Muchos de los que andamos por estas tierras hemos tenido la oportunidad de estudiar los sentidos corporales. Es posible que algunos no hayan querido hacerlo, pero no importa, pues no se considera imprescindible para alcanzar influencia social. Hay estudiosos que cuestionan el hecho de que haya solamente cinco, los tradicionales, pues agregan novedades sobre las que no es momento de entretenernos. Para quienes estudiaron poco, aunque mandan mucho, sería complicarles su plácida existencia, que suelen dedicar a impartir antológicas lecciones morales para que hagamos lo que dicen sin importar demasiado si ellos practican sus propias soflamas. Pero fuera del plano corporal no debemos olvidar que hay otros sentidos de las emociones, maneras de afrontar la vida sin tener que tocar o comer, por ejemplo, como también suelen hacer muy bien esos que quieren decidir sobre nuestras vidas sin el deber de sujetarse a reglas sociales aceptadas por mayorías silenciosas, esas que tienen la sana costumbre de votar. Es bueno mencionar otro sentido mixto, pues tiene que ver con el cuerpo y la mente, que llamamos equilibrio. En las emociones es imprescindible mantenerlo para vivir en comunidad.

Es bueno, aunque sea de pasada, hacer referencia al sentido común, algo que suele escasear. Es más fácil no pensar, opinar sin demasiado rigor, lanzar ideas ajenas como si fueran propias, opiniones que otros construyen para repetir mensajes reenviados, incapaces de oler tufos del pasado más negro, oídos que no escuchan más que verdades tergiversadas, ojos viendo nada más que lo impuesto, relamerse con el peor de los odios inventado o tocar instrumentos del miedo acusando a otros de su propia mala fe. Y aparece otro de los sentidos que tienen mucho que ver con los seres humanos, el de la responsabilidad. Una carga de valor añadido que suelen inculcar quienes más nos quieren, incluso imponiendo reiteraciones que hacen la costumbre del buen hacer, porque esa batería de la vida se va alimentando de ejemplos, composturas, rigor o amores diversos que nos hacen emprender el vuelo en solitario con la potencia de quienes desean cumplir con unos objetivos, alcanzables o no, pero con los trazos de su personalidad perfectamente trazados en la biografía de sus sentimientos. La responsabilidad suele llegar dentro del paquete, como elemento esencial en esa aleación familiar, refinada o pendiente de mejorar.

Composición moral que se irá moldeando con tiempo, trabajo y esfuerzo. Esos ejemplos de conducta sabrán responder ante cada uno de los retos que enfrenten cuando se les ponga a prueba, porque no hay mejor manera de catalogar la categoría de una persona que cuando las cosas se tuercen, no salen como se esperaba. Esas complicaciones sirven para mostrar el sentido de la responsabilidad, con mayor o menor mesura, pero con decisión para afrontar el conflicto y actuar con diáfana postura. No esconderse en el marasmo de la confusión dejando pasar el problema o abandonar a quién no debería afrontarlo y se ve arrastrado sin remisión. La responsabilidad se enfrenta en los buenos y malos momentos, cuando hay que asumir posiciones concretas y decidir con arreglo a las normas, escritas o no, pero basadas en el sentido común. No es mejor el que se somete a la presión egoísta del que tiene algo que ganar injustamente y exige sabiendo que puede afectar negativamente a otros. Lo sencillo es ignorar lo complicado, no asumir obligaciones y esperar tiempos propicios para escalar en prebendas o privilegios. Lo difícil es resolver problemas, salvar complicaciones, impartir justicia en el nivel que a cada uno le corresponde.

Y ese sentido, aunque no lo traigan de casa, se puede aprender. Si se lo propone, será capaz de asumir gran parte de los retos. Hay quien no ha tenido la oportunidad de prepararse pero tienen la vergüenza de luchar, lo que supone más mérito. Ejemplos de superación hay tantos como quienes han tenido la mejor de las fortunas y han ido dejándolas pasar. Pero más tarde, sobre todo si consiguen el respaldo de cualquier colectivo, exigirán derechos como si hubieran sufrido el escarnio y abandono de una sociedad injusta. Es nuestra responsabilidad colectiva descubrir y aislar a quienes tratan de medrar con el esfuerzo ajeno. No hay otro modo para reconducir comportamientos vergonzosos que el rechazo social. De nada sirve criticar una maldad infinita si luego no somos consecuentes. Y eso se aprecia en cada esquina o compartiendo espacio en restaurantes de lujo, cuando solemos catalogar a nuestros semejantes por lo que tienen y no por cómo son. El poderoso, aunque sea un sinvergüenza, desgraciadamente, suele contar con la omisión de cobardes y el respaldo de aprovechados que no tienen, además, sentido de la responsabilidad.

No se pueden compaginar conductas al gusto de quienes cuestionan todo, hasta las reglas del juego democrático, que deben defenderse por encima de cómplices silencios o seguidores sin cerebro, combinación perfecta para derretir responsabilidades morales. El que ofende debe ser retribuido legalmente con la graduación que corresponda a sus respectivas conductas, algunas muy alejadas del bien común, plasmado en normas legales que, humanas y con errores, deben ser observadas con rigor para que cada cual asuma las consecuencias. Sobre todo los que han demostrado no tener sentido de la responsabilidad, y no deben sacar ventajas de esa falta de compromiso social, sea cual sea su ámbito de competencia.

Artículo de - Comisario Jefe de la en la provincia de