Dos tercios de los heridos tras la última manifestación en eran policías. Las autodenominadas “marchas por la dignidad” culminaron el pasado 22 de marzo en una gran concentración de centenares de miles de personas, festiva y pacífica en principio… hasta que los radicales tomaron el protagonismo (como siempre en estos casos) y se generaron graves disturbios en los que hubo enormes daños materiales y humanos.

Si casi setenta de los cien heridos llevaban uniforme, parece claro que quien puso la violencia fueron los antisistema, no los Cuerpos de Seguridad. Eso es algo que se muestra perfectamente en las imágenes de televisión, donde siempre puede verse a grupos de energúmenos lanzando piedras o hasta cócteles molotov a columnas de antidisturbios que se defienden como pueden. Sólo desde la más absoluta irresponsabilidad pueden disculparse esas actitudes agresivas que se amparan en supuestas reivindicaciones sociales. Sólo desde la más absoluta irresponsabilidad puede equipararse la legítima libertad de expresión con los ataques a la seguridad de todos y a la convivencia ciudadana. La buena voluntad de los manifestantes pacíficos es utilizada por los violentos como una coartada y un camuflaje por quienes sólo pretenden destrozar el sistema de democracia y libertad que afortunadamente disfrutamos.

Pero con ser grave este núcleo de revolución a sangre y fuego que aparece en muchos movimientos, no lo es menos el mensaje que se transmite a menudo desde algunos convocantes y organizadores. Partiendo de un descontento colectivo (inevitable en un país que tiene que dar solución a una gravísima situación económica marcada por un desempleo inasumible), esos colectivos pretenden dar un salto al vacío haciendo llamamientos a un cambio de sistema suicida. No es casualidad que en la manifestación del 22 de marzo proliferaran banderas republicanas y de extrema izquierda. No es casualidad que allí se pidiera abiertamente el impago de la deuda pública. (Por cierto, deuda pública no significa deuda de la Administración, sino deuda de todos los españoles)

España es un país moderno e integrado en la comunidad internacional. España no es la de los años ochenta, ni la de nuestros días. Esa condición otorga a nuestro país muchas ventajas, y también algunos compromisos. Dejar de pagar lo que debemos nos convertiría no sólo en una nación quebrada, sin posibilidad de financiar los servicios públicos, sino también en una nación apestada fuera de los organismos internacionales, fuera de las relaciones económicas globales, fuera del futuro.

Si lo que quieren ciertos grupos es sacar a España del grupo de naciones democráticas, sacarnos de , sacarnos de la economía libre, sacarnos del orden internacional… si eso es lo que quieren, deberían decirlo claro, para que quienes acuden de buena fe a sus convocatorias sepan qué es lo que están apoyando con su presencia. Y tampoco estaría de más que los convocantes de ese tipo de marchas se hicieran cargo de controlar a los grupúsculos que siempre acaban organizando batallas campales, en una relación que cada vez parece más simbiótica, que es aquélla en que dos organismos se unen y, siendo distintos en principio, se benefician mutuamente.

Artículo de opinión de - Senador por la provincia de Albacete