No tengo nada que objetar a los expertos en Cervantes, faltaría más, pues reconozco mis tremendas limitaciones. Algunos dicen que pudo inspirarse en El Lazarillo de Tormes, escrita antes, para dar luz a su Quijote. Los hay que aseguran que este relato de las Novelas Ejemplares se redactó previamente, también, pues en el capítulo 47, primera parte, de la magna obra literaria, se dice que el ventero entregó al cura una novela con ese mismo nombre: “Rinconete y Cortadillo”.

La ubicación social, donde esos pícaros desarrollan vivencias, no difiere, en algunos instantes, salvando distancias, del presente. Nos hará comprender el mundo de las bandas, más o menos especializadas, pero herederas de los grupos de pillos urbanos que hacían del delito su forma de vida. El fichaje de los rateros por un intermediario en dice mucho del modo que tenían esos miserables para comer, vestir y tener un techo, aunque fueran humildes. Organizarse en hermandades, incluso de ladrones, era un medio para subsistir en aquella terrible lucha de clases, que sí lo eran, y con rigor descarnado, donde los pobres eran de verdad. Habrá quien trate de buscar similitudes con nuestra actual sociedad, pero aunque el fondo, en estos aspectos del delito, no ha variado mucho, la forma y el entorno no tienen nada que ver. Los siglos XVI y XVII, que tanta gloria dieron al Imperio, no podrían mostrarse confortados por la miseria de sus gentes, ajenas a poderosos dirigiendo vidas y muertes. Años después, en otro mundo parecido, donde se forjaba otro imperio en el norte, recurrió a este tipo de bandas urbanas para escribir su Oliver Twist, donde los pillos, bajo la autoridad y control de un perverso maestro y mecenas, desarrollaban su actividad ilegal en las calles de un , también, mísero e injusto. Y , en esos tiempos, era como , capital económica y comercial de España, puerta privilegiada para salir y venir del Nuevo Mundo, donde había riqueza que conseguir, incluso, con las malas artes de los desfavorecidos, que no dejaba de ser un cierto modo de justicia social para dar esperanza a los desheredados.

Cervantes escribió un relato corto, sin final definitivo, como si tuviera en mente seguir con una serie de historias donde los dos delincuentes deberían haber deambulado por un mundo de miseria y artimañas para alcanzar mejor suerte, como Lázaro, que salió de una casa sin comida para seguir a un ciego egoísta, pero listo como nadie, que le abrió las puertas del futuro, cambiando otras seis veces de amo, hasta lograr una posición social que, sin cambiar de clase, le dejó bien acogido por personaje solvente que le hacía vivir y comer con mayor holgura. Una novela que se nos antoja fugaz, aunque con el lenguaje imposible para lectores del ahora, que no tienen más remedio que recurrir a un diccionario para poder seguir el rastro de tantas palabras que tratan de escaparse, expresiones de poco entender para unos días en que el idioma se ha visto refinado o deforme por usos y modos que han ido incorporándose durante cinco siglos de costumbres. Maestros y estudiosos, todo tipo de eruditos, que han recibido el respaldo social y oficial para organizar nuestro modo de hablar y escribir, a los que hemos reconocido su sabiduría para seguir enseñanzas y convicciones, de las que se nutre una historia colectiva, que no se discute, al menos en el formato de la comunicación, fruto de reflexiones más o menos acertadas, pero admitidas. De otras historias, especialmente políticas, habría más dudas, porque los relatos se hacen desde el poder, la superioridad de los que dirigen la sociedad, con los riesgos para el rigor que eso pueda plantea. El relato de lo que pasa se contrasta con hechos por confirmar, que la mayoría acepta como ciertos, hasta que otros sabios, con argumentos poderosos, plantean alternativas o aclaraciones que discuten la versión anterior.

Lo que no tiene nombre es la afición de algunos para inventarse una historia, que tratan de introducir con malas artes en una versión admitida y respaldada por datos no cuestionados. Esos inventores de la historia tienen el peligro de la mentira, que se afianza como verdad en ámbitos poderosos impidiendo el contraste de la verdad precedente. Pero ese relato falaz se irradia entre los que van creciendo, ávidos de conocer, equivocados para verse manipulados, al menos mientras se mantienen en la cúpula que controla el inventor de mentiras. Habrá esperanza siempre y cuando tengan la oportunidad de escuchar otras versiones, analizarlas y tomar sus propias conclusiones. No deben venir masticadas por esos manipuladores del pensamiento, que tanto provecho suelen obtener de la ignorancia.

Esos pillos, de antes o ahora, como Rinconete y Cortadillo, viven en otra dimensión, ajenos al mensaje oficial o perverso, simplemente tratan de vivir lo mejor que pueden. Sobrevivir buscando el modo de hacerlo por los medios que conocen, y no son otros que la trampa o la habilidad de sus manos. Otros, que han adquirido pericias de última generación, ya no se conformarán con vivir. Los delincuentes poderosos, tras conseguir dinero, buscarán influencia para alcanzar poder que les permita escribir relatos nuevos, versiones propias para manipular sociedades, que se verán dirigidas hacia donde lo deseen sus amos del ahora, esos que entienden la cosa pública como un negocio privado. Y arrastrarán a los de siempre, descerebrados con poca formación, hasta objetivos inconfesables, atrevidos hasta con la vida de los otros, y allí estarán, como en el siglo XVI, los que saben escribir, para redactar historias y cambiar la verdad hasta ese momento admitida.

Artículo primero de la serie “Rinconete y Cortadillo” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,