo lampando por comer y beber cuando tocara. Pero Lázaro aprendía, y bien, pues para conseguir el vino hacía un grifo, que tapaba con cera, en el jarrón que tan férreamente sujetaba el ciego santón.

Artículo de la serie “El lazarillo delincuente” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,