Aquella tarde de la primavera de 1954, en las aulas del Colegio de , tocaba lección de Geografía… Y Fray Conrado, religioso diligente, cordial y bonachón aparentando unos cincuenta años de edad bien conservados, abrió la Enciclopedia Grado Medio de Dalmáu Carles y nos dijo que estudiáramos el capítulo VIII de los accidentes geográficos, o sea los continentes, las montañas con sus partes baja, media y alta, las cordilleras y sierras, valles y cañadas, puertos, mesetas, arenales, desiertos, dunas… y volcanes.

Así lo hicimos y media hora después nos situamos a la vera del afable seguidor del santo de Asís respondiendo a las preguntas que él nos hacía. Cuando llegó el turno de los volcanes explicamos que éstos eran una comunicación con las capas profundas de la tierra capaces de arrojar humo, cenizas y minerales fundidos llamados lava, que la boca de los peligrosos volcancillos respondía al nombrecito de cráter y que tenían forma de cono debido a la acumulación de los detritus (eso no sabíamos lo que significaba en momentos de infancia ) que lanzaban al exterior.

Don Conrado aprovechó para relatarnos la erupción del legendario Vesubio que en el siglo VIII antes de Cristo destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano, instante que algunos aprovechamos para decirle que en la serie de “El Hombre de Piedra” un volcán cercano a la tribu del malvado “Rayotor” explotaba y despedía una ola de fuego tan grande que barría la aldea de parte a parte ( los únicos que se salvaban del desastre eran, por supuesto, “Purk”, “Lila”, “Sandar” y “Almar”, la hija del malogrado “Pommetum”. Jaime, colega de clase que moraba en una huerta de la Carretera de Circunvalación, fue más lejos y narró con su pizca de gracia y soltura que su progenitor solía espetar que la jaquetona y lozana amiga de una parienta de La Roda era un volcán en erupción en etapa veraniega porque se “desmelenaba” y ponía a ciento noventa a solteros, casados, viudos y abuelos del corte de “Cebolleta”, el personaje de que triunfaba en el semanario “DDT”.

Fray Conrado, a punto de carcajada, se contuvo y amonestó suavemente a Jaime… y como la situación se trocaba en “terremoto” salieron a la picota los seísmos, cataclismos y hecatombes y un servidor tornó a hablar de la tragedia que se daba también ¡Qué casualidad! en la epopeya prehistórica, en la de nuestro querido “Purk”. Resulta que en el ejemplar 71 en el esplendor de la batalla sostenida entre urulús e “Hijos del Sol”, temblaba la tierra, abriéndose y agrietándose… Surgían llamaradas que causaban espanto y perecían el pérfido “Tugor”, “Ruy”, el segundo enamorado de “Tula”, la hermana del héroe, y cientos de nativos y forasteros cayendo a los abismos al derrumbarse las montañas en mil pedazos.

Caos y desolación… Cuevas y chozas reventadas y un paisaje transformado por completo. “Purk”, creyendo que su amada Lila había muerto, lloraba desolado y sin consuelo decidido a no abandonar el lugar sollozando amargamente y desoyendo los sabios consejos de los ancianos ilesos que repetían que el terremoto había hecho añicos los campos y dejado sin agua la región y que allí no se podía vivir. Al final el bravo y doliente catak los conducía a una amplia comarca cubierta de vegetación, riachuelos y frutos exquisitos… que tenían dueños y bastante conflictivos. La clase concluía con un complacido don Conrado, pero la odisea de “Purk” no terminaba, por eso me quedo con ella y con vosotros… ¡Hasta unos días, amiguitos!.

Valeriano Belmonte