Antes de dedicarse al mundo de los tebeos, conocía los balbuceos del arte prehistórico a través de las enciclopedias de los últimos años treinta del siglo pasado. Sabía pues que en la edad de piedra se manifestó en el hombre la tendencia hacia la belleza plasmando lo que veía en abrigos tan famosos como el de Cogul () y en cuevas o cavernas citadas en el primer episodio –homenaje al personaje protagonista. Gago había leído en las páginas de los libros de historia que los pioneros que poblaron la Península Ibérica labraban huesos de mamuts y demás animales de tiempos remotos que quedaron “fotografiados” en los “bastones de mando” decorados con parte de la fauna de la antiquísima etapa que contaba con monumentos megalíticos entre los cuales destacaban los dólmenes, menhires, obeliscos, hileras, alineaciones, trozos de roca oscilantes o bamboleantes, túmulos y cistas, tayalotes o navetas…

Y por eso, el genial artífice de las viñetas en sus momentos de gloria, cuando su firma destacaba en el que con el paso de las décadas se convertiría en el noveno arte, presentó al superhéroe antediluviano, a un titán rodeado de enemigos taimados y peligrosos y monstruos y fieras que ponían los vellos de punta, porque si Tugor, Mamok y el “Hijo del ”, los rivales iniciales de Purk hacían de las suyas y de las de los vecinos de tribu y poblado, los temibles iguanodontes, dinosaurios, “gatos de las cavernas”, jabiones, estegosaurios, diplodocos y serpientes gigantescas no se dormían en los laureles y arrasaban y diezmaban pueblos y aldeas diezmándolas y sembrando el pánico. Baza importantísima en la trayectoria del historietista: su amor por la botánica reflejada en múltiples ocasiones.

Los amantes de esa rama de las ciencias naturales disfrutaban observando los árboles fantásticos y matorrales exuberantes, las flores bellísimas y extrañas, las hierbas medicinales (la rubia y encantadora Dahe solía cogerlas para remediar las enfermedades de su delicada progenitora) y las plantas carnívoras que crecían en las paredes de los barrancos y al pie de fatídicos abismos. En la, a veces, terrorífica odisea, adelantada a la del posteriormente ídolo de las multitudes en algunas de sus películas, irrumpían en escena leones diferentes a los actuales, arañas enormes del estilo de la de “El Ladrón de Bagdad” y águilas o “voladores” que transportaban a Purk al reino de los Hamiles, guerreros que moraban en la cumbre de una elevada montaña en medio de un mar inmenso.

Allí, el héroe de estas hazañas, se medía el tipo con el cruel Amundo, pretendiente sin éxito de la “”, hija del jefe de la exótica ciudad. Por su parte la hermosa Lila, salvada por Alio de las garras de un monstruoso animal nocturno similar a un elefante, se reunía con su amado en terreno hamil y juntos iban a parar a la “Galería de la Muerte”, concurrida por pequeños hombrecillos montados a lomos de “rups” o perros salvajes que, al no poder acabar con el fortachón icono, pisaban flores especiales que lo adormecían y lo conducían la “Caverna de los Muertos”.

Y en el tenebroso círculo, después de derrotar a bichos y alimañas de armas tomar, el valiente, intrépido y temerario “paladín” de lanza en ristre y puñal en la cintura, exigía la libertad emprendiendo una veloz carrera, triste y melancólico, pensando que su idolatrada novia había sido devorada por una fiera. Afortunadamente, Lilia vivía y le aguardaba fuera de la galería… Y un servidor os aguarda dentro de poco, asique sin más… ¡Hasta cuatro, cinco, seis o siete días como máximo!

Valeriano Belmonte.