Se abrazaban nada más dejar el enorme paso de La Virgen en el punto de partida. Una jornada dura; hombros cansados y doloridos que disimulaban, porque todo lo anterior había sido importante. Las contracturas se arreglan masajeando el corazón restregando con manos generosas una crema aromatizada de sensibilidad. El ferviente compromiso los enlazaba irremediablemente a una tradición secular, acorazada con millones de historias atesoradas en pequeñas comunidades o enormes urbes de medio mundo. Costumbre amasada en generosidad colectiva, empeñada en regalar arte y amor soportando desprecios y persecución de personas, símbolos o bandas ideológicas, intransigentes, que no cejan en el empeño de destruir aprovechando debilidad, error o indolencia, tan perniciosas en las más poderosas empresas colectivas.

La Semana Santa, encallecida de historia, mantiene su fuerza aguantando con fervor y empeño las embestidas de quienes pretenden disolver de cualquier manera las ilusiones. Los depositarios de la fe, atenazados por la devoción, suelen resistir ofreciendo una mejilla indefensa. Las creencias religiosas no deberían extender sus postulados mediante el desprecio o la muerte. Los cobardes, que conocen de antemano esas premisas, se regodean en la miserable y diversa forma de ofender sensibilidades, que se amontonan en multitud de conciencias limpias y generosas. El humor se utiliza como coartada para justificar maldad y ofensa, conducta que ha recibido todo tipo de retribución, en la mayoría de los casos, cuando hablamos de la Semana Santa, liviana y empanada de compresión, sin embargo, en otros supuestos, la contestación ha producido mucho dolor y sangre.

Los enemigos de todo lo que representa la Semana Santa esperan o atacan despiadadamente, más aún, si detectan un resquicio de duda o distracción. Muchas veces, sin pretenderlo, aunque sin evitarlo, quienes deben reforzar las defensas de nuestra cultura religiosa y sus demostraciones dejan huecos donde la oxidación puede resultar determinante. El aunar objetivos y estrategias supone el combinado vitamínico adecuado para defenderse de las infecciones. Y como este modo de comparar, las agresiones a un cuerpo poderoso, como es la Semana Santa en Albacete, pueden ser lesiones del exterior o afecciones del interior. Los efectos preventivos están contrastados desde hace varios cientos de años. La historia de España, y en Albacete, ha conocido epidemias desastrosas que han obligado a reconstruir organismos agonizantes. La profilaxis de estas manifestaciones religiosas se fundamenta en la limpieza, entereza y energía. En ocasiones, sin pretenderlo, una medicación mal administrada lo que produce son efectos secundarios, y esos errores de diagnóstico no regalan más que problemas. Divide y vencerás es una estrategia en la dinámica social que sirve para destruir cuando más debilitado está el oponente. Desde dentro, si de matemáticas hablamos, la peor operación es restar, porque ocasiona, también, la indefensión.

Los grupos deben organizarse de modo que la misión definida esté acorazada. Nadie debe tratar de restar, porque si lo consigue infectará un empeño colectivo, que se debe respetar. El modo de evolucionar es administrar los tiempos y acomodar las novedades a los intereses de la mayoría. De otro modo, no

haremos más que dañar el conjunto de objetivos. Denostar o ningunear una parte del cuerpo social, por pequeño que parezca, puede afectar al todo. La armonía es fundamental para el normal funcionamiento de una mecánica preñada de generosidad. El enorme anhelo de quienes pretenden seguir mejorando cualquier empresa colectiva, es multiplicar adhesiones y recursos para enaltecer lo que entienden benévolo y de extraordinaria significación social. Cuando los tiempos o determinadas circunstancias no son favorables, como mínimo, hay que pretender la suma de esfuerzos e iniciativas. Ya hubo momentos en los que la multiplicación impregnó una Semana Santa restablecida mientras limpiaba tumbas. El devenir de una sociedad impulsada por la necesidad del cambio fue ponderando el equilibrio de las fuerzas y ha permitido acomodarse en lo que ahora pervive.

Hemos padecido el empuje de quienes han tratado de dividir y podemos estar en peligro de sufrir los efectos nocivos de la resta. Nadie debería imaginar más horizonte que la suma. El prurito es mejorar o rascarse para eliminar impurezas y afrontar un futuro que viene enriquecido con los reconocimientos oficiales, proteínas para fortalecer lo que tanta gente quiere. Y ese beneficio para el cuerpo social ha de ser uniforme, en otro caso no produce más que deformidad y consecuencias secundarias que nadie puede calcular. En las operaciones matemáticas, que puedan explicar muchas demostraciones sociales, el signo negativo no facilita el resultado, si lo que buscamos es crecer. Ramona lo sabía. Había sido una destacada estudiante en la materia. La melancolía acudía de vez en cuando para rescatar recuerdos más allá de los sesenta años. Se había entregado en cuerpo y alma a su cofradía. Vivió los mejores momentos de una Semana Santa austera y poderosa. Los cofrades enmarcaban, a miles, unos pasos espléndidos. Ahora, que ya no puede procesionar, colabora en todo lo que le piden en su cofradía de siempre. Ha sido testigo de la decadencia, el riesgo de la desaparición, que algunos pretendieron conseguir cuando más debilidad existía, como el resurgir por el impulso y empeño de gente joven aportando hombros, dinero e imaginación. Podría explicar las innumerables experiencias de las que aprendió para interpretar errores en todas las operaciones matemáticas de la vida. Hay menos capirotes, evidentemente, aunque está segura que dentro de esas túnicas se esconde mayor calidad. Ahora, la mayoría de los pasos de Semana Santa levitan sobre unas espaldas generosas que se alimentan de fervor y sensibilidad, esperanzas que suman al presente lo que servirá de energía y resistencia a los futuros que están por acudir a la cita anual.

Ramona, como más feligreses, peleó para mantener ensambladas todas las aportaciones buscando el modo de equilibrar petulancias, que las hubo, y siempre estarán enquistadas en estos organismos vivos y cambiantes, como cualquier organización humana, repleta de ideas, opiniones, ocurrencias y compromiso. En las cofradías, como en otros colectivos, debe mantenerse el rasero de la comprensión, incluso si hay que afrontar dificultades. La suma no es más que la acumulación de generosidad con arreglo a la capacidad moral o física. Ramona no puede reprimir la emoción que la transporta a otros tiempos, cuando su casa estaba repleta de gente y sensaciones. Su corazón está entregado a su otra

familia, la cofradía, esa esperanza diaria en conservar lo que entiende esencial para su modo de entender la convivencia. Está vigilando, aunque en ocasiones no diga nada; en todo caso, pone paciencia y cariño, para que el umbral de esa puerta de todos, donde la atmósfera del amor impera, no permita entrar más que inquietudes dispuestas a sumar. Con la fuerza que tenga en cada instante, como tantos otros, está empeñada en explicar que la resta no sirve más que para perder.