En junio de 2018 me fue entregada la insignia de oro de la en Albacete, por mi dedicación a la docencia y la formación de profesorado. Anteriormente, ya se me había concedido la insignia de oro de la UNED. Asimismo, en estos 44 años de trayectoria educativa, he recibido diversos reconocimientos, como el Premio “”, por la defensa de la , o la presidencia de la de “Liderazgo y Calidad de la Educación”. Sin embargo, a nivel emocional las mayores satisfacciones me las han producido mis alumn@s, especialmente, l@s que presentan discapacidades intelectuales.

Nacer mujer en un pueblo pequeño presentaba, en la década de los sesenta en España, numerosas dificultades para poder estudiar. Pude conseguir una beca y terminar los estudios no universitarios con éxito. Sin embargo, en Cuenca sólo podía estudiar Magisterio, por lo que no tuve que decidir si ésta era mi vocación o no. Los finalicé con el número uno de mi promoción. A continuación, en , realicé la diplomatura de Pedagogía Terapéutica, que concluí también con el número uno. Todo ello me posibilitó, en la década de los setenta, trabajar en ASPRONA de Albacete.

Desde mi infancia he sido una persona creativa y crítica, que defendía la equidad y la justicia social. Por ello, el trabajar -como docente- en educación segregada, en unas condiciones muy poco adecuadas, reafirmó mi convicción en la lucha por la consecución de una educación equitativa e inclusiva de calidad. Han sido más de 40 años de trabajo, formación, investigación, innovación docente, publicaciones, etc.

Cuando se lucha tanto no hay mayor satisfacción que poder comprobar que no se ha hecho del todo mal y que ha valido la pena batallar por la inclusión educativa y social. Hace unos días, un compañero me informó de que un alumno con discapacidad intelectual, Eugenio, que estaba escolarizado en ASPRONA, le había preguntado por mí, recordando mi nombre y dos apellidos, después de 40 años, sin tener contacto alguno. Me emocioné y fui a verlo a la residencia en la que está interno. El cariño y respeto que me tuvo hace más de 40 años seguía intacto.

La clase a la que asistía Eugenio estaba situada en un piso viejo, en un patio donde nos invadían la humedad y el frío. Los chicos (eran todos niños) procedían de pueblos y eran de un nivel sociocultural bajo, en plena adolescencia. Nunca olvidaré esa clase y al alumnado. Ellos me hicieron comprender la necesidad de trabajar para conseguir una educación de calidad, sin discriminaciones. Mi trabajo ha sido intenso, unas veces con mayor recompensa y, en otros casos, con muchas dificultades. Defendí mi tesis doctoral sobre integración escolar, en 1990, y obtuve la máxima calificación. Sin embargo, no tuve descanso, pensando que no veía los resultados que deseaba en la inclusión educativa.

Ha sido una lección de vida la que me ha dado Eugenio y ello me ha hecho reflexionar sobre el daño que la sociedad segregadora ha provocado. No me cabe la menor duda que el futuro de muchas personas con discapacidad sería diferente si se les hubieran respetado sus derechos y facilitado una educación de calidad en y para la diversidad.

Resulta evidente que hemos avanzado mucho en la inclusión educativa; pero la respuesta a la diversidad conlleva una visión crítica de la escuela y un proceso complejo y dificultoso y, sobre todo, un cambio en las conviccions sociales, culturales y educativas de toda la sociedad para que realmente llegue a ser inclusiva. Por todo ello, considero que el desafío en el que nos encontramos es construir una sociedad en la que la educación y las diferencias no sean causas de segregación o exclusión, sino una posibilidad de desarrollo y enriquecimiento personal y social, en el marco del respeto a los derechos humanos. En esta labor seguiré mientras pueda, porque las mejores recompensas son las que llegan al corazón y he tenido la fortuna de haberlas recibido de personas a las que la sociedad ha maltratado y discriminado, vulnerando sus derechos fundamentales.

Gracias, Eugenio, por haberme hecho comprender que la mejor recompensa no es saber mucho ni tener muchos títulos, sino que lo importante es el corazón y el cariño de las personas. Como a ti, a much@s niñ@s se les ha negado una educación de calidad, segregándolos educativa y socialmente y, a pesar de todo, has demostrado que tienes un gran corazón y no has olvidado a las personas que te trataron con respeto y cariño. Afortunadamente, en algunos momentos de nuestra vida nos llega -como un relámpago- una gran emoción que embarga nuestros sentimientos y nos hace tener esperanza en lo que hacemos y creemos. He recibido una lección en mi vida que nunca olvidaré. Ojalá nuestros representantes políticos la tuvieran y adquirieran la imprescindible voluntad política y personal para trabajar en la construcción de una escuela y una sociedad inclusivas, sin discriminaciones. Vamos a ello, merece la pena.