La Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, que conocemos como Código Penal, dice en su artículo 460 que “Cuando el testigo, perito o intérprete, sin faltar sustancialmente a la verdad, la alterare con reticencias, inexactitudes o silenciando hechos o datos relevantes que le fueran conocidos, será castigado con la pena de multa de seis a doce meses y, en su caso, de suspensión de empleo o cargo público, profesión u oficio, de seis meses a tres años”. Era la gran ocasión de Rajoy para decirnos la verdad, aunque nadie esperaba que lo hiciera y no lo ha hecho. Todo apuntaba a que se callaría “alguna cosa”, pero no a que un testigo pueda mentir.

Ha demostrado que nuestras leyes son demasiado justas y hermosas para cumplirse, pero también demasiado etéreas para poder interpretarse según convenga al caso. Ha demostrado que tenemos como máximo responsable del gobierno, a alguien capaz de conocer datos sobre un caso de corrupción en su partido, decirle al primer colaborador que pasaba por allí “encárgate tú, que a mí me da la risa”, y a partir de ese momento olvidarse por completo del asunto y de todo lo relacionado con ese asunto. Hemos asistido a la declaración de alguien que se otorga el mérito de ser el adalid de la lucha contra la corrupción en nuestro país. La impresión general y generalizada es que hemos asistido a una tomadura de pelo en vivo (nada de en diferido), a un acto de puro cinismo, del personaje, y que convierte en cínicos a quienes ven en el a un estadista capaz de llevar sobre sí la presidencia de un gobierno. Porque Rajoy no ha dejado de ser el Mariano que todos conocemos, y en su papel ha contado con la ayuda del presidente de la Sala, declarando no procedentes algunas preguntas, con lo que le ha ayudado a salvar el culo.

Treinta y una preguntas con repuestas como estas:”… yo no sé dónde,… yo no sé cuál,… no sé qué cosa,…habrá que averiguarlo,…yo nada vi,…yo nada oí,…yo nada sé”. Las respuestas iban dirigidas a los ciudadanos, no a los jueces, como parte de una lección bien aprendida, de una pieza bien orquestada. Acudía como ciudadano, pero se ha sentido como presidente del gobierno, porque se le han permitido respuestas que un tribunal no permite a cualquier ciudadano. Hemos visto que cualquiera podemos ser culpable de la Gürtel menos él. Han convertido en una falacia la afirmación de que la justicia es igual para todos. No tenía necesidad de decir ninguna verdad, porque le bastaba con no pillarse los dedos. Otra demostración más, de que estos gobernantes consideran a los ciudadanos, sencilla y llanamente, tontos.

Curiosamente no ha culpado ni a Blesa ni a , pero si a la marquesa Aguirre, con lo que nos ha demostrado su respeto a los que están muertos del todo, pero que no le importa acusar a los cadáveres políticos de su partido, haciéndoles responsables de todo. En resumen, una declaración rebosante de inmoralidad y falta de ética, aunque debemos esperar que los medios afines al gobierno, llenen sus titulares y tertulias con frases como “normalidad democrática”, “colaboración con la justicia”, “todos somos iguales ante la Ley”, etc. Por muy bonita que los marhuendas y otras hierbas afines nos la vistan, la realidad es que hemos asistido a teatro, una declaración que ha sido puro teatro, con muchas horas de ensayo, para que la función sea creíble.

En resumen, todo apunta a que recuerda todo perfectamente: sobre todo recuerda que no se acuerda, que no lo sabe y que no le consta. Es registrador de la propiedad pero no se entera de nada. Reitero que ha sido teatro, porque no es creíble, que no sepa nada quien ha llegado a ser Presidente de una , director de campaña electoral de Aznar, luego ministro con él, presidente del y ahora, presidente del Gobierno, no sepa de números ni contratos, que nadie le informe ni le rinda cuentas, que nombre tesorero a Bárcenas, a Rato para Bankia, a Mato en Sanidad, a , y a una lista interminable de condenados o investigados, y afirme que no sabe nada, que ni siquiera le informaban de estas cosas, ni nada sobre los escándalos de corrupción que recaen sobre su partido.

Todo ello aderezado con su soberbia característica, con la falta de respeto al españolito de a pie. Pero Rajoy no es responsable ni política, ni económicas, ni moralmente. La responsabilidad de lo que hemos visto hoy es nuestra. Solo es entendible que al final se confiese “tranquilo” porque pese a todos estos dislates, ocho millones de españoles se creen sus milongas. Nos dice que llueve, pero en realidad nos está meando.

Una imagen patética de lo que en teoría, y solo en teoría, se califica de estado de derecho. Queda confirmado que cualquiera, por muy indecente que pueda llegar a ser, sirve para llegar a presidente del gobierno. O mejor, del desgobierno.