Según el dicho popular, “tres, eran tres, las hijas de Elena, tres, eran tres, y ninguna era buena.” En el caso de “Matarrón”, el jefe de la tribu de los namas u hombres semisimios, también eran tres sus hijos “Malacín”, “Matalar” y “Dámula”. Los dos primeros se podían aguantar en cuanto a virtudes y defectos pasables, por supuesto. El tercero, sin embargo ejercía en la serie de malvado, diabólico y cruel ( I, rey de y , que ha pasado a la Historia con el último adjetivo podía considerarse de perita en dulce al lado del pérfido personaje que intentaba matar a su progenitor mientras dormía ).

Otra señora de armas tomar y no dejar, citada en el capítulo anterior, respondía al nombrecito de “Mania la Feroz”, hermanita de “Amundo” que abandonaba su país al frente de su “Furia”, comitiva formada por fuertes guerreros con “Kuda” a la cabeza a lomos de mamuts enormes y serpientes espantosas. Con ellos hemos llegado al capítulo trece de la colección y nuestro protagonista cambiaba de indumentaria y a partir de la segunda página aparecía con la mitad del tórax cubierta con piel de leopardo de la época (ya no cambiaría de vestimenta a lo largo de los 210 numeritos de la joya valenciana ).

Esta perla apaisada con el precio oficial de una peseta y veinticinco céntimos es decisiva porque vemos por vez primera la materia encendida, el calor y la luz consecuencia de la combustión, es decir, el fuego, ese que reflejaban divinamente en un libro los hermanos y escritores franceses Rosny, relatando las luchas de aquellos seres por mantener viva su llama… y la angustia y el dolor inmenso que arañaban sus entrañas cuando le veían desaparecer.

Los ulhamr caminaban entre sombras sin luna llena lamentando la existencia que les había tocado vivir huyendo en medio de madrugadas de pesadilla, enloquecidos por la fatiga y los padecimientos y calamidades y llorando la pérdida de un fuego que, con su faz poderosa, alejaba a las bestias con sus afilados dientes rojos protegiendo , sin saberlo, a los humanos de todo bicho viviente y sacando de los manjares aromas exquisitos, asegurando el bienestar, iluminando las cavernas y los caminos, haciendo estallar el pedernal y endureciendo las puntas de los venablos… ¡El fuego, por fin, en la fantástica epopeya de “Purk, el Hombre de Piedra”! Los urulus, engañados por “Tugor”, una especie de “Alí –Kan”, con permiso de “El Guerrero del Antifaz”, preparaban troncos y ramas secas y levantaban una increíble para sacrificar al ídolo, al amo y señor de jornadas remotas.

Haces de leña, llamaradas, gritos de júbilo… y cuando se disponían a arrojarlo a la fogata, Dámula mostraba su horrendo rostro, abría sus fauces decoradas con incisivos, caninos y molares de película y obligaba a “Tugor” a rendirle pleitesía. “Mania”, para no ser menos, apresaba a la “” y se alejaba victoriosa y triunfante de las tierras de los cataks. Aquí lo dejamos, amigos. La semana que viene, vendremos “Purk” y un servidor con más material del personaje, ¿De acuerdo? Un saludo.

Valeriano Belmonte